ENTREVISTA A RAÚL GIMENO

Con motivo de la publicación de Don de la invocación (Ediciones Rilke, 2026)

 

 

Raúl Gimeno (Cerdanyola del Vallès, 1981) es filósofo, investigador y poeta. Don de la invocación, su primer poemario en solitario, ocupa el número 76 de la Colección Poesía de Ediciones Rilke. Es un libro que lleva años gestándose y se nota: cada decisión formal parece pensada dos veces antes de quedarse.

 

 

  1. El libro se abre con una distinción que funciona casi como manifiesto: «Cuando el poeta nombraba / no señalaba ni describía, invocaba». Es una frase que deja poco margen a la ambigüedad — no estamos ante metáfora decorativa sino ante una toma de posición sobre para qué sirve la poesía. ¿Desde cuándo llevas pensando en esa diferencia entre nombrar y señalar? ¿Hubo un momento concreto en que sentiste que necesitabas un libro entero para explorarla?

 

Antes de responder, quisiera hacer una aclaración. Filósofo puede entenderse en un sentido muy amplio como el que ama la sabiduría. En un sentido más restringido se utiliza para esos autores que tienen una formación académica concreta. Pero aún hay un tercer sentido, que es el que yo suelo usar. Filósofo es sinónimo de sabio o erudito. Se me presenta como filósofo, pero no lo soy. Entiendo que se hace pensando en la segunda acepción.

Yo creo que la poesía, desde sus inicios, ha tenido una función mágico-religiosa. Esta originaria relación con el entorno y el lenguaje se ha ido perdiendo con la desacralización de la sociedad. La palabra creadora nunca ha sido meramente descriptiva. Hay comunicación en la palabra poética, claro, pues es la de la tribu y no un lenguaje privado. Pero ante todo es un modo de conocer una realidad que no puede ser verbalizada. La poesía que a mí me interesa es la que comparte el mismo problema que la mística y un tipo de filosofía: ¿cómo tensionar el lenguaje para aproximarnos a una realidad que no puede ser aprehendida lingüísticamente? En un poema dice Antonio Machado que el alma del poeta se orienta hacia el misterio. Si el poeta habla de un árbol, no está hablando del concepto árbol sino de una realidad concreta. Los conceptos son útiles para ordenar el mundo según esquemas universales. Pero al poeta no le interesan las abstracciones sino la heterogeneidad del ser, la singularidad cambiante. El místico necesita decir más de lo que puede decir para hablar de su experiencia. El filósofo que quiere conocer una realidad de otro orden ha de evitar usar las categorías tradicionales. Entiendo la invocación como apertura de un espacio para la aparición de una realidad misteriosa. No la podemos señalar porque no es la apariencia que percibimos. Tratar de atraparla en el nombre o en la definición es una tentativa condenada al fracaso porque no se deja. Solo queda explorar los límites del lenguaje, decir sin decir. Los versos que señalas funcionan como programa poético. No quiero describir, sino hacer aparecer. La invocación es una llamada. Esta manera de entender la palabra poética ha estado desde los orígenes. El poema funcionaba como ritual. A través de la palabra y el ritmo se actualizaba un tiempo arquetípico. Octavio Paz o Mircea Eliade han reflexionado sobre ello.

 

 

  1. La contraportada dice que Don de la invocación es fruto de «un lento proceso de depuración de la voz poética». Eso implica que hubo versiones anteriores, poemas descartados, quizá incluso un libro diferente que nunca llegó a ser. ¿Qué fue lo que, en algún momento del proceso, te hizo saber que el libro ya estaba listo? ¿Qué es lo último que entra en un poemario y qué es lo primero que sale cuando uno se pone a depurar?

 

Empecé hace una década a trabajar en un poemario que no acababa de funcionar porque no tenía una voz propia, personal. Todo me sonaba a impostado o a ejercicio de formación. Quizás en el inicio estaba demasiado influenciado por la poesía de la experiencia. Poco a poco he ido depurando la voz, eliminando el prosaísmo innecesario, buscando la precisión y la economía. Decir lo justo, aprender a desarrollar el oído y callar. Sobre todo, callar. Aprendí del poeta José Corredor-Matheos la importancia del silencio, su significación. Frecuentarle ha sido fundamental. Su amistad ha sido una bendición y a él va dedicado mi primer poemario.

Yo creo que un autor no se lee a sí mismo, sino que se revisa. Cada vez que me leo modifico cosas. Algo así le pasaba al poeta Luis Rosales. Descarto poemas, añado otros, busco cambios en la estructura o juego con el encabalgamiento para sostener una tensión, etc. En muy pocos poemas tengo la sensación de que ha quedado redondo y que nada puede añadirse o quitarse. La primera versión de Don de la invocación contenía una mayor densidad filosófica. Considero que la principal labor del autor, y la más difícil, es educar al censor que lleva dentro. Es decir, tener los elementos de juicio necesarios para acertar a la hora de decidir qué funciona y qué no. Y esto lo da, sobre todo, la experiencia y saber escuchar.

 

 

  1. La segunda sección funciona de una manera que no es habitual en la poesía española reciente: hay un poema en la página y una glosa filosófica en el margen, entre paréntesis, que no explica el poema sino que habita a su lado — (Il y a), (El mar), (Pulsión de fusión y pulsión de extinción). En ningún momento las dos voces se fusionan ni se explican mutuamente. ¿Cómo llegaste a esa estructura? ¿La glosa nació antes que el fragmento, después, o fueron siempre paralelas?

 

El texto en el margen recorre el poemario y su función es completar, enriquecer y abrir el abanico hermenéutico. Funciona como una segunda voz. El riesgo evidente de usar esta estructura dual es que la lectura del poema puede verse alterada. El poema es la unidad mínima de significación y requiere la lectura del tirón para que la música resuene en el oído interior. Pero la información del margen también es poema, palabra creadora. Creo que esta estructura dialógica funciona mejor con la relectura, cuando el lector ya no se asombra y puede integrar ambos textos en la lectura con cierta naturalidad. En cuanto a los títulos al final y entre paréntesis, solo están en una parte. En esta sección el lector descubre el poema sin la mediación de un título que dirija la interpretación. El sujeto poético que habla en esta sección está redescubriendo el mundo. El lector puede acompañarle en su asombro por las cosas cotidianas más fácilmente con esta fórmula. Un poema siempre plantea una serie de problemas y es oficio del poeta encontrar la mejor solución. No sé si he acertado pero el criterio no es experimental sino experiencial. Más que experimentos tipográficos, lo que me interesa es la experiencia del poema. Algunas glosas nacieron a la vez que el fragmento, pero lo habitual es que se añadan después. Esta estructura está en una novela que me fascina: Un viaje de invierno de Juan Benet. En cuanto a la omisión de títulos o aparición al final es algo que está en Corredor-Matheos o en el último poemario de José Ángel Valente. En poesía lo importante no es innovar, sino encontrar la mejor forma para decir aquello que quieres decir. A veces esto requiere explorar nuevas vías o adaptar las conocidas.

 

 

  1. El libro cierra con algo que ningún lector espera después de setenta páginas de poesía: un diálogo dramático entre tres personajes — Poeta, Filósofo y Místico — que hablan en prosa y acaban diciéndolo todo al unísono: «¡Pongámonos a la escucha!». Es una decisión que rompe el código del libro justo en el momento en que más se le podría pedir que cerrara con elegancia lírica. ¿Qué te llevó a ese final? ¿Hubo lectores o editores que te sugirieran quitarlo?

 

Sentía que era el mejor cierre para este libro. En primer lugar, se trata de un diálogo y todo poema, por muy singular que sea la voz, dialoga con una tradición. La voz del poeta es, en realidad, polifónica. Es una cuestión de tonos y acentos lo que la diferencia. Las propias palabras usadas son heredadas y cargadas de significación. Por eso el poeta a menudo se ve ante la necesidad de crear un nuevo lenguaje o de retorcer su significado para liberarse de las palabras de otros. El sentido del diálogo dramático final es que desde distintas vías se llega a una verdad última. Esta verdad no es otra que ponerse a la escucha. Que es como reconocer nuestra limitación. Hemos de callar el ruido, despojarnos de nuestro ego, origen de tantos males. Es una actitud receptiva pero no pasiva. Hay que saberse vaciar. Las citas que principian el poemario pertenecen a un poeta, un místico y una filósofa-poeta. No solo quedaba bien cerrado el itinerario que recorre la voz poética, sino que dejaba en el lector un mensaje esencial de necesidad de la alteridad. Para llegar al lugar que desea el sujeto poético, lugar que no es un espacio físico sino espiritual, naturalmente, es necesario abrirse al Otro o a los otros. Este diálogo dramático es poesía. Quiero decir que la poesía no se reduce a palabra versificada y el lector reconocerá cierta musicalidad si afina el oído. Entiendo que puede causar cierto extrañamiento cerrar así, pero creo que funciona bien y que no es forzado. Tampoco creo que causar cierta incomodidad en el lector sea necesariamente negativo. Comparto con Jaime Gil de Biedma el juicio de que en poesía todo está permitido salvo el mal poema. No recuerdo que nadie me sugiriera quitarlo.

 

 

  1. Los tres epígrafes del libro forman una especie de tríptico: Molinos con la mística del vaciamiento, Ángel Crespo con el silencio que rodea cada palabra, Chantal Maillard con el misterio como zona de ambigüedad constitutiva. No parecen elegidos por prestigio sino porque los tres están diciendo, desde ángulos distintos, exactamente lo mismo que el libro va a intentar demostrar. ¿Llegaste a esos tres epígrafes al inicio del proyecto, cuando el libro ya estaba escrito, o fue un proceso de reconocimiento gradual de tus propias fuentes?

 

El poemario se va configurando y reconfigurando a medida que crece. Los epígrafes también. Los tres epígrafes funcionan como anclajes de lo que está tratando de decir el sujeto poético. La nada, el silencio y el misterio son intentos de verbalizar algo inefable. El místico, el filósofo y el poeta, como se ha dicho, comparten el problema de los límites del lenguaje.

 

 

  1. Tu investigación académica se centra en las relaciones entre literatura y filosofía en la Generación del 50, y la dedicatoria del libro es para Pepe Corredor-Matheos, el poeta de esa generación más directamente asociado a la poesía del silencio y la contemplación. ¿En qué punto la investigación y la escritura del poemario se alimentan mutuamente y en qué punto se obstaculizan? ¿Hay algo que el académico que estudia el 50 le ha impedido hacer al poeta que escribe en 2026?

 

Decía T.S. Eliot algo así como que cuando un poeta habla de otro en realidad está hablando de sí mismo. La investigación y la creación se retroalimentan. Rilke apuntaba que la obra de arte nace de una infinita soledad y que la crítica no suele alcanzarla. Esto es así porque parten de juegos del lenguaje distintos. Pero hay un tipo de crítico o investigador que sí puede vencer su rigidez de pensamiento y alcanzar el lenguaje poético. Me refiero al crítico-creador. Siempre me ha sorprendido que un buen número de los mejores críticos literarios son poetas pero que, en cambio, los críticos de formación suelen fracasar como hacedores de versos. La crítica literaria, a diferencia de la crítica de arte o la crítica de cine, por ejemplo, se sirve de la misma materia que su objeto de estudio. Esto quiere decir que puede homogeneizarse con la literatura si no renuncia a la creatividad. Se puede ser investigador, crítico y creador sin desdoblar la personalidad ni renunciar al rigor.

 

 

  1. Hay dos poemas en el libro que anclan la meditación filosófica en experiencia muy concreta: «Duermevela», dedicado a tu padre in memoriam, y «La espera», que espera el nacimiento de alguien. En ambos la voz baja la densidad conceptual y se vuelve directa, casi vulnerable: «te siento tan hondo que nada podrá ya separarnos». En un libro que desconfía del lenguaje confesional, ¿cómo decidiste hasta dónde dejar entrar esa dimensión personal? ¿Tuviste que negociar entre el pudor y la honestidad?

 

La primera creación del poeta es la voz que habla. Es siempre un personaje, una máscara. En los poemas de contenido biográfico puede darse coincidencia entre el sujeto que habla y el autor, pero no creo que la biografía tenga mucho interés si no es asumible como propia por el lector. La experiencia de la falta de un ser muy querido es una experiencia conocida por cualquier hijo de vecino. En el caso de «Duermevela», era algo que necesitaba hacer. En este poema se da una superación de la distancia en el gesto. Llevaba años intentando encontrar el tono y las palabras adecuadas. No es frecuente en mí que un poema salga casi hecho del tirón. Ocurrió en una cafetería, mientras leía. Dejé la lectura, que nada tenía que ver, y me puse a escribirlo. Al día siguiente lo pulí. Poca cosa. No suelo poner fechas, pero al acabarlo la puse y me di cuenta de que el poema había salido, como al dictado y después de muchos años, en una fecha señalada. No quiero decir que sea algo mágico. Seguramente llevaba, de forma inconsciente, pensando en que se cumplía el sexto aniversario del fallecimiento de mi padre. Salió así, con esa facilidad que sorprende en el momento. Es un poema honesto, pero más allá del valor sentimental que pueda tener para mí, lo importante es que funcione. Escribirlo era una necesidad, pero publicarlo no. No lo hago por exhibicionismo sino por un criterio poético. Tal vez me equivoque, pero creo que está bien hecho. El poema, en el momento en que está acabado ya no pertenece al autor. Tiene cierta autonomía que le permite mantenerse vivo en cada lector. En otro contexto me daría pudor. Pero una cosa es lo que significa para mí y otra la verdad del poema y su valor estético. En el caso de «La espera» lo que me interesaba era explorar esa experiencia del tiempo que se da en el ínterin entre lo que ha sido y lo que aún no es. El tema de la paternidad lo trato explícitamente en «(Días setembrinos)».

 

 

  1. El libro tiene una tensión de registro que resulta llamativa: en la misma página pueden aparecer «Chrónos-Kairós-Aión» y «bocas sucias de palabras», la referencia a Levinas y el «creedme» casi coloquial. Da la sensación de que el lenguaje filosófico y el habla cotidiana son para ti dos formas igualmente válidas de acceder a lo mismo. ¿Es esa mezcla instintiva o la trabajas conscientemente? ¿Hay un punto en el que el vocabulario filosófico empieza a mentir?

 

La palabra poética debe ser viva y precisa. El lenguaje filosófico busca la precisión, pero cae en la abstracción. Acaba creando un distanciamiento entre el que conoce y la cosa conocida. Fíjate que la referencia a Levinas es, precisamente, para señalar el fracaso. El sujeto que habla en el poema se da cuenta de que el concepto filosófico no le sirve para hablar de la realidad concreta que le interesa. De ahí que rompa el folio y sonría. A su vez, la palabra cotidiana está cargada de vida, pero es imprecisa. El poeta necesita algo más adecuado para su canto. En esa tensión entre la palabra filosófica y el habla cotidiana intento encontrar lo que busco. Es importante habitar el entre, lo fronterizo.

 

 

  1. En el panorama poético español actual conviven dos modelos muy distintos: una poesía de alta difusión en redes, accesible e inmediata, que a menudo promete consuelo o autoconocimiento; y una poesía de mayor densidad formal que circula por canales más estrechos. Don de la invocación no hace concesiones al primer modelo — no hay versos diseñados para funcionar solos fuera de contexto, no hay resolución emocional fácil. ¿Esa posición es una apuesta consciente o es simplemente que escribes lo que necesitas escribir sin pensar en dónde va a circular?

 

No todo lo que se presenta en verso es poesía, y no toda poesía se presenta en verso. En la generación de los 50 se dio un debate muy interesante acerca de si debía primar el conocimiento o la comunicación. La poesía es conocimiento y comunicación, pero yo estoy con los que ponen el acento en la función cognoscitiva. Un tipo de poesía que se centra en la comunicación de un mensaje, ya sea ideológico o sentimental, me interesa menos. Creo que la mayoría de los libros de poemas que se publican hoy no son poesía. Si el objetivo es conseguir difusión y llegar a muchos se corre el riesgo de hacer un producto de poca calidad y fácil consumo. Yo no busco expresar sentimientos, sino indagar, conocer, aproximarme a una realidad que permanece velada. Esto no significa necesariamente hermetismo. A veces se puede señalar un pensamiento complejo con sencillez. Es el caso del poema «Seamos», uno de mis favoritos.

 

 

  1. Hay un verso casi al final del libro que me parece de los más rotundos: «Siendo nada en la Nada, / todo lo somos». Si tuvieras que describir qué quieres que le quede al lector de Don de la invocación —no qué entienda, sino qué le quede— ¿qué sería? ¿Y qué estás escribiendo ahora, si es que estás escribiendo algo?

 

Lo importante no es el autor ni su experiencia subjetiva, sino la experiencia del poema en el momento de la lectura. Como lector, valoro que un texto abra mi horizonte de comprensión, que se produzca un enriquecimiento. Esto sucede especialmente cuando hay algo en esa experiencia que es nuevo pero familiar. Cuando lo hago mío porque siento que estaba ahí esperando encontrar las palabras adecuadas. En definitiva, que algo dentro de mí que no tenía contornos se encarne en la palabra de otro, de tal manera que sienta que esas mismas palabras son también mías. Me gustaría que al lector le quedara la sensación de que algunos poemas le pertenecen, que son suyos. Ahora mismo quiero tener más presencia en revistas con artículos literarios. Es algo que me apetece.

 

Gracias por tu tiempo, Raúl. Que el libro encuentre a sus lectores.