80 latidos por minuto
0 puntos de estrés
603 metros sobre el nivel del mar
viernes, el 8 de agosto de 2025
Santiago de Chile, las 0652 horas
amanecerá a las 0728
atardecerá a las 1808
tus respiraciones atraviesan
mi cuello y la espalda
olas de un mar tranquilo
rayos de sol de atardecer
no amanece aún
no quiero que atardezca
Hay libros que dicen «te quiero» con metáforas de fuego o de mar, y hay libros que lo dicen con coordenadas exactas. «El mosaico del duende», primer poemario de Igor Wilk, pertenece a la segunda estirpe: un libro que trata lo cotidiano como revelación y que, llegado el momento del amor, no busca la imagen grandilocuente sino el dato preciso. Wilk, matemático de formación además de poeta, construye «80 latidos por minuto» como quien levanta un acta: cero puntos de estrés, seiscientos tres metros sobre el nivel del mar, la fecha exacta, viernes 8 de agosto de 2025, la ciudad, Santiago de Chile, la hora precisa, las 06:52, y hasta el horario previsto de la salida y la puesta de sol. Todo verificable, todo real, un lenguaje que pertenece más al informe meteorológico o al reloj deportivo que a la tradición lírica del poema de amor. Y sin embargo nada de esa precisión explica el poema hasta que llega el cuerpo: «tus respiraciones atraviesan, mi cuello y la espalda», el verso donde el dato cede por fin el paso a la piel.
El poema abre «Latidos», la tercera de las cuatro partes del libro, la que desplaza el eje del humor doméstico de las primeras páginas hacia el deseo y el pulso, y su título funciona como declaración de método para toda la sección: el corazón, medido, contado, cronometrado. La fuerza del poema está precisamente en la tensión entre dos lenguajes que rara vez conviven en un mismo texto: el del informe astronómico, con sus horas exactas de amanecer y de atardecer, y el de la declaración amorosa más elemental, la de quien no quiere que termine el día porque terminar el día es, también, terminar el abrazo. Las olas de un mar tranquilo y los rayos de sol de atardecer que atraviesan el cuerpo del poema son la única metáfora que Wilk se permite en un texto casi enteramente construido con sustantivos medibles, y su economía, dos imágenes, no más, demuestra que el poeta sabe exactamente cuándo dejar de contar y empezar a sentir.
El cierre, «no amanece aún, no quiero que atardezca», suspende el poema entre los dos límites del tiempo que el propio texto se ha empeñado en hacer explícitos verso a verso, como si el amor pudiera, por un instante, detener el reloj. Es un poema breve, doce versos, pero de una densidad simbólica poco común en el resto del libro: la más rigurosa aplicación del método de Wilk, la dignificación de lo mínimo y lo medible, puesta esta vez al servicio no de un objeto doméstico sino del propio cuerpo amado. Una muestra breve de un libro que vale la pena leer completo, hasta su página final.
Crítica realizada por Ana María Olivares