Roberto Pepió Martínez responde sobre Lo que veo mientras duermo (Ediciones Amaniel), un thriller que parte de la parálisis del sueño para construir una investigación sobre la culpa. En cinco preguntas, el autor explica el origen real de esa experiencia, cómo repartió la responsabilidad entre sus tres protagonistas, el papel de Madrid como personaje y su manera de describir la violencia con precisión quirúrgica.

1. Parálisis y premonición — La parálisis del sueño de tu personaje principal aparece como puerta de acceso a una realidad fracturada. ¿De dónde surge la decisión de usar un síndrome médico real como dispositivo narrativo central? ¿Fue investigación de la condición o punto de partida poético?

La decisión surge desde que me ocurrió a mi hace 7 u 8 años. Recuerdo que la primera vez sufrí un miedo que nunca había sentido. Esa presión en el pecho, esa impotencia al no poder moverte. Gritas sin que nadie te escuche. De hecho, no pude dormir más ese día. La segunda vi un reflejo delante de mí, mirándome y con una bata negra. Nunca logré entender que era, pero fue cuando dije: esto es el principio de algo. La investigación médica vino después, para que lo que vive Álex fuera creíble. Pero el punto de partida fue ese reflejo mirándome a mí

2. Culpa distribuida — Los tres protagonistas parecen fragmentos de una culpa única. ¿Cómo pensaste la distribución de responsabilidad entre ellos? ¿Hay una verdad única sobre qué sucedió o la novela rechaza esa verdad única?

Cada personaje tiene su propia versión y ninguna es fiable. La culpa no pertenece a uno solo, más bien se reparte entre quien actúa, quien investiga y quien mira hacia otro lado. Desde mi punto de vista, es lo más cercano a cómo funciona la realidad que un culpable único con un motivo claro.

3. La ciudad como personaje — El espacio urbano en tu novela actúa como reflejo de fracturas internas. ¿Es una ciudad específica o construcción imaginaria? ¿Qué función tiene para la propuesta psicológica de la obra?

Madrid como personaje me pareció una idea fantástica. No me meto a describirla calle por calle porque no vivo ahí. Mi intención era que Madrid latiera al ritmo de los personajes y fuera uno más sin decirlo. Un narrador en silencio. Mientras el mundo de Álex se cae a pedazos, Madrid sigue su ritmo. Millones de personas ajetreadas que ignoran el mal de uno. Para inspirarme en ello usé como referencia el principio del utilitarismo, popularizado por Bentham y Mill: el mayor bien para el mayor número. Madrid funciona así. El sufrimiento de uno no detiene la ciudad. Y eso es exactamente lo que le ocurre a Álex.

4. Javier Roldán — El inspector Roldán opera principalmente mediante silencios y no-acciones. ¿Cuál fue tu intención con este personaje? ¿Busca representar una forma particular de complicidad institucional?

Roldán no debía ser el típico villano al que le gusta ser reconocido, la fama, que hablen de él. Roldán tiene sus propios motivos, y eso es lo que más me interesaba de él: que no necesita justificarse ante nadie. El que no pregunta también decide. El silencio de Roldán no es indiferencia, es una forma de poder. Dentro de cualquier institución hay personas como él, que saben exactamente lo que está pasando y eligen mirar hacia otro lado porque les conviene. Eso me parece más perturbador que cualquier villano que actúa abiertamente. El mal que se disfraza de inercia es el más difícil de señalar. Y el que más miedo da.

5. Violencia y orden — Los crímenes en tu novela están descritos con precisión quirúrgica, revelando un orden obsesivo. ¿Cómo decidiste describir la violencia? ¿Qué buscabas genéricamente al representarla como acto de control antes que de pasión?

Para describir la violencia me inspiré en mi gran referente: Karin Slaughter. Su manera de recrear crímenes es totalmente escénica. Cuando lees una escena suya es fácil imaginar que está ocurriendo y cómo se está ejecutando.

La violencia como pasión se atribuye a crímenes pasionales. Mi foco no era ese. El control da miedo y poder a la vez. Cuando una persona con una idea fija tiene el control absoluto de la escena, todo se detiene. No hay nadie que lo pare ni que se interponga en su camino.

Ese era mi objetivo: generar la ansiedad de alguien que está siendo controlado sin saberlo. Que el lector sienta esa presión antes de entender de dónde viene.