En la sección Poema del mes rescatamos «Detrás de ti», la composición que da título al primer poemario de Nadina Fernández Caurel (Editorial Poesía eres tú, 2026).

Detrás de ti un adiós,
un beso robado en la esquina del bar.
Detrás de ti un caminante que sonríe, al pasear,
con su perro lazarillo,
tropieza al azar,
con la rabia que llevo dentro
por dejarte marchar.

Detrás de ti otra vida,
pero ésta no es igual,
promesas incumplidas,
que nunca se llegarán a realizar.

Detrás de ti, tu cuerpo se aleja,
en los brazos de otra mujer,
la que tantas veces quiso robarme el sitio
cuando no, usurpar mi maldito ser.

Detrás de ti no hay nada bueno,
plantas muertas por no regar,
que el agua es un bien escaso,
que no cabe desperdiciar.

Detrás de ti,
detrás de ti,
detrás de ti.
¿Y qué hay por delante?

Si no es el amor de un estudiante,
el aroma de un jazmín,
una paloma que no vuela,
un pretexto, una excusa
o ganas de escribir.

Detrás de ti
me doy la vuelta.
¿Qué es lo que veo detrás de ti?
Que desde el principio de este invento,
el ciego eras tú,
pobre de ti,
el que estabas detrás de mí.

Elegimos como poema destacado la composición que da título al libro, no la más obvia por su posición —aparece casi al final del volumen— pero sí la que condensa con mayor economía la operación de todo el poemario. «Detrás de ti» funciona de manera autónoma para quien lo lee por primera vez y, a la vez, ilumina retrospectivamente las cuarenta composiciones anteriores.

El poema se construye sobre una anáfora obsesiva —«Detrás de ti»— que inventaría, estrofa a estrofa, un catálogo de pérdidas: el adiós, la otra vida, el cuerpo que se aleja en brazos de otra, las plantas muertas por no regar. La reiteración crea un efecto de fatalidad, de circularidad sin salida, hasta que la propia fórmula se agota en su repetición desnuda, «detrás de ti, / detrás de ti, / detrás de ti», y se abre por primera vez al futuro con una pregunta: «¿Y qué hay por delante?».

Es en la respuesta donde el poema se vuelve arte poética. Lo que hay por delante no es una promesa amorosa, sino una lista modesta y luminosa que incluye «ganas de escribir»: la escritura aparece, discreta, como la verdadera salida del laberinto. Y entonces llega el giro que sostiene el libro entero. La voz se da la vuelta —«Detrás de ti / me doy la vuelta»— e invierte la relación de poder que ha regido el poemario: la que ha sido mirada, perseguida y golpeada revela que el verdadero ciego, el verdadero perseguido, era el agresor: «el ciego eras tú, pobre de ti, / el que estabas detrás de mí».

Ese quiasmo final —el «detrás de ti» que se transforma en «detrás de mí»— no es un juego ingenioso, sino el gesto ético que corona la obra: el paso de la víctima observada a la superviviente que observa. Conviene reparar, además, en la sobriedad con que se ejecuta el giro: no hay grito ni proclama, solo un movimiento físico mínimo, darse la vuelta, del que la autora extrae toda la fuerza del poema. Esa contención, que evita el subrayado y confía en la imagen, es la misma que gobierna el resto del volumen y la que distingue el testimonio hecho literatura de la mera confesión. Lo que el poema abre en el lector es una forma de dignidad recuperada, la certeza de que mirar de frente lo que se ha dejado atrás es ya una manera de vencerlo.

Crítica realizada por Ana María Olivares