Dolor

Sé que me elegiste para que con mi dolor
transmitiese a los demás amor y compasión
El dolor es ya para mí, la savia que alimenta mi corazón
Ríos de lágrimas de tristeza fluyeron durante años por mi interior
Tanto dolor, físico y emocional que me llevaron
al más allá, y que me hicieron temblar
Entonces sentí la paz y sabiduría de tu ser
que guiaron mi camino
Recorrí senderos con altos precipicios
donde tu luz me guio y acompañó sin conocer el destino
Tú sabes bien qué es el dolor y me enseñaste que
hace grande el corazón
Caminos de espinas, noches frías y oscuras
que contigo de azul se ilumina

Ángel Jesús Martín González, Existencial

 

LA SAVIA QUE ALIMENTA

Hay versos que no se escriben con tinta sino con sangre que ha aprendido a circular distinto. Este poema es uno de esos. No es metáfora lo que aquí late: es biografía transformada en sustancia orgánica, dolor que dejó de ser enemigo para convertirse en materia que nutre, que alimenta, que vuelve grande lo que la vida empequeñeció. Veinticinco años lleva Ángel Jesús Martín González conviviendo con ese huésped no invitado que es el dolor crónico, y en estos trece versos no lo maldice, no lo expulsa, no lo niega. Lo acepta como quien acepta la lluvia que riega el árbol: necesaria, inevitable, transformadora.

El poema abre con declaración que podría parecer religiosa pero es más antigua que cualquier religión: la certeza de que el sufrimiento tiene propósito, de que no es accidente sino elección, de que alguien o algo te señaló para cargar ese peso porque solo tú podías transformarlo en otra cosa. “Sé que me elegiste para que con mi dolor / transmitiese a los demás amor y compasión” — no hay autocompasión aquí, no hay reclamo. Hay aceptación de una misión que nadie quiere pero que alguien debe cumplir. Y el poeta la cumple sin rebelión, sin amargura, con la serenidad de quien ha comprendido que resistirse al dolor solo lo multiplica.

Luego viene el verso central, el que condensa todo el poemario, el que funciona como bisagra entre sufrimiento y transformación: “El dolor es ya para mí, la savia que alimenta mi corazón”. La savia no es hermosa. Es viscosa, pegajosa, circula oculta bajo la corteza. Nadie celebra la savia pero sin ella el árbol muere. Martín González elige esta imagen orgánica, vegetal, porque el dolor que describe no es abstracto sino corporal, biológico, sustancia que circula por venas igual que la savia circula por el tronco. No dice “el dolor me enseña” ni “el dolor me fortalece” — metáforas gastadas que prometen redención fácil. Dice “alimenta”, verbo que replica proceso natural, involuntario, necesario. El corazón se alimenta de dolor como el árbol se alimenta de savia. No es elección: es condición de supervivencia.

Y entonces el poema se vuelve geográfico. “Ríos de lágrimas de tristeza fluyeron durante años por mi interior” — las lágrimas no caen: fluyen, erosionan, transforman el paisaje interno en hidrografía del sufrimiento. Ríos, no gotas. Durante años, no momentos. Por el interior, no por fuera. Este llanto no es espectáculo para que otros compadezcan: es fenómeno geológico privado que modifica la topografía del alma. Los ríos crean valles, abren cauces, fertilizan tierras. Las lágrimas de Martín González han hecho lo mismo: han excavado espacios donde antes no los había, han creado caminos nuevos por donde ahora puede circular la compasión hacia otros.

“Tanto dolor, físico y emocional que me llevaron / al más allá, y que me hicieron temblar” — aquí no hay eufemismo. El dolor llevó al poeta al umbral, a ese lugar donde cuerpo y mente ya no pueden sostenerse. Lo hizo temblar. El verbo es exacto: temblar es perder control, es que el cuerpo se revele contra la voluntad. Y en ese temblor, en esa frontera donde casi todo termina, sucede algo inesperado: “Entonces sentí la paz y sabiduría de tu ser / que guiaron mi camino”. La paz no llega antes del sufrimiento extremo sino en medio de él, cuando ya no quedan fuerzas para resistir. Es la paz de quien se rinde, de quien acepta que el dolor no se vence sino que se acompaña.

Los senderos con altos precipicios no son metáfora del peligro sino descripción literal de cómo se camina cuando el cuerpo duele: cada paso es riesgo, cada movimiento podría ser el que te arroje al vacío. “Donde tu luz me guio y acompañó sin conocer el destino” — no hay certeza, no hay mapa. Solo luz que ilumina el siguiente paso, no el camino completo. Es la humildad de quien ha aprendido que la vida no se planifica cuando el dolor dicta el ritmo.

Y el poema cierra con revelación que es enseñanza: “Tú sabes bien qué es el dolor y me enseñaste que / hace grande el corazón”. Hace grande, no hace sufrir. El dolor no empequeñece: expande. Abre espacios donde antes había estrechez. Vuelve el corazón capaz de contener sufrimiento ajeno porque conoce el propio. Esta grandeza no es heroica ni épica: es simplemente capacidad aumentada de compasión. Los últimos versos pintan el territorio transitado: “Caminos de espinas, noches frías y oscuras / que contigo de azul se ilumina”. El azul es color de esperanza, de cielo, de agua que purifica. No borra las espinas ni calienta las noches frías, pero las ilumina. Las vuelve visibles, transitables, soportables.

Este poema no consuela porque no miente. No promete que el dolor desaparecerá ni que al final habrá recompensa. Promete solo transformación: de veneno a savia, de destrucción a alimento, de estrechez a grandeza. Y esa promesa es más valiosa que cualquier consuelo barato porque viene de quien lleva veinticinco años verificándola en carne propia, de quien ha aprendido a caminar despacio por senderos con precipicios sin perder la paz, de quien puede decir sin mentir que el dolor alimenta su corazón y seguir respirando, escribiendo, transmitiendo amor y compasión a quienes caminan territorios similares.