Iván Martín Yáñez es autor de Desde el Tártaro, poemario publicado por Editorial Poesía eres tú. En esta entrevista habla sobre la enfermedad, la medicación y el «brutalismo poético» con el que nombra el dolor en lenguaje técnico e industrial.Iván Martín Yáñez es autor de Desde el Tártaro, poemario publicado por Editorial Poesía eres tú. En esta entrevista habla sobre la enfermedad, la medicación y el «brutalismo poético» con el que nombra el dolor en lenguaje técnico e industrial.
El libro se abre con este verso: «No hay nada que le pueda agradecer, / a la maldita medicación». ¿Cómo nació este poema y qué necesitabas contar con él antes que ningún otro?
Este poema nació en medio de un proceso de alta medicación que había castrado todos mis sentimientos. Me sentía vacío. Una piedra que no sentía y escribí Sin Servir que me pareció el poema más horroroso que había escrito nunca. Luego vino un ingreso hospitalario por sobredosis médica y al cabo de tres años mi percepción cambió. Pienso que es la puerta de entrada perfecta para Desde el Tártaro.
En la nota que abre el libro escribes que el Tártaro «no pretende reproducir el mito clásico», sino que es «un lugar mental». ¿En qué momento del proceso de escritura decidiste que ese sería el nombre y el territorio del libro?
Bueno, a ver. Ya tenía al menos doce poemas cuando decidí incluirlos en un archivo. Cómo mi percepción tanto de Latitud Gótica como de Instante Múltiplo me recordaban a un estado profundo, cercano al infierno cristiano, decidí usar el Tártaro como metáfora estructural y con las distintas correcciones y poemas nuevos añadidos, formó el poemario que ahora se puede leer.
Tu poesía recurre constantemente a un vocabulario técnico e industrial —hormigón, polímero, algoritmo, entropía— que tú mismo llamas «brutalismo poético». ¿Qué te llevó a construir el libro con ese lenguaje en lugar de uno más tradicionalmente lírico?
Mi experiencia principalmente, pero también una rabia muy concreta contra la poesía que miente. El lenguaje lírico tradicional me parecía una traición a lo que estaba viviendo. Cuando tu cuerpo falla, no falla con metáforas — falla con síntomas, con dosis, con efectos secundarios. Necesitaba un lenguaje que tuviera el mismo peso que la experiencia. El hormigón no es una imagen bonita del dolor: es exactamente cómo se siente. No era una elección estética, era la única opción honesta.
PLANETA, el único poema de «La pieza mayor», rompe con la primera persona del resto del libro para narrar en tercera persona y se sostiene sobre un estribillo que se repite cuatro veces. ¿Por qué esa decisión formal, la más arriesgada del libro, ocupaba precisamente el centro?
Era una decisión arriesgada. Este poema significa mucho para mí. Fue escrito en una situación de crisis física mientras sufría un trato denigrante por muchas personas. Fue mi manera de quejarme, en especial la segunda parte, a partir de “Y el futuro será de ellos…”, ya que Planeta fue concebido como dos poemas separados que se unen en uno solo. Sí, puede romper con el resto del poemario, pero es el poema que más cariño le tengo. Va en el centro porque confío en su fuerza y su intención.
DESDE EL TÁRTARO puede leerse dentro de una línea de la poesía española reciente que incorpora lenguajes ajenos a la tradición lírica para hablar del cuerpo y la enfermedad. ¿Te sientes parte de esa conversación o el libro nació al margen de ella?
La poesía que habla de salud mental sin mentir ocupa un lugar incómodo porque nadie quiere leer lo que realmente pasa. Desde el Tártaro no cura y no consuela: disecciona. Creo que eso es lo que le falta a mucha poesía sobre enfermedad — la honestidad de decir que a veces no hay salida bonita, solo una salida.
Tu trayectoria profesional —guionista, analista de datos, programador, administrador de sistemas— atraviesa el libro en su vocabulario, pero sin que el poemario se convierta nunca en autobiografía explícita. ¿Cómo decidiste hasta dónde dejar entrar esa experiencia y dónde detenerla?
La experiencia profesional atraviesa el poemario, pero no lo hace suya. Creo que es una parte necesaria, pero mis impulsos y mis destellos de inspiración hacen que todo fluya, o carraspee según el momento. Es pieza clave, pero no en toda la obra.
El libro está protagonizado, en distintos poemas, por la enfermedad, la medicación y sus efectos sobre la percepción. ¿Qué lugar ocupa hoy la poesía que aborda la salud mental sin metáforas de consuelo, y qué crees que aporta DESDE EL TÁRTARO a esa conversación?
La poesía que aborda la salud mental hoy atraviesa una tensión fundamental: la lucha entre la “poesía del bienestar” (que tiende a curar, a dar consejos o a envolver el dolor en un lenguaje reconfortante) y la “poesía de la disección”, a la que pertenece Desde el Tártaro.
Hoy, la poesía que rechaza las “metáforas de consuelo” ocupa un lugar periférico, pero estratégicamente vital. Es una poesía que ha dejado de pedir permiso para ser incómoda y ha empezado a reclamar su papel como documento clínico.
Si tuvieras que imaginar al lector ideal de este libro, ¿quién sería y qué necesitaría estar buscando para que DESDE EL TÁRTARO le llegara?
El lector ideal de Desde el Tártaro no es quien busca poesía para encontrar consuelo, sino quien ya está de vuelta de todas las metáforas que intentan suavizar lo que no tiene remedio. Me imagino a un lector que ha tenido que reinventarse tantas veces —que ha sido, como yo, guionista, programador, científico de datos, Scrum Master— que ha terminado viendo su propia vida como un sistema de piezas que no siempre encajan.
Es alguien que ha intentado entender qué le pasaba usando el lenguaje que le daban, y que ha sentido que ese lenguaje le quedaba pequeño, o directamente falso. Por eso, este libro le llega: porque no le hablo de nubes ni de abismos, sino de hormigón, de entropía, de vertederos y de encofrados. He usado las herramientas de mis otros oficios, las que tenía a mano, para diseccionar un dolor que no es lírico, sino material, mecánico, físico.
Ese lector no busca que le diga que “todo va a estar bien”, porque sabe que eso es mentira. Busca a alguien que le confirme que la metamorfosis a veces no te convierte en una mariposa, sino en un insecto de asfalto, y que eso, aunque sea duro, es un territorio que se puede cartografiar.
Mi lector ideal es, simplemente, alguien que busca un manual para seguir caminando con las alas que le han tocado, sin pedirle permiso al sistema para seguir existiendo.
Para alguien que nunca ha leído poesía y que dudase entre empezar por este libro o por otro más «amable», ¿qué le dirías para convencerlo de empezar por DESDE EL TÁRTARO?
No te engañes buscando consuelo en la poesía: eso es literatura de evasión. Si buscas un refugio, este libro no es para ti.
Lee Desde el Tártaro si buscas herramientas, no bálsamos. Es un manual de disección que llama a las cosas por su nombre técnico, sin los adornos que suelen ocultar la realidad. Es un ejercicio de honestidad bruta sobre cómo funciona el mundo cuando el sistema —el tuyo, el mío— colapsa. No te prometo que te sientas mejor al terminarlo, pero sí te garantizo que habrás visto tu propia maquinaria con una claridad que ninguna otra poesía te va a ofrecer.
El libro termina con un poema que se llama, precisamente, RIENDO, y con un hablante que se tiende «en los brazos del mar riendo». Después de todo el descenso anterior, ¿qué querías que quedara resonando en el lector al cerrar la última página?
Es una catarsis, pero no lo es en su totalidad. Riendo es una canción con melodía que te ofrece una salida digna, pero no te ofrece una curación milagrosa ni una redención completa: es la constatación de una salida a todo el proceso, incompleta, pero una salida, al fin y al cabo, eso en sí misma es una solución: aceptar que resistes y eres una persona distinta que, aunque sea de locura y de quebranto del dolor, consigue reír y volver a empezar algo que no sabe qué es, pero al menos es suyo, de su nuevo yo.
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