Poema destacado · OPUS MEI, de Lucía Alba Alcántara (Editorial Poesía eres tú, 2026)

Todavía tengo vigente mi antigua alegría.
¡Alegría!
Aquí me tiene mi vientre en femenino alborozo
y reboso asombros que aún desconocía…
Vengo a contarte algo antes de que el cénit despunte:
Me vine al mundo a capturar aromas.
Pero fueron el jazmín y el limonero los que me secuestraron a mí.
Y las casas encaladas, con sus gentes exigentes y contritas, hicieron el resto.
Así soy yo, tan de lo mío;
tan de lo que antaño lloraba Lorca.
Soy del tórrido verano y de sus cigarras augurio.
No obstante, me fui.
Sí, me fui y no volveré.
No es de agradecida mendigar lo que ya es para siempre.
Y aquí me veo,
reviviendo un patio endulzado con dama de noche,
catalizando aquella nostalgia de grandes esperanzas.
Pero, ¡óyeme!,
en medio de este embeleso sé algo que antes desconocía:
en aquella sed de asombro
que, ¡por Dios, es asombrosa!,
en ese presente ciego,
y digo ciego porque solo el asombro ya sobra,
sucedí, me di muerte y reviví.
Cientos de veces y una definitiva.
Ahora el rocío me sacia.
Y, aunque con los tañidos graves del alba
mis patios sean fantasmas y las horquillas no prendan jazmines,
me despierta de mi mentira
el canto tempranero de una reina mora.

Análisis

Pocos poemas de OPUS MEI condensan tan bien el latido entero del libro como ESPERANZA (MI PATIO ANDALUZ), incluido en la Séptima Estación, La gracia. En él, Lucía Alba Alcántara regresa a su sur natal —Dos Hermanas, los patios encalados, el jazmín y el limonero— no para refugiarse en la nostalgia, sino para convertirla en conocimiento. El poema es, a la vez, una declaración de identidad y una poética de la pérdida asumida.

El arranque es una afirmación de júbilo: «Todavía tengo vigente mi antigua alegría.». Esa alegría, que el VERSO SUELTO liminar definía como “disposición del alma”, se encarna aquí en imágenes sensoriales de raíz andaluza. La autora dice haber venido «al mundo a capturar aromas», pero invierte de inmediato la relación de poder con un hallazgo memorable: «Pero fueron el jazmín y el limonero los que me secuestraron a mí.». No es ella quien posee el paraíso; es el paraíso el que la posee. La tierra, en Alba Alcántara, no se tiene: se padece como una forma dulce de cautiverio, coherente con el motivo del encierro que recorre todo el libro.

La estirpe lorquiana se reconoce sin disimulo —«tan de lo que antaño lloraba Lorca.»—, pero sin caer en el tópico andalucista. La autora asume su pertenencia («Así soy yo, tan de lo mío») y, en el mismo gesto, su distancia: «No obstante, me fui. / Sí, me fui y no volveré.». Aquí reside la madurez del poema: la nostalgia no se resuelve en regreso, sino en aceptación. «No es de agradecida mendigar lo que ya es para siempre.», escribe, formulando una ética de la pérdida que atraviesa toda la obra.

El centro espiritual del poema llega con un verso que reaparece, como un emblema, en otros lugares del libro: «sucedí, me di muerte y reviví.». La experiencia del patio andaluz se revela como una pequeña muerte y resurrección, «Cientos de veces y una definitiva». La autora nombra ese estado con un oxímoron deslumbrante —«ese presente ciego»—, ciego porque en él «solo el asombro ya sobra»: el éxtasis ante lo real anula la necesidad de mirar más allá. Es la gracia laica que da nombre a la estación.

El cierre es de una belleza sostenida. Aunque los patios se hayan vuelto fantasmas y «las horquillas no prendan jazmines», algo persiste y despierta a la voz «de mi mentira»: «el canto tempranero de una reina mora.». La figura de la reina mora —eco de la copla y del cancionero popular andaluz— sella el poema con una imagen de raigambre tradicional y, a la vez, de honda originalidad. La nostalgia ha dejado de ser herida para volverse canto. Y en ese canto, como en todo OPUS MEI, el dolor del origen se transfigura en gratitud.

Ana María Olivares