«Magdalena»: la mujer y la sierpe

Mujer, sálvate y vuela,
que solo por ello,
pudo cambiar el mundo.
Mujer de alas manchadas
y de vuelo taciturno.
Mujer a la que amó un dios,
mujer apedreada entre el tumulto
de infieles.
Acosada por las sombras
de tormentas y tempestades,
el miedo hizo hueco
en tu corazón herido.
Salvar a tu criatura de las fauces de la bestia
que se escondía en la gruta
donde te atravesó aquel frío.
Mujer, un dios te guarda porque le amaste.
Y, te eligió, entre todas, por tus pasos perdidos.
Los brazos de la bestia no rozarán tus alas,
destruidas por la vida, apedreadas por el mundo.
La sierpe da un paso atrás
y el silencio se apodera
del vacío de la gruta
sin dañar tu fruto.
La tormenta ha terminado.
Sal a tierra firme,
sal a las calles empedradas
que se arrodillan a tu paso.
Las ruinas de San Miguel
te miran desde su pasado.
Mientras, del raudal brota
agua limpia y clara:
el pueblo mató a la bestia
cuando el sol se despertaba.
Raudal de la Malena,
sangre en las fauces,
ruinas de un templo
y un convento que calla,
escondiendo en sus adentros
las catacumbas romanas.
Mujer a la que amó un dios,
mujer a la que un dios salvó,
a la que eligió, entre todas,
por sus alas manchadas.

Dentro de la arquitectura de Las huellas de la Sierpe, «Magdalena» ocupa una posición estratégica: es el tercer poema del libro y el único que, ya en las primeras páginas, abandona el marco formal de la décima y el soneto para entregarse al verso libre. Ese cambio de registro no es casual. Solís del Río necesita aquí una forma más porosa, capaz de recoger la acumulación anafórica del discurso oral —«Mujer, sálvate», «Mujer de alas manchadas», «Mujer a la que amó un dios», «Mujer apedreada»— sin que la medida fija la contenga.

El poema trabaja en dos planos simultáneos. En el primero, histórico y topográfico, la Magdalena es el barrio jaenés junto al raudal donde, según la leyenda, habitó la sierpe. En el segundo, bíblico y simbólico, Magdalena es la figura del Evangelio: la mujer apedreada, la amada de un dios, la elegida «entre todas» por sus «pasos perdidos». Solís del Río no separa estos dos planos sino que los hace converger: el mismo espacio físico —la gruta, el raudal, las calles empedradas— es a la vez el escenario de la leyenda local y el territorio de la experiencia femenina del martirio y la salvación.

La sierpe funciona aquí de manera opuesta a como lo hace en el resto del poemario. Si en «Leyenda» es una amenaza que hay que destruir, en «Magdalena» retrocede voluntariamente: «La sierpe da un paso atrás / y el silencio se apodera / del vacío de la gruta / sin dañar tu fruto». Esa imagen del silencio apoderándose del vacío —doble negativo que termina en protección— es uno de los hallazgos más precisos del libro. La bestia no huye: se detiene. Y en esa detención hay una forma de reconocimiento que ningún combate podría producir.

El poema concluye con un doble cierre. El primero es colectivo y épico: «el pueblo mató a la bestia / cuando el sol se despertaba». El segundo es íntimo y reiterativo: la anáfora final —«Mujer a la que amó un dios, / mujer a la que un dios salvó»— vuelve al origen del poema pero con un verbo que ha cambiado: ya no «amó» sino «salvó». El amor fue el principio; la salvación, el resultado. Y el rasgo que eligió al personaje —«sus alas manchadas»— sigue siendo exactamente el mismo que en la apertura: la herida no desaparece, pero ya no impide el vuelo.

Crítica realizada por Ana María Olivares