El brillo de los cristales rotos, de José Castellà Blanch:
cuando la memoria no conserva sino destruye
Título: El brillo de los cristales rotos
Autor: José Castellà Blanch
Editorial: Editorial Poesía eres tú
Año: 2026
ISBN: 979-13-87806-38-5

Presentación

José Castellà Blanch (Tortosa, 1947) llegó a la poesía tarde y con la determinación de quien llega a algo que siempre le perteneció. Tras décadas dedicadas a la consultoría de empresas y una vida enraizada en Alicante desde 1966, la jubilación le devolvió el tiempo necesario para la escritura. Desde 2019, cuando publicó Donde la soledad alcanza, ha construido una obra coherente y en crecimiento: cinco poemarios en siete años que dan cuenta de una voz que sabe lo que quiere decir y ha encontrado cómo decirlo.

El brillo de los cristales rotos (2026) es su entrega más ambiciosa y más conseguida. La tesis que la articula es desconcertante y precisa: la memoria no conserva, destruye. Este postulado invierte la tradición elegíaca española —donde la memoria es refugio, Manrique, Machado, Valente— y propone en su lugar un paisaje poético de añicos y destellos: lo que se rompe puede seguir brillando, pero brillará siempre desde la desesperanza.

Análisis del proyecto poético

El poemario se organiza en cuatro bloques que funcionan como cámaras comunicantes: Tiempo y memoria, El cuerpo y el deseo, La calle y las voces, Orto y ocaso. No es una división cronológica sino orquestal: los mismos temas reaparecen en cada sección con una temperatura emocional y un enfoque diferente. El tiempo, que en la primera sección es abstracción filosófica, en la segunda se encarna en el cuerpo y el deseo, en la tercera se proyecta sobre la historia colectiva y en la cuarta alcanza el umbral de la extinción.

«El futuro engendra el presente y lo alimenta. / Un ciclo de sueños que nunca se acaban. / El presente es etéreo, / ligero e invisible como las brisas, / como la arena encerrada en su clepsidra.»

Esta imagen de la clepsidra —el reloj de arena— aparece en la primera sección y siembra un campo semántico que se irá desplegando a lo largo del libro: relojes que pierden sus saetas, calendarios que se deshacen, meses y años que caen como hojas. El tiempo en Castellà Blanch no fluye: cae.

La voz poética

La voz es uno de los activos más valiosos del libro. Está construida sobre una paradoja: es al mismo tiempo fría y emocionalmente precisa. No hay autocompasión, no hay drama lírico. La emoción está contenida, reprimida casi, y eso la hace tanto más poderosa cuando aflora.

«Nada que contar, / nada que decir, / nada que hacer. / Vivir como árbol / anclado en la tierra y reseco / donde los pájaros ya no anidan en sus ramas.»

La economía de este fragmento de “Trescientas sesenta y cinco páginas” es ejemplar. Tres sintagmas paralelos que dicen el vacío con precisión casi clínica, seguidos de una imagen que lo naturaliza y lo amplía: el árbol reseco, los pájaros que ya no anidan. La voz no comenta ni explica: muestra y se retira.

Recursos formales

El verso libre es la forma dominante, pero no el verso libre de quien no sabe hacer otra cosa: hay un control del ritmo interno, de los encabalgamientos y de la distribución espacial que demuestra oficio. La anáfora es el recurso estructural más recurrente y el más eficaz.

«Cuando vuelvan los días que jamás vivimos… / Cuando en la noche el recuerdo regrese… / Cuando los días diluyan la sed de los deseos…»

Esta iteración de “cuando” en “Aquel tiempo no vivido” no es mero ornamento: construye la experiencia de la memoria como proceso circular, como la manecilla de un reloj que vuelve al mismo punto. La sinestesia es el otro recurso central: “suspiros en sepias y negros”, “palabras secas que brotan del humedal de tu boca”. Las sensaciones se trasvasan de un registro a otro con la naturalidad de quien no separa cuerpo e inteligencia.

«La arena cubierta de tamariscos / escuchaba el zureo del viento / al besar sus ramas, / como pájaros en celo.»

La imagen sensorial tiene aquí una densidad notable: la arena que escucha, el viento que canta y besa, los pájaros como referencia del deseo. Todo converge en una percepción sinestésica del paisaje mediterráneo que es también una percepción del cuerpo.

Temas y universo simbólico

El universo simbólico del libro se construye sobre cuatro ejes: el cristal (la memoria fragmentada), el agua (el tiempo que fluye y el cuerpo que se disuelve), la luz (lo que queda y lo que ciega) y los cuerpos (el deseo, la pérdida, la infancia). Estos cuatro elementos se combinan y recombinán a lo largo del libro como las notas de un acorde.

«El tiempo olvidó al tiempo. / Tell sobre tell. / Piedras, cenizas, cuerpos / sobre los que avistar horizontes viejos.»

La imagen del tell en “Tan silencioso el pasado” es la más original del libro. El término arqueológico para el montículo formado por civilizaciones superpuestas se aplica al tiempo interior: la memoria como excavación estratigráfica donde lo más antiguo queda más enterrado. Esta originalidad léxica y conceptual es una de las marcas de fábrica de una voz que no teme el término exacto, aunque sea un término inhabitual.

«Nos robaron todo / y ese todo era nada, porque nada teníamos. / Solo un corazón pequeño de niños / perdidos en aquella estación de tren.»

El poema “Papalaguinda quedaba lejos” introduce la dimensión social y autobiográfica con una crudeza que contrasta con el lirismo más abstracto del resto del libro. Los colegios de huérfanos de ferroviarios, la infancia entre el Torío y el Bernesga, la frase “Reos sin culpa” como definición generacional: aquí el yo lírico abre el singular al plural de una generación a la que se le negó la infancia.

Poema comentado: “El brillo de los cristales rotos”

El brillo de los cristales rotos

son historias olvidadas,

fragmentos de sueños perdidos

y susurros de lo que fue.

Añicos,

destellos,

risas, sonrisas y llantos,

ecos de pasos lejanos

atrapados en el tiempo.

Juega la luz con sus cuerpos

pintando fugaces sombras chinescas

en mosaicos de memoria

que nunca pueden callar.

Fragilidad y belleza,

recordatorio constante

que también lo roto brilla

desde la desesperanza.

El poema final es la síntesis del libro. Su organización en cuatro estrofas de extensión creciente responde a una lógica: primero la nomenclatura (el brillo de los cristales rotos son historias, fragmentos, susurros), luego el inventario (añicos, destellos, risas, llantos: la lista de lo que se rompe), luego el proceso (la luz que juega con los añicos, que pinta sombras chinescas en la memoria), y finalmente la formulación (fragilidad y belleza: también lo roto brilla).

La expresión “sombras chinescas” es uno de los aciertos léxicos del libro: las sombras chinescas son imágenes formadas por la luz que pasa a través de la mano, proyectando sobre la pared figuras reconocibles. La memoria funciona igual: los añicos del tiempo, iluminados desde dentro, proyectan sobre el presente figuras que reconocemos como las nuestras. El poema cierra el libro con una declaración de poética que no necesita más palabras.

Valoración crítica

El brillo de los cristales rotos es un libro que cumple con la primera obligación de la poesía: existir con necesidad, no por voluntad de ser poeta sino porque la experiencia exige ser nombrada con exactitud o no ser nombrada. Castellà Blanch ha encontrado en sus cinco libros una voz que es ya inconfundible: mediterránea en el paisaje, estoica en la temperatura, lúcida en la mirada, exacta en el léxico.

El libro no inventa ni transgrede: hace algo más difícil y más valioso, que es profundizar. Hay en él una sinceridad formal que en el panorama de la poesía española actual —tan frecuentemente inclinada hacia la exhibición de la destreza o hacia la confesión directa— resulta refrescante. El autor sabe que la poesía es conocimiento, y este libro lo demuestra verso a verso.

Para los lectores de la revista Poesía eres tú, es una lectura necesaria: no porque sea fácil, sino porque es honesta. Y en poesía, la honestidad —la temperatura justa, la imagen precisa, el verso que no miente— es la virtud más rara y más valiosa.

Crítica realizada por Ana María Olivares