El mito como cartografía del alma jaenesa

María Ángeles Solís del Río irrumpe en el panorama editorial con Las huellas de la Sierpe (Editorial Poesía eres tú, 2026), un poemario de diecinueve composiciones organizadas en cuatro partes que trazan un itinerario poético y mítico por la ciudad de Jaén. Aunque es su primer libro en sello editorial, Solís del Río llega a estas páginas con una trayectoria poética sólida —Premio Provincial de Poesía Federico Mayor, 2003—, lo que explica la madurez formal que el conjunto exhibe desde sus primeros versos. El prologuista Martín Lorenzo Paredes Aparicio lo señala con precisión: «se trata de una poetisa ya consolidada, con una voz y un tono propio, que la convierten en una referencia para otros y otras que decidan sacar su voz poética».

El poemario se divide en cuatro partes tituladas «Al principio», «Lugares», «Él» y «Santo Reino», cada una de las cuales desarrolla un eje temático sin perder la coherencia del conjunto. La primera funciona como obertura mítica: los tres poemas iniciales —«Tierra Olivarera», «Brazo de Mar» y «Magdalena»— establecen las coordenadas simbólicas del libro. La tierra, el agua, la bestia y la mujer son los cuatro elementos que el resto del poemario desenvolverá con variaciones. La segunda parte realiza un inventario poético de espacios urbanos jaeneses —Plaza de la Magdalena, los Baños Árabes, la Torre del Concejo, el Arco de San Lorenzo—, cuya brevedad formal contrasta con la densidad histórica que cada lugar condensa. La tercera desarrolla la leyenda del lagarto en su versión más narrativa, con el extenso romance «Leyenda» como pieza central y «El Mito» y «Draco» como su contrapunto reflexivo. La cuarta concluye con una apertura hacia lo trascendente: el olivo, la procesión de rogativas, la catedral donde se enfrentan el alma negra y el alma blanca.

El elemento que dota de unidad al poemario es la leyenda del lagarto de Jaén: la sierpe del raudal de la Magdalena, que aterrorizó al vecindario y fue derrotada por un preso que ofreció su vida a cambio de la libertad. Solís del Río no trata este mito como curiosidad folclórica sino como cifra de algo más hondo: la relación de una comunidad con su territorio, con su miedo ancestral y con la posibilidad de la redención colectiva. «La soga de la sierpe ata triunfante» (p. 29), escribe en «Baños Árabes», y esa imagen de sujeción que al mismo tiempo corona apunta a la ambivalencia del símbolo: la bestia como amenaza y como seña de identidad. En «El Mito» el animal se eleva hasta la constelación —«Allá está, perdida en el firmamento, / lleva tu nombre una constelación» (p. 46)—, convirtiendo la leyenda local en mito universal al vincularla con la constelación Draco y los cultos romanos documentados en la zona.

Jaén no es en este libro un decorado ni una excusa costumbrista. Es el material mismo de la construcción poética. Cada topónimo viene cargado de tiempo, de historia sedimentada y de presencia corporal. La poeta camina literalmente los espacios que canta y ese impulso peatonal confiere a los poemas una textura de experiencia vivida que trasciende la descripción. «De esta tierra, la condena, / la bendición de tu fruto» (p. 15), abre «Tierra Olivarera», y en esa tensión entre condena y bendición reside toda la complejidad afectiva con el lugar natal. El olivar no es paisaje: es argumento moral. El raudal de la Magdalena no es accidente geográfico: es la herida y la cura simultáneas de una ciudad que se mira en el agua para reconocerse.

Solís del Río trabaja con un repertorio métrico diverso pero controlado. El soneto aparece en «Brazo de Mar», «El Mito» y «Draco», con dominio sostenido de la forma clásica —endecasílabos, rima consonante, estructura cuarteto-terceto— aunque con alguna libertad en el esquema rimático de los tercetos. La décima espinela, forma asociada a la lírica popular andaluza, estructura «Tierra Olivarera». El romance octosílabo, cauce esencial de la épica oral española, da forma al extenso «Leyenda», donde la narración del combate entre el preso y el lagarto adopta el tono de la crónica colectiva con sus repeticiones y su sintaxis acumulativa: «La sierpe seguía la sangre / comiéndose el cordero» (p. 42). El verso libre, por su parte, es el cauce de los poemas más interiorizados —«Magdalena», «Olivo», «Santo Reino»—, donde la medida cede ante el peso emocional del enunciado y la voz se vuelve más desnuda.

Una de las tensiones más productivas del poemario es la que existe entre la voz colectiva —el «nosotros» del pueblo jaenés, la comunidad que comparte el mito— y la voz íntima de una subjetividad femenina que escucha, observa y se apropia del territorio desde su propia experiencia. Esta tensión se resuelve de forma especialmente eficaz en «Magdalena», donde la figura de la santa —mártir, amada por un dios, salvada de la bestia— funciona como espejo oblicuo de la propia poeta: «Mujer, sálvate y vuela, / que solo por ello, / pudo cambiar el mundo» (p. 17). La sierpe que retrocede ante la mujer es también la sierpe que retrocede ante el poema: ambos gestos, el de salvar y el de escribir, suponen el mismo acto de coraje.

El libro dialoga conscientemente con la tradición de la poesía de lugar, desde Machado hasta la lírica popular andaluza, sin que esa filiación resulte en imitación. Lo que Solís del Río aporta es una perspectiva contemporánea sobre la pertenencia: la mirada de quien ha interiorizado la historia de su ciudad no como bagaje muerto sino como materia viva. El epígrafe de Miguel Ángel Cañada que abre la primera parte —«me queda también la incertidumbre de que tal vez, nuestro lagarto pudiera haber sido engendrado y criado en las profundidades marinas de nuestra Peña»— establece desde el inicio un pacto con el conocimiento local, la oralidad y la incertidumbre productiva del mito: no la leyenda como verdad cerrada, sino como pregunta abierta.

Las imágenes que articulan el libro pertenecen a cuatro campos semánticos que interactúan permanentemente: el agua —raudal, fuente, lavaderos, mar—, el fuego —sierpe que escupe llamas, yesca, hoguera—, la piedra —muros, ruinas, calles empedradas— y el vuelo —alas manchadas, vuelo taciturno—. Esta red construye un bestiario simbólico donde la serpiente, el olivo y las piedras históricas de Jaén adquieren una densidad alegórica que eleva el libro por encima del poema de circunstancias. Especialmente notable es el crescendo narrativo de «Leyenda»: «En la entraña, la pólvora / prende al igual que un broche» (p. 43), imagen que comprime en dos versos la paradoja del libro entero —la destrucción que libera, la muerte que da paso a la comunidad reconciliada con su espacio.

Las huellas de la Sierpe es un poemario que reúne virtudes poco frecuentes en la poesía de lugar: el rigor formal, el dominio de la tradición métrica, la voluntad de trascender el costumbrismo y la capacidad de convertir un mito local en una reflexión sobre identidad colectiva y redención. No es un libro sin imperfecciones —algunos tercetos de soneto presentan tensiones métricas y ciertas imágenes son más literales de lo que la densidad del conjunto exigiría—, pero su coherencia simbólica, su honestidad tonal y la calidad de sus mejores poemas lo convierten en una propuesta poética genuina y recomendable. Lectura aconsejada para quien quiera encontrar en la poesía española contemporánea una voz que sabe que el territorio no es fondo sino forma, y que el mito no explica el lugar: lo habita.

Citas del texto

«De esta tierra, la condena, / la bendición de tu fruto» (p. 15) — Tierra Olivarera

«Escuchando olas, cruza nuestro mundo, / sierpe engendrada, sal hacia el raudal» (p. 16) — Brazo de Mar

«Mujer, sálvate y vuela, / que solo por ello, / pudo cambiar el mundo» (p. 17) — Magdalena

«La sierpe da un paso atrás / y el silencio se apodera / del vacío de la gruta» (p. 17) — Magdalena

«La soga de la sierpe ata triunfante» (p. 29) — Baños Árabes

«pasado muerto que en tus sienes muerdes» (p. 27) — San Miguel

«que me den la libertad, / si yo mato al lagarto» (p. 42) — Leyenda

«En la entraña, la pólvora / prende al igual que un broche» (p. 43) — Leyenda

«Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer» (p. 53) — Olivo

«Allá está, perdida en el firmamento, / lleva tu nombre una constelación» (p. 46) — Draco

Crítica realizada por Ana María Olivares
Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira