1. La obra y su autor
*Coplas de rojo y negro. Quejíos de amor* es el primer libro publicado de José Julio Brossa, que firma como ByBrossa. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, ingeniero, empresario y artista visual, Brossa llega a la edición tras una larga práctica de escritura no difundida: declara haber compuesto veintiséis libros antes de este. El dato condiciona la lectura, porque explica la madurez de una voz que en un debut no titubea. El volumen, publicado por Editorial Poesía eres tú en 2026, reúne medio centenar de poemas breves acompañados de ilustraciones del propio autor, y se presenta desde el subtítulo como una colección de «quejíos de amor»: lamentos dirigidos a un ser querido desaparecido. La obra nace, según el prólogo, de una doble pérdida —la del padre del autor y la de la madre de una amiga a quien quiso consolar— y se ofrece, sin disimulo, como instrumento de consuelo.
2. La estructura: las siete etapas del duelo
La decisión compositiva más relevante del libro es su organización en siete secciones que reproducen las fases canónicas del duelo: Golpe, Ausencia, Ira, Preguntas, Luto, Presencia consoladora y Vida. Esta arquitectura convierte el poemario en un relato anímico con progresión, de modo que el lector no recorre una suma de textos sino un proceso. El propio autor declara haber descubierto esa estructura a posteriori, al reordenar los poemas, lo que apunta a su carácter orgánico antes que programático. La sección inicial registra el impacto físico de la pérdida —«Sangré lágrimas y me sequé» (p. 15)— y la última, titulada significativamente «Vida», no clausura el duelo sino que lo orienta hacia un después habitable. La obra propone así una idea precisa: el duelo no se supera, se atraviesa.
3. La voz poética
La voz que sostiene el libro se define por una honestidad que renuncia al decoro. En la sección de la ira, el sujeto poético abandona toda compostura: «Podría ser educado, pero no puedo, estoy jodido…» (p. 35). Esa renuncia explícita a la cortesía funciona como declaración de poética: el lamento no admite ornato. Es, además, una voz que mantiene la interlocución con el ausente mediante el apóstrofe y el tuteo constantes, y que incorpora el humor dentro del llanto sin trivializarlo. La amplitud emocional —del reproche a la gratitud, del exabrupto a la ternura— es lo que confiere credibilidad a un duelo que el libro no dramatiza, sino que transcribe.
4. Temas y universo simbólico
El universo simbólico se organiza en torno a tres núcleos. El primero es la cultura material de la ausencia: la pérdida no se dice en abstracto, sino a través de los objetos cotidianos que el ausente dejó vacíos, y muy especialmente el café —«Me quedé solo con un café árabe y una tarta de maracuyá, ausente…» (p. 17); «esta noche te preparé tu ColaCao caliente y lo dejé sobre la mesilla» (p. 20)—. El segundo es el símbolo cromático que da título al conjunto, formulado como arte poética: «Quizás un punto rojo sobre un fondo negro» (p. 44), donde el rojo cifra la herida que aún vive y el negro el luto que todo lo enmarca. El tercero es la memoria como territorio en disputa, entre el dolor de recordar y el miedo a olvidar el rostro amado.
5. Recursos formales y estilísticos
El recurso fundacional es la brevedad. Numerosos poemas se reducen a un verso o dos, y la condensación imita el modo en que el dolor agudo reduce el lenguaje a lo esencial. El blanco de la página, en torno a los textos mínimos, se vuelve significante. A ese recurso se suman la fractura tipográfica y silábica —el deletreo de la rabia en «EN-FA-DA-DO», los puntos que cercan el verso en «.Sin palabras.»— y la matriz musical flamenca, que aporta el «quejío» y un léxico de raíz gitana ausente de la lírica culta habitual. La colisión de ese registro jondo con el léxico doméstico contemporáneo —el «ColaCao», el «parte» meteorológico— constituye la marca estilística más reconocible del libro.
6. La dimensión religiosa: una teología del lamento
El aspecto más arriesgado y logrado de la obra es su tratamiento de lo religioso. Brossa escribe desde una fe cristiana que no rehúye las preguntas difíciles, y su increpación a la divinidad —«Padre, ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado?» (p. 41)— entronca con la tradición del lamento bíblico, la de los Salmos de queja y el libro de Job, donde el reproche a Dios no equivale a la incredulidad sino que constituye una forma de fe herida. El gesto teológico mayor del libro es una inversión: la de imaginar un Dios que también pierde. «Y Dios aprendió a perder, en rojo y negro» (p. 54), leemos, en una relectura del dogma de la Pasión como experiencia de duelo compartido. La pregunta «¿Quién consuela al Padre? ¿Quién te consoló a ti, Undevel, cuando lo crucificaron?» (p. 43) desplaza el foco del consuelo: este no desciende de una instancia ajena al dolor, sino que se ofrece desde la solidaridad de quien lo conoce.
7. La dimensión intermedial: poema y pintura
*Coplas de rojo y negro* se concibe como obra de dos lenguajes. Las ilustraciones del autor —pinturas a tinta y aguada, anteriores en su mayoría a los poemas— no ilustran los versos, sino que los preceden, de manera que la palabra acude a un mundo visual ya constituido. El propio Brossa enuncia esa convergencia: su lenguaje son «los abrazos, las pinturas y los poemas», y el libro es «los tres a la vez». El título nombra esa doble pertenencia, pues «rojo y negro» son a un tiempo los colores del luto y la paleta del pintor. La definición del dolor como «un punto rojo sobre un fondo negro» opera, en consecuencia, como cifra común de ambos registros: el mínimo gesto significante sobre el fondo de la oscuridad.
8. Tradición y filiación literaria
El libro se inscribe, ya desde el título, en la tradición de la copla y, más atrás, en la de las *Coplas a la muerte de su padre* de Jorge Manrique, con quien comparte el detonante —la pérdida del padre— y la aspiración a lo universal. Esa veta se cruza con el cante jondo y la estética del duende lorquiano: la «luna negra», el «quejío» y la pena gitana remiten al Lorca del *Poema del cante jondo*. En el plano religioso, la filiación es la del lamento veterotestamentario. Brossa actualiza ambas tradiciones con un lenguaje doméstico y contemporáneo que las arranca de toda solemnidad arqueológica. Por su apuesta por el fragmento y el aforismo, el libro dialoga además con la corriente de poesía mínima de la lírica española reciente.
9. Valoración crítica
*Coplas de rojo y negro* es un debut de notable coherencia. Su mérito mayor consiste en haber hallado una forma propia para el más transitado de los temas, sorteando el sentimentalismo y la abstracción por igual. Conviene señalar que la apuesta radical por la brevedad, virtud dominante, deja algún poema en el umbral del apunte, y que ciertos motivos —el café, en particular— rozan la reiteración. Son objeciones menores frente a la unidad del conjunto y frente a la audacia de su propuesta teológica. La obra confirma que la poesía del duelo no se ha agotado y que la tradición elegíaca española admite todavía capítulos dignos de ser leídos. Es, por añadidura, un libro útil en el sentido más estricto: concebido para acompañar a quien atraviesa una pérdida, cumple esa función sin recurrir a consuelos fáciles.
Citas referenciadas
«Sangré lágrimas y me sequé» (p. 15).
«Me quedé solo con un café árabe y una tarta de maracuyá, ausente…» (p. 17).
«esta noche te preparé tu ColaCao caliente y lo dejé sobre la mesilla del cuarto de estar ausentado» (p. 20).
«No tenerte es como perder un color para completar un cuadro» (p. 23).
«Podría ser educado, pero no puedo, estoy jodido…» (p. 35).
«Padre, ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado? Con el corazón quebrado y el alma en pena» (p. 41).
«¿Quién consuela al Padre? ¿Quién te consoló a ti, Undevel, cuando lo crucificaron?» (p. 43).
«¿Cómo pintas las penas? […] Quizás un punto rojo sobre un fondo negro» (p. 44).
«Lo sé, pero tu presencia no es lo mismo que mi ausencia» (p. 52).
«Dios canta flamenco, coplas de luto y pena, quejíos gitanos, de luna negra» (p. 53).
«Y Dios aprendió a perder, en rojo y negro» (p. 54).
«abrí mis manos delante de mí, dejando caer los puñales aferrados, abrazando la ternura del Padre» (p. 74).
Crítica realizada por Ana María Olivares