Ficha técnica


Título: OPUS MEI


Autora: Lucía Alba Alcántara


Editorial: Poesía eres tú


Año: 2026


Páginas: 82


ISBN: 979-13-87806-40-8

 

Presentación


Debuta Lucía Alba Alcántara (Dos Hermanas, Sevilla, 1983) con un libro que desmiente la idea de que un primer poemario deba ser un tanteo. OPUS MEI es una obra cerrada y ambiciosa, fruto de casi diez años de escritura que la autora —médica de formación, especializada en Neurología— compiló en el verano de 2025 y organizó como un único poema en diez estaciones. La tesis de esta crítica es sencilla: estamos ante uno de los debuts más sólidos y de personalidad más definida que ha publicado el sello, una poesía de estirpe mística y factura barroca que convierte el sufrimiento en camino de conocimiento.


Ya el título avisa de la ambición del proyecto. Opus mei —”obra mía”, en latín— nombra a la vez la obra literaria y la obra de uno mismo: el poemario es el resultado de un trabajo sobre la propia vida. Bajo el verso de Virgilio que lo encabeza, Omnia vincit Amor (“todo lo vence el amor”), el libro se presenta como una empresa de reconstrucción interior. No es, conviene advertirlo, una poesía de consumo inmediato: pide relectura, premia la paciencia y desconfía de la emoción fácil. Quien acepte sus condiciones encontrará una de las propuestas más coherentes de cuantas ha alumbrado recientemente la joven poesía española.

 

El proyecto poético


El libro se concibe como una procesión de penitencia laica. Diez estaciones —de Cautiverio a un Verbo postrero— trazan un itinerario espiritual que parte del encierro y desemboca en la gratitud, sin que ese final suponga clausura: «pondrá sus pies en pie de vida.», leemos, y la penitente promete seguir «por siempre blandiendo / el cayado de peregrino.» No hay aquí poemas sueltos, sino un edificio. El prologuista, el filólogo Alberto Costa Olid, lo define con acierto como “un único poema sinfónico” cuyas partes se subordinan a un fin común. La autora maneja esa arquitectura con plena conciencia, hasta el punto de construir una estación entera, LIMBO, como un solo poema en diez movimientos cuyos títulos encadenados forman una frase.


El orden del libro no es el del calendario sino el de la transformación: la propia autora data en 2017 los dos poemas que cierran el volumen, prueba de que lo que ordena el conjunto es “el tempo interno” del proceso y no la cronología. Cada estación se abre, además, con un breve pórtico en cursiva que anticipa su tono, de modo que el lector avanza por umbrales sucesivos. Esa concepción del libro como camino —y no como suma— es la primera y mayor virtud de OPUS MEI: convierte una materia íntima, casi una década de poemas, en un relato simbólico con principio, travesía y desembocadura.

 

La voz poética


La voz de OPUS MEI es imperiosa y doliente, capaz de mandarse a sí misma sobrevivir. Habla desde la herida —«Cautiva, / los pies en mis ruinas y el alma a la intemperie»— pero rehúye la autocompasión: el dolor se enuncia para ser atravesado. Es además una voz que se desdobla, materna y profética, dirigiéndose unas veces a una hija y otras a un “vosotros” comunitario: «¿Quién escanciará en vuestra sed, / sino vosotros, / una fuga de vida?». Esa amplitud de registro, del susurro íntimo a la proclama, es uno de los logros del libro.


Lo notable es que esa voz, sin renunciar a la herida, conquista al final una soberanía no exenta de humor grave: «me digo emperatriz / porque ayer acontecí cielo y tierra.». No hay soberbia en la afirmación, sino la dignidad de quien ha pagado el precio de su travesía. Entre el clamor de auxilio del comienzo y la coronación del final se mide exactamente la distancia que recorre el libro.

 

Recursos formales


Tres rasgos definen la factura del libro. El primero, la anáfora-letanía, que estructura poemas enteros como oraciones acumulativas (el “Te deseo…” de AMOR, el «Llorar: ¿para qué?» de MEMORIA DE OBJETOR). El segundo, la densidad léxica: un castellano cultista sembrado de neologismos —«soy convicta de la perturbabilidad»— y de un vocabulario clínico que delata a la médica. El tercero, el oxímoron como forma de pensar: «Invicta soy y herida quedo.». La autora piensa por contrarios, en una lógica de raíz sanjuanista que tensa la paradoja hasta arrancarle sentido.


A esos resortes se suma un manejo notable del contraste de escala. Junto a los grandes poemas-letanía, Alba Alcántara intercala aforismos de filo cortante —«¡no silenciar los inviernos!», «la concordia no merece aplazamiento.»— que actúan como bisagras y dan aire a la densidad del conjunto. Y la imagen, siempre táctil, encarna lo abstracto en materia: el dolor se hace cosa que punza, la esperanza, luz física —«ascuas de luces claras / entre la vida y el olvido»—. Es una poesía escrita desde el cuerpo, en la que pensar y sentir ocurren en el mismo verso.

 

Temas y universo simbólico


El cautiverio y su superación articulan el conjunto; la culpa, secularizada, se enuncia en clave litúrgica vaciada de dogma —«Mea culpa. Mea culpa. Mea culpa. / Reincide.»—; la nostalgia andaluza comparece como paraíso asumido —«Pero fueron el jazmín y el limonero los que me secuestraron a mí.»—; y la maternidad recorre el libro como eje de transformación. Sobre todos ellos se impone, al final, la gratitud: la soledad, el dolor y el devenir se reinterpretan como aprendizaje, hasta concluir que «toda verdad se vive en silencio.»


El hallazgo conceptual del libro es su idea de la libertad. No es fuga ni evasión, sino una nueva relación con el propio encierro: «el cautivo también es / cúpula de su encierro.», escribe la autora en ÍNTIMA LIBERTAD, uno de los poemas clave de la Sexta Estación. Liberarse no es escapar de la celda, sino descubrir que la celda tiene cielo. Esa lección —de raíz a la vez estoica y mística— recorre OPUS MEI de principio a fin y explica por qué su gratitud final no es ingenua: ha sido conquistada desde dentro del dolor, no a su pesar.

 

Poema comentado


Sirva como muestra CREDO, de la Sexta Estación (Aurora), uno de los poemas que mejor cifran la poética del libro:

 

El secreto fue decirme
sin pronunciar lo exacto.
La torpeza calamidad es mi único secreto.
¿Y si el exacto sentido
se revela en su veladura
con la cordura que lo enmudecido
viene a sumar?
¿Dónde espera lo aún más valioso:
aquello que se está por pensar?
¿Dónde mora la sospecha?
Lo informe pesa,
divino recelo.
Y enfrente, un presente:
la fe.
¿Oyes, padre?
Son los acordes de una cítara
que anuncia que es hora de amanecer...


CREDO es un arte poética encubierta. Su “credo” no es religioso, sino una fe en lo no dicho: lo más valioso es «aquello que se está por pensar», lo que se calla y se intuye. La autora formula aquí su confianza en una verdad que se da “en su veladura”, a la manera de la teología negativa: solo se nombra lo esencial rodeándolo de silencio. El poema avanza por preguntas —«¿Dónde mora la sospecha?»— hasta una vuelta luminosa: la cítara que «anuncia que es hora de amanecer…». La aurora, símbolo central del libro, irrumpe como respuesta no conceptual a las preguntas. Que un poema sobre los límites del lenguaje termine en música y luz, y no en definición, resume la apuesta entera de OPUS MEI.


Importa, además, la apelación final —«¿Oyes, padre?»—, que abre el poema a un interlocutor a la vez filial y trascendente, sin que el texto se decida del todo entre el padre humano y el Padre divino. Esa ambigüedad deliberada es muy característica: Alba Alcántara hereda el utillaje de la oración —la confesión, la pregunta a Dios, la espera del amanecer— pero lo deja flotar en una zona aconfesional, donde lo que se busca no es la fe del dogma sino la lucidez de quien acepta no saberlo todo. El poema, así, no resuelve: ilumina. Y en esa renuncia a la respuesta cerrada está, quizá, su mayor honradez.

 

Valoración crítica


OPUS MEI es un debut de rara madurez. Exige al lector —su densidad no se entrega a la primera— pero recompensa la relectura con hallazgos constantes. Frente al intimismo plano que domina buena parte de la poesía actual, Alba Alcántara arriesga con el idioma, construye una arquitectura simbólica de principio a fin y se atreve con una tradición altísima sin quedar aplastada por ella. No es un libro perfecto: la altísima tensión verbal pide, a veces, una pausa que el lector agradecería. Pero es, sin duda, el comienzo de una voz con mundo propio. Pocas veces un primer libro promete tanto y cumple ya tanto.

 

Ana María Olivares