Entre todos los textos que componen Sevilla en primavera. Crónicas desde mi salón (Editorial Poesía eres tú, 2026), «La Madrugada» es el que con mayor intensidad convierte la Semana Santa sevillana en experiencia literaria. Se reproduce íntegramente a continuación.
La «Madrugada»
El viernes, la primaveral «Madrugada».
Mayores, jóvenes, adolescentes.
Los menores, estrenan su «libertad»,
transitar «solos» en esa madrugada,
«solos», un decir, van en compañía.
Derrotan al sueño, admiran, sienten,
y expresan su sentir de mil formas.
Unos con su más íntimo silencio
en su lento camino penitencial.
Otros contemplando y admirando
el barroco cortejo procesional.
Mas, todos gozando de la riqueza,
de la, sin igual, noche primaveral,
en emociones y en sentimientos
íntimos, religiosos o profanos
de acuerdo al sentir de cada cual.
Calle El Silencio, primeras horas
viernes madruga. En el suelo,
en los árboles, en aire: azahar.
Puro azahar nocturno que toda
la oscuridad inunda, envuelve.
La Luna y las velas encendidas
tenuemente iluminan a rostros
expectantes y silenciosos, a los
altos y negros nazarenos. Estas
junto al golpe de incienso luchan
por ocuparlo todo. EL SILENCIO
saliendo en su calle: El Silencio.
La emoción, suma de los olores,
del etéreo murmullo de la gente,
del rastreo de los pies costaleros,
de la Cruz que sale a ver la luna,
del Cristo que a vernos procesiona,
inunda las mentes, los corazones
eleva el alma de los presentes,
llena de belleza su espíritu.
Amanecer pasado, no retrasar
tomar chocolate con calentitos;
su quema ayuda a un desplazar
el cansancio durante un ratito
y al sueño su camino prepara
cuando, tras la vuelta, ya en el hogar
a los pies se empiece a amnistiar.
Ya libres, ¡qué descanso! A descansar.
Existen otros muchos emotivos,
bellos enclaves en el procesional.
Las hermandades, sermones movientes,
buscan su lucimiento, emocionar,
y, mediante los sentidos, doctrinar.
Otros sin buscar se dan, se encuentran.
El poema no describe un espectáculo: construye una atmósfera. Y lo hace convocando los sentidos en una acumulación que no es exceso, sino necesidad: el azahar en el suelo, en los árboles, en el aire; las velas que iluminan tenuemente; el incienso que compite con el perfume de los naranjos; el «rastreo» —voz exacta, no eufemística— de los pies costaleros. Graciani Constante escribe como quien recuerda con el cuerpo, no solo con la mente.
El eje del poema es el doble significado de El Silencio: la cofradía y el estado. «EL SILENCIO / saliendo en su calle: El Silencio» es el verso más logrado del libro, ese juego que consiste en nombrar lo mismo con las mismas palabras para decir cosas completamente distintas. La mayúscula en «EL SILENCIO» —la cofradía, con nombre propio— contrasta con «El Silencio» del final —la calle— y entre los dos la escritura hace flotar ese estado de suspensión temporal en que la ciudad entera se detiene y se convierte en algo distinto de lo que es el resto del año.
El texto se estructura en tres movimientos. El primero registra la heterogeneidad de los presentes: mayores, jóvenes, adolescentes que «estrenan su libertad», cada uno con su propio modo de vivir la noche. El segundo es el momento de la concentración sensorial: primero el suelo, luego los árboles, luego el aire, todo impregnado por el azahar que Graciani Constante elige para representar la noche entera. El tercero cierra con el regreso al cuerpo cotidiano —el chocolate, el cansancio, el descanso— que no deshace la emoción sino que la aterriza: la madrugada ha sido vivida, y el cuerpo lo sabe.
Lo que hace singular a Graciani Constante en este poema es que escribe sobre un ritual muy codificado sin caer en la hagiografía ni en la distancia irónica. Su Semana Santa no está idealizada ni desmitificada: está vivida. Y esa vivencia, que incluye los pies «amnistiados» a la vuelta y el chocolate con calentitos, es exactamente lo que la hace verosímil y emocionante. «La Madrugada» es el poema de quien sabe que el tiempo de vivirlo en la calle ya pasó, y escribe para que no pase del todo.
Crítica realizada por Ana María Olivares