José Julio Brossa conversa sobre Coplas de rojo y negro, el poemario que nació «en un día y medio» para consolar a una amiga en duelo y acabó removiendo la muerte de su propio padre. En diez preguntas habla de las siete etapas del duelo como arquitectura secreta del libro, de la brevedad del poema de un solo verso, de la copla y el quejío flamenco, y de una fe que se atreve a reprochar a Dios.
1. En el prólogo cuenta que este libro nació en «un día y medio», para consolar a una amiga que había perdido a su madre, y que removió una pérdida muy anterior, la de su padre. ¿Cómo fue escribir desde esa doble herida, la ajena y la propia?
Hay libros que se escriben en un día y medio, pero la realidad es que se están incubando en el subconsciente y en el alma por un periodo largo.
La muerte de mi padre fue hace seis años, y pensaba que era un duelo que tenía resuelto. La cuestión era que lo estaba parcialmente. En los meses previos a escribir Coplas de rojo y negro pasé un periodo en el que recordé muy intensamente a mi padre, y parte de ese proceso de recordar fue escribir varios libros de poemas que luego aglutiné en uno que se llama Herederos del silencio.
La relación con mi padre fue bastante compleja, como la de la mayoría de las personas. Y su marcha dejó palabras sin decir y heridas abiertas. La escritura fue el proceso que Dios utilizó para poner palabras a emociones y traumas.
Posteriormente la muerte trágica de la madre de una buena amiga me dejó sin saber qué decir, ni cómo consolarla. Pensé en regalarle unos poemas, pero lo que tenía no eran adecuados. Así que me puse a escribir…
2. Escribe usted: «al reordenar los poemas, descubrí que tenía una estructura. Las siete etapas del duelo». ¿En qué momento se dio cuenta de que el dolor le había dado, sin buscarlo, la arquitectura del libro?
Ya era consciente mientras lo escribía, puesto que me hinché a llorar. Sabía que había algo ahí pero no era capaz de verlo. Al revisar el manuscrito con ayuda de una IA advertí una arquitectura que yo mismo no había sido consciente de construir. Entonces me puse a investigar más en profundidad, reconocí mi propio proceso, y transformé la identificación de las etapas psicológicas con unos nombres que me parecían menos técnicos y más adecuados para un libro poético de acompañamiento al duelo. Para mi fue una gran sorpresa darme cuenta de lo que Dios había guiado. Tuve una sensación de haber sido guiado en todo el proceso, y que había un propósito hermoso detrás de todo este dolor y pérdida.
3. Muchos de sus poemas caben en un solo verso —«Sangré lágrimas y me sequé»—. ¿Es la brevedad una decisión consciente o el dolor le impuso esa economía de palabras?
Como poeta, y como ingeniero, sigo la máxima de menos es más. Eso no significa que toda mi poesía sea breve o ultra breve como es en este poemario. Lo que procuro es adaptar la forma a la emoción o al mensaje. Obviamente mi situación emocional al escribir, respira en la poesía. Como no puede ser de otra manera. No conozco a nadie que llore en prosa. Se llora en versos cortos y amargos. Esto me pasó a mí y creo que se refleja bastante en la arquitectura final del libro.
4. Define usted su poética en un verso: «¿Cómo pintas las penas? Quizás un punto rojo sobre un fondo negro». Siendo también pintor, ¿escribió este libro con ojos de poeta o de pintor? ¿Dónde termina uno y empieza el otro?
Es una buena pregunta. Es obvio que miro el mundo de una forma distinta. Mi mirada es triple: la de un ingeniero, un pintor y un poeta. ¿Qué va primero? Es difícil saberlo. Creo que me he acostumbrado a mirar la realidad de forma simultánea.
He sido ingeniero prácticamente desde niño, desde que con dos años le pregunté a mi madre: «¿Cómo se inventan las cosas?». De joven escribí mucha poesía y la pintura llegó en la madurez, aunque explotó antes que la poesía.
Si tuviera que establecer un orden, diría que primero observo, después intento comprender, luego pinto y, finalmente, lo convierto en palabras.
Pero mi mirada es profundamente pictórica. Cuando escribo veo escenas. Antes de encontrar las palabras, el poema ya existe como una imagen en mi cabeza. Muchas veces siento que no escribo un poema: describo un cuadro que estoy contemplando por dentro.
5. El libro se atreve a tutear a Dios, a reprocharle —«Padre, ¿por qué me has abandonado?»— e incluso a imaginarlo perdiendo: «Y Dios aprendió a perder». ¿Hasta dónde puede llegar la fe que se permite enfadarse con Dios?
La fe que se enfada parte de una relación, en mi caso con Jesucristo. Una relación atraviesa altibajos, sobre todo cuando no entiendes a la otra parte. Durante una buena parte de mi vida, ya siendo creyente, he sufrido grandes crisis personales. He estado a punto de arruinarme cinco veces, he sufrido pérdidas económicas, mentales, personales y de confianza. Durante quince años de mi vida viví esclavo del miedo enganchando una crisis tras otra que me llevó al borde de una depresión profunda y que casi me cuesta mi familia. Durante todo ese proceso mi relación con Dios ha sido una oscilación entre una fe que sabía que Dios es bueno y generoso, y por otro lado la convicción subjetiva de que Dios no estaba siendo generoso conmigo.
Con el tiempo descubrí que yo tenía una mentalidad de esclavo que me impedía disfrutar del privilegio de ser un hijo amado. En cierto sentido tenía un sentimiento de orfandad que no me dejaba darme cuenta de que la relación con Dios es eso… una relación, y que en ella tienen cabida la duda, la rabia, el enfado, el desconcierto, etc. Mucha de mi reflexión intelectual, teológica y poética habita en este conflicto.
Esto además, es algo muy habitual en las Escrituras. El libro de Job por ejemplo es de una franqueza absoluta de Job en sus imprecaciones contra Dios. Así como muchos de los salmos también. Hombres que derraman sus corazones destrozados delante de Dios, y luego más tarde reconocen su amor y su grandeza. Este ha sido mi caso.
6. El café, el Cola Cao, el lado del colchón aparecen una y otra vez. ¿Por qué cree que la ausencia se siente más en esos objetos pequeños que en las grandes ideas sobre la muerte?
Es que son las pequeñas cosas de cada día en las que habitamos juntos las que luego nos reclaman la ausencia. En mi caso a mi padre le encantaba tomarse un café con leche cada noche, y mi mujer que aún sigue con vida le tengo que preparar un Cola Cao cada noche. El día que los que amamos ya no están, estas cosas no desaparecen, se quedan ahí, como hábitos que nos crujen el alma.
En mi caso, cada vez que entro en casa de mi madre y veo el sofá donde mi padre dormía cada noche se me encoge el alma. Aún espero girar al cuarto y encontrármelo ahí esperando y ver su cara de alegría cuando me veía después de semanas sin vernos, ya que vivíamos en islas diferentes
Las grandes ideas sobre la muerte están bien para los filósofos, los teólogos y algunos poetas. Pero son los objetos cotidianos los que te recuerdan que aquel que amabas ya no está en este lado de la eternidad. Y duele.
7. Recupera usted la copla y el «quejío» flamenco, con su raíz gitana, para hablar del duelo en pleno siglo XXI. ¿Qué le da la copla que no le daba la poesía culta para nombrar la pena?
La copla es quejío. Cuando escuchas un palo flamenco, o una canción de alabanza en una iglesia gitana, entiendes los siglos de marginalidad, exclusión e intolerancia. No te dejan igual. Los pelos se te estremecen y ponen de punta.
En mi caso, el poema salió. No puedo decir que hubiese una intencionalidad intelectual a la hora de escogerlo. Simplemente surgió. Mientras lo escribía me decía a mí mismo: Si escucháramos a Dios penar, lo haría en flamenco. Y allí apareció: Dios canta flamenco…
8. ¿Para quién imagina este libro? ¿Quién es el lector que más necesita estas coplas?
Este libro es para todo aquel que tenga el alma rota por una pérdida. No solamente por una muerte. Creo que se aplica a todos los que hemos perdido algo o alguien a lo largo de la vida. Muchas veces tenemos emociones en nuestras vidas a las que no somos capaces de poner palabras, articularlas. Yo creo que este poemario tiene esa rara virtud, de hacer que nos identifiquemos y digamos: esto es lo que siento, y es completamente normal.
Mientras te contesto esta entrevista vuelvo a estar de duelo, una de mis mejores amigas acaba de fallecer tras una larga enfermedad. Oficié su funeral y leí uno de los poemas. Las palabras tienen el poder de consolar cuando son reales. La pérdida no se sana, se atraviesa. A veces necesitamos sentirnos acompañados en el proceso. Espero de todo corazón que este libro lo haga.
9. A alguien que nunca ha leído poesía, que quizá la cree difícil o ajena, ¿qué le diría para que abriera Coplas de rojo y negro?
El reino es para los valientes. Atrévete a dejarte sorprender.
10. El libro termina con la promesa del Apocalipsis: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos». Después de atravesar las siete etapas, ¿qué le queda al lector cuando cierra el libro?
Una cosa es lo que a mí me gustaría que se quedara: Consuelo y Esperanza. Como seguidor de Jesucristo creo que Él ha vencido la muerte. Esta ya no tiene poder sobre nosotros. Ha sido derrotada. Es la garantía de reencuentro para todos los que creen.
Pero que cada persona que lea el libro, sea creyente o no, creo que puede quedarse con el sentimiento de que es comprendido. Que lo que siente es verdadero. Y que no pasa nada si en estos momentos está enfadado y muy lejos de sentirse consolado.
Creo que, más allá de la esperanza, lo que permanecerá en muchos lectores será la sensación de haber encontrado palabras para un dolor que hasta entonces no sabían nombrar.
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