1. Enfoque y encuadre
Este poemario de Joseba Sasia Muñoz, publicado por Editorial Poesía eres tú en 2026 con el ISBN 979-13-87806-45-3, se lee como un solo movimiento de respiración. El libro se titula con un verso —no con un concepto— y esa decisión marca desde la cubierta el tipo de poética que va a proponer: una poética del nombrar exacto, donde el tiempo deja de ser abstracción y se vuelve materia olfateable, casi corpórea. El título, «El tiempo huele a papel», condensa el programa de lectura: lo que se ha vivido, escrito o archivado huele, huele a folio, y ese olor es ya una forma de conocimiento.
2. El autor y su trayectoria
Joseba Sasia Muñoz, nacido en Barakaldo en 1957, cuenta en su haber con dos poemarios anteriores y con dos reconocimientos que conviene tener presentes: el Premio «Poemas de la Mar y sus Gentes» y la Mención especial en el Concurso «Lorenzo Oliván» del Ayuntamiento de Castro Urdiales, concedida en 2025. No es un debutante. Es un autor con oficio, que conoce la tradición castellana y que escribe desde la experiencia, no desde la pose. Esa trayectoria previa se nota en el manejo del ritmo y en la elección de los temas: nada en este libro parece accidental.
3. Estructura del poemario
El libro se abre con una breve dedicatoria —«A mi compañera, a mis hijos / y a todas las personas que compartieron / y comparten conmigo, / el vino de las palabras»— y un prólogo en verso que funciona como declaración de poética. A partir de ahí, el poemario se articula en cuatro libros internos numerados, una decisión formal que hoy resulta inhabitual y que, sin embargo, aquí se justifica: cada uno de los libros marca un cambio de registro, y el conjunto se lee como un arco. El libro I trabaja el amor y el paisaje; el II y el III avanzan hacia la edad, el cuerpo y los padres muertos; el IV, dedicado al viaje, recupera la metáfora ferroviaria del prólogo y la lleva hasta un cierre que, sin cerrar del todo, deja al lector en el andén.
4. Temas y motivos recurrentes
Cuatro motivos sostienen la arquitectura del libro. El primero es el tiempo, no como categoría filosófica sino como materia del cuerpo: las canas, las arrugas, el «flaquear de los gestos». El segundo es la familia, en su forma más estricta: los padres muertos, los hijos que crecen, la compañera que sostiene. El tercero es el viaje, articulado desde la metáfora del tren que abre y cierra el poemario. El cuarto es el paisaje vasco —Barakaldo, Castro Urdiales, la mar— que aparece menos como descripción y más como estado de ánimo. Los cuatro motivos se entrelazan con naturalidad y evitan la fragmentación que a veces aqueja a los poemarios contemporáneos.
5. Registro lingüístico y tono
Sasia escribe en un castellano limpio, con vocabulario preciso y sin alardes dialectales forzados. El tono dominante es meditativo, con un punto de ironía que aparece sin buscarlo, sobre todo cuando el yo poético se describe a sí mismo: «Nasciturus por dentro, / 60 años, por fuera…». Esa ironía no es un adorno; es la única forma que el poeta encuentra para no caer en el patetismo cuando habla de la edad. La consecuencia es que el libro se lee con una sonrisa a veces triste, a veces cómplice, pero nunca impostada.
6. Recursos formales y métrica
El libro combina verso libre, verso silábico corto y algunas estrofas de cuatro versos con rima asonante. La decisión más interesante es la alternancia entre poemas densos, de cinco o seis estrofas, y poemas breves, casi aforísticos, que funcionan como respiraderos del conjunto. El endecasílabo y el heptasílabo conviven sin estridencias, y hay un uso muy medido de la encabalgamiento, que aparece siempre en los momentos de inflexión del sentido, no como adorno.
7. Lectura de poemas representativos
El poema que mejor resume el libro es, sin duda, el titulado «Sencillamente, la vida…», donde Sasia escribe: «Sencillamente, la vida… / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos». La economía verbal es extrema: ni un solo adjetivo sobra, ni un solo verbo puede sustituirse. El poema «60 años» —«Nasciturus por dentro, / 60 años, por fuera…»— es su contrapunto irónico. El poema «Sentirse marchito», en cuatro estrofas, elabora el mismo tema con la imagen memorable «Nacemos llorando desnudos / para crecer al revés». El poema «Fiel amigo, el espejo», en cambio, lo trabaja desde la imagen del reflejo, sin nombrar la vejez. Por último, el poema «Querencia entreabierta» lleva el motivo hasta el terreno del sueño interrumpido: «oyendo ladrar a ese perro / que busca en la acera vacía, / el destino que le niegan / el crepúsculo y el día…». Son cinco poemas de una coherencia notable, y bastan para acreditar la categoría del libro.
8. Valoración crítica
«El tiempo huele a papel» es, sin hipérboles, uno de los poemarios de edad tardía más conseguidos de la poesía española reciente. Su principal acierto es la negativa: no recurre al artificio, no se refugia en la nostalgia, no cede al panegírico de la experiencia. La segunda es la construcción: cuatro libros internos que sostienen el arco completo, sin que ningún poema se sienta de relleno. La tercera es la voz: una voz de hombre maduro que no se disfraza de joven ni de viejo, y que escribe con la verdad de quien ha visto ya muchas cosas.
9. Cierre y recomendación
Recomendación sin retórica: este libro merece una lectura lenta, dos relecturas, y un lugar en la biblioteca de quien se tome la poesía contemporánea en serio. No es un libro para el elogio fácil de los suplementos. Es un libro que se va a seguir leyendo cuando pasen los años, y eso es, en definitiva, lo único que importa.
Crítica realizada por Ana María Olivares