Joseba Sasia Muñoz es autor de El tiempo huele a papel, poemario publicado por Editorial Poesía eres tú. En esta entrevista habla del viaje en tren como eje simbólico del libro, de la contención al nombrar a los suyos y del estilo como forma de estar en el mundo.

En su primer poema del libro escribe: «Periferia de los años que asoma en mi ventana. / Los suspiros de este tren, huelen a leña quemada». Esa imagen del tren como metáfora de la vida recorre todo el poemario. ¿Cuándo decidió que la vida-era-viaje sería el eje simbólico de El tiempo huele a papel, y cómo fue el proceso de convertir esa intuición en un libro?

¿Y qué es si no la vida, más que un viaje insólito, en el que al nacer nos subimos al tren con las maletas vacías, de años, de aconteceres previsibles e impredecibles, de experiencia…?

Si acaso, los padres nos la llenan de apego y afecto y esa empatía, es una semilla que debemos cultivar.

El tiempo huele a papel, porque todos y todas, antes o después, seremos páginas cargadas de rutinas y estilo, que se van forjando estación a estación.

Ya lo decía el conde de Buffon en 1753, en un discurso en la Academia Francesa: «Le style, c’est l’homme même» —el estilo es el hombre—. Hoy, también la mujer.

«Sencillamente, la vida. / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos.» Este poema —que también da título a su primer libro— reaparece aquí transformado. ¿Qué tiene que ver y qué tiene que diferir el Sencillamente de 2022 del de El tiempo huele a papel?

En apenas 4 años, y con la ayuda de Ana María Olivares y de Javier Pérez-Ayala, sigo siendo el mismo aprendiz de poeta, pero si algo ha cambiado, ha sido el aula y los docentes.

La empatía, que ya mencionaba en un punto anterior, la confianza y el trabajo bien hecho, abre las puertas a lo posible —el talento necesitado de sazón—.

Aprender a aprender, sigue siendo mi asignatura favorita.

En «De garnacha y de graciano», usted no nombra la enfermedad, pero la describe con las cepas, con el «fuego lento de su propia colada», con su «transparencia perenne». ¿Fue una decisión consciente no usar la palabra «alzheimer» en el poema, y por qué?

Ese poema es un homenaje mayúsculo a una mujer y un hombre, que sin ruido y aspavientos, fueron capaces de dejar huella. Ella, de una manera y él, a su modo.

El Alzheimer forma parte del capítulo siguiente. Antes, ellos, formaron parte de mi viaje en el mismo vagón; ya, hace años que se apearon, pero en mi valija permanece su recuerdo.

Su poesía rehúye la rima sistemática pero no la música. El poema «Si te digo», construido íntegramente sobre paralelismos, tiene una cadencia casi de salmodia. ¿Trabaja usted la sonoridad de los poemas antes de escribir la imagen, o al revés?

Mientras escribo, bajo el sonido tenue de la música suave que me llena el tintero, por los labios frágiles y húmedos de las musas, se van colando mis versos.

Así como cada ritmo tiene su propia sonoridad, la poesía necesita pausa, armonía y ese baile íntimo con los leyentes, que acarician la cintura de las palabras.

En El tiempo huele a papel hay una crítica implícita al exhibicionismo de la intimidad: usted nombra a los padres, los hijos y la esposa sin convertir ninguno de esos nombres en coartada para el lucimiento. ¿De dónde viene esa ética de contención?

Padres, esposa, hijos. Unos escribimos poemas con la pluma de la querencia y otros y otras, si acaso, llevan la poesía dentro.

«El exhibicionismo de la intimidad» es un uso arraigado en la sociedad que nos toca vivir. Seguramente por eso, me aferro a «la ética del estilo».

¿Cómo podrían ser los padres, la esposa, los hijos… coartadas para el lucimiento personal?

La poesía es otra cosa. Y solo las personas que la buscan, son capaces de encontrarla.

Mis padres, mi esposa, mis hijos, la llevan dentro y por eso el que suscribe, buscando, acaba por encontrarse con ella.

Estilo, solamente, estilo.

«Y si hubiera querido ser, / río, calandria, peonía.» En ese verso, el poeta se pregunta qué habría sido de él si la vida le hubiera dado otra forma. ¿Cuánto hay de biografía, cuánto de poética y cuánto de juego en ese tipo de preguntas?

Como os decía antes, vivimos tiempos convulsos, en la geopolítica, la economía y lo social.

Pero de esta parte del mapa, el panorama parece bastante más halagüeño.

Las noticias de diario, sus portadas, no dejan lugar a las dudas. Hemos tenido el privilegio de montar en un ferrocarril de alta velocidad, con asientos cómodos, paisajes deslumbrantes y un pasaje en la mayoría de los casos, educado y respetuoso.

Un palmo más allá… y seguramente los poetas y poetisas originarios de lugares distintos y que viajan en vagones viejos y tardos, también hubieran escrito algo similar al «río, calandria o peonía».

¡Que a menudo nos olvidamos de que el privilegio de nacer, depende de los duendes del calendario y la geografía!

Por eso en otro poema titulado «Orillas», le doy las gracias a mi tren, a los asientos, al paisaje y a la compañía: «Más abajo, o más arriba… que Dios devuelva mi vida».

Su libro dialoga, sin mencionarlos, con Gil de Biedma, con Caballero Bonald, con Francisco Brines. ¿En qué autores de la poesía de la experiencia se reconoce más, y qué cree usted que aporta a esa tradición una voz escrita desde Barakaldo, en 2026?

Estilo… siempre estilo…

Este humilde aprendiz de poeta, si acaso mira con fervor a la poesía que enseña, que refleja, que siente, que evoca, que agradece, que llega…

«Poesía de la experiencia», «de la vivencia» que diría Gil de Biedma. Pero en desacuerdo con él, cuando apostillaba que: «Lo que pasa en un poema, jamás le ha pasado a uno».

La poesía intimista, esa que es capaz de transmitir situaciones y sentimientos complejos, de manera sencilla y con pocas palabras, creo que define mi «estilo», alejado de sintaxis rigurosas y complejas, metáforas de relumbrón y retruécanos.

Hay poetas que llegan… y en sus cátedras se asienta mi intención.

¿Poeta…? Seguramente no.

Para merecerlo, por los labios frágiles y húmedos de las musas, se deberían colar otros versos.

¿Quién es, a su juicio, el lector ideal de El tiempo huele a papel? ¿El que se acerca buscando emoción, el que busca reflexión, o el que busca las dos cosas a la vez?

En ese entorno convulso que mencionaba, ¡qué difícil se hace encontrar poesía sin aspavientos, ni rutinas amparadas en modas o tendencias y qué difícil por ende, definir a las personas que se asoman a ella!

El tiempo huele a papel, se puede leer y recitar en el tren de alta velocidad y hasta en el tedioso y lento, por personas que se reconocen pasajeras de su propio destino. No hay clases, ni espacios preferentes.

Todos y todas tenemos padres, compañeras o compañeros, hijos e hijas y un billete en el fondillo, que nos indica el origen, pero jamás el destino.

Que abran sus páginas… y feliz viaje.

Si tuviera que recomendar este libro a alguien que nunca ha leído poesía, ¿qué le diría? ¿Por dónde le invitaría a empezar?

Como en una guía de viajes, con destinos diversos, dada la estructura definida del libro, cada andén tiene su sino.

El libro debe ser un amigo, un acompañante mudo pero fiel y sincero.

Aunque como en cualquier tránsito, es mejor comenzar por el preludio.

«¡Te quiero!»: el libro termina, en cierto modo, donde comenzó, con una declaración de amor. ¿Qué le ha enseñado la poesía que la vida, por sí sola, no le había enseñado?

Cuando un autor compone la letra de una canción y alguien le da vida con música y la interpreta, letra y música en apenas unos minutos, son dos cuerpos que distintos, compartiendo el mismo alma.

En la poesía ocurre algo similar. Mientras escribes, vas musicando los versos y palabras y ritmo, conducen a una canción, a un poema.

Letra sin armonía y melodía sin palabras, para mí, no son poesía.