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Poesía / Revista

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Poema destacado: «Y Dios aprendió a perder», de José Julio Brossa

De la sección «Luto» de Coplas de rojo y negro, primer libro publicado de José Julio Brossa, rescatamos «Y Dios aprendió a perder», el poema donde el autor lleva su duelo hasta su consecuencia más audaz: la de imaginar una divinidad que también pierde y también llora. En tres versos, Brossa relee el dogma cristiano de la Pasión como experiencia de duelo compartido y agota el único color cálido de su paleta. Lo comentamos en la sección Poema del mes de la Revista Poesía eres tú.

Arte abstracto con figura humana y mancha roja de sangre en fondo negro.
Obra artística que representa una figura humana en un fondo oscuro con una mancha roja de sangre.

Y Dios aprendió a perder, en rojo y negro
Un Hijo perdió un Padre, un Padre perdió un Hijo en negro y negro porque ya no quedaba más rojo solo agua
Un viento lloró amargo la pérdida, aprendido de dolor y ausencia

Pertenece a la sección «Luto» de *Coplas de rojo y negro*, el primer libro publicado de José Julio Brossa (ByBrossa), ingeniero y artista visual que convierte el duelo por un ser querido en un itinerario de siete etapas dicho con la economía de la copla. Frente a otros poemas del libro, más volcados en la pérdida personal, este desplaza el dolor hacia lo alto y formula la idea más arriesgada del conjunto: la de un Dios que no contempla el duelo desde fuera, sino que lo padece desde dentro.

El primer verso enuncia la tesis con una serenidad casi doctrinal: «Y Dios aprendió a perder, en rojo y negro». El conector inicial, esa «Y» que abre el poema como si continuara una conversación previa, integra la afirmación en el flujo del duelo que recorre todo el libro, y los dos colores del título reaparecen aquí aplicados a la divinidad, que asume así la misma paleta de pena que el sujeto humano. El segundo verso despliega la idea mediante una simetría exacta —«Un Hijo perdió un Padre, un Padre perdió un Hijo»— que reescribe el dogma cristiano de la Pasión en clave de pérdida recíproca: en la cruz no muere solo el Hijo, también el Padre queda huérfano de Hijo. El hallazgo mayor llega en el cierre de ese verso: «en negro y negro porque ya no quedaba más rojo solo agua». El rojo —sangre, vida, color— se ha agotado; lo que resta es el agua, las lágrimas, lo incoloro. La paleta del dolor se queda sin su único tono cálido, y el luto se vuelve, literalmente, doble negrura. El tercer verso introduce un elemento cósmico, «Un viento lloró amargo la pérdida», que extiende el duelo a la creación entera y cierra el poema con la fórmula «aprendido de dolor y ausencia», eco del «aprendió» inicial: también la naturaleza ha tenido que aprender a perder.

Lo que el poema abre en el lector es una forma de consuelo poco habitual y nada complaciente: la de saber que el dolor no es una anomalía que Dios contempla impasible, sino una experiencia que la propia divinidad ha hecho suya. En tres versos, Brossa convierte la teología en compañía.

Crítica realizada por Ana María Olivares

Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira