«La metamorfosis», de Iván Martín Yáñez, incluido en su poemario Desde el Tártaro (Editorial Poesía eres tú).

LA METAMORFOSIS

Soy larva que se ignora en el sustrato,
un quiste en el tejido del tiempo ciego,
esperando la necrosis del miedo
para brotar en una forma nueva, informe.

No es seda lo que me envuelve en este rincón,
es una gasa impregnada de yodo y olvido,
un vendaje que oculta la mutación química
de quien se sabe, al fin, insecto de asfalto.

Saldré de aquí con alas de ceniza vibrante,
una efigie patética que boquea en el vacío,
dispuesto a chocar contra la luz artificial
de los que aún creen, ingenuos, en la cordura.

«La metamorfosis» concentra en tres estrofas y doce versos el procedimiento central del libro: la biología se piensa con vocabulario clínico e industrial hasta que ambos lenguajes se vuelven indistinguibles. El poema arranca con una imagen de estancamiento —«Soy larva que se ignora en el sustrato»— que invierte la lógica habitual de la metamorfosis como promesa: aquí la larva no avanza hacia una forma superior, sino que se ignora a sí misma, atrapada en un tiempo ciego que no promete nada. El quiste de la segunda línea ya introduce el vocabulario médico que dominará el resto del poema, y la necrosis del miedo convierte una emoción en tejido muerto, un giro característico de esta escritura: lo psíquico se trata siempre como si fuera materia orgánica sujeta a diagnóstico.

La segunda estrofa desplaza la imagen clásica de la crisálida, el capullo de seda, hacia el hospital: no es seda, es una gasa impregnada de yodo y olvido. El verso funciona por sustracción: primero nombra lo que el lector espera y después lo cancela para reemplazarlo por el material real del poema. Esa gasa oculta la mutación química, y la mutación, palabra tomada de la biología pero cargada aquí de connotación farmacológica, desemboca en la revelación central del poema: el sujeto se reconoce, al fin, como insecto de asfalto. No mariposa: insecto de una superficie urbana, dura e impermeable, el mismo material que recorre el resto del libro.

La tercera estrofa cumple y frustra a la vez la promesa del título. La metamorfosis termina, pero no en la transformación luminosa que la palabra suele anunciar: las alas son de ceniza vibrante, una imagen que combina movimiento y extinción en la misma unidad, y el resultado final es una efigie patética que boquea en el vacío. El poema no ofrece redención: quien emerge del capullo-vendaje choca contra la luz artificial de los que aún creen, ingenuos, en la cordura, un cierre que separa al hablante de cualquier comunidad de sentido compartido y deja la cordura del lado de los otros, no del yo transformado.

Leído junto al resto de Desde el Tártaro, «La metamorfosis» funciona como una síntesis en miniatura de su método: convertir el proceso biológico más asociado a la esperanza, la transformación de la crisálida, en un diagnóstico clínico sin promesa de curación.

Crítica realizada por Ana María Olivares