El poema de la zanfona

Zanfona inagotable,
tu tono es como un órgano vital
que llevo sobre el pecho
de ciego y anticuado criminal,
de cuando ella me amaba,
de aquel Renacimiento musical,
Edad de la Belleza,
de Italia y la lujuria teatral;
te taño y te disfruto
a solas en mi buharda, fabulosa,
sonamos para nada,
¿mi melodía es dulce o es viciosa?,
no sé, pero una lágrima
confusa cae; ella fue desdeñosa,
te tengo que contar,
amiga mía, noble y harmoniosa.

José Carlos Turrado de la Fuente
Restauración de la Belleza (Ediciones Rilke, 2026)

La música que nadie escucha: sobre el poema 133

Hay un hombre solo en una buharda. Tiene entre las manos una zanfona —ese instrumento medieval de cuerdas que se tañe girando una manivela, que los ciegos medievales llevaban colgado del cuello por las plazas de feria— y la hace sonar para nadie, o quizás precisamente para ella, esa ausente que ya no lo escucha y que el poema convoca sin nombrar. Este es el poema más honesto y más hondo de Restauración de la Belleza, el que da sentido retroactivo a los 143 que lo preceden.

Lo primero que golpea es la elección del instrumento. La zanfona no es la lira de Orfeo ni la guitarra flamenca del poeta romántico: es el instrumento de los proscritos, de los mendigos medievales, de quienes cantaban a las puertas de las iglesias sin que nadie se detuviera demasiado. Turrado la llama “inagotable”, y en esa palabra única está todo: la zanfona no se cansa, sigue sonando aunque no haya público, aunque el que la tañe sea un “ciego y anticuado criminal”. Ese oxímoron —criminal, él, por aferrarse a una Edad de la Belleza que el mundo declaró extinta— es la autocondena más lúcida del libro.

El poema tiene la estructura de la octava con rima alternada, pero fluye con la naturalidad de una confesión nocturna. Cada verso es un giro más de la manivela: música que se hace y se deshace en el mismo instante, “sonamos para nada”. Ese “sonamos” es el pronombre más revelador del poema entero: el poeta y su instrumento son una sola criatura, un ser compuesto de madera y dedos, de melodía y soledad.

Y entonces llega la pregunta: “¿mi melodía es dulce o es viciosa?”. No lo sabe. Lleva 143 poemas defendiendo la belleza con la ferocidad de quien sabe que perderá, y en este instante no sabe si lo que produce es hermoso o corrupto. Es el momento de vacilación más honesto del libro, y es también el instante en que una lágrima —”confusa”, dice, no sabe ella misma por qué cae— desmonta toda la armadura barroca que el poemario ha construido.

La zanfona resulta ser, al final, el símbolo perfecto de este poemario: música perfecta tocada en soledad absoluta, para una ausente que fue desdeñosa, en una buharda que es al mismo tiempo refugio y prisión. Turrado no restaura la belleza porque el mundo se lo pida ni porque vaya a ganar: la restaura porque no puede hacer otra cosa. Porque la zanfona, una vez que la tienes entre las manos, no se puede dejar de tañer.