MONEDA DEL SENTIR
Autor: César Tomé
Ediciones Rilke, 2026, 86 páginas, 34 poemas
TÍTULO Y AUTOR
Moneda del sentir, el nuevo poemario de César Tomé (Lerma, Burgos, 1956), marca el regreso de una voz poética tras dieciséis años de silencio editorial. Publicado por Ediciones Rilke en 2026, este libro de 86 páginas reúne 34 poemas estructurados en tres secciones que replican físicamente la arquitectura de una moneda: Anverso, Canto o parte olvidada, y Reverso.
Tomé no es poeta primerizo. Su trayectoria arranca en 1983 con Bajo este techo claro y se extiende a través de títulos como Lunas dolientes (1985), La otra oscuridad (1991), Temperatura (2006) y Piedras en los bolsillos de Dios (2009). Miembro fundador del colectivo literario TELIRA (2001-2016) y participante en el jurado del premio “Villa de Aranda”, Tomé trae a este libro la exigencia de quien conoce la tradición poética española desde dentro. Su extensa participación en antologías como 50 Poetas Contemporáneos de Castilla y León (2011) y su reconocimiento internacional —su poema visual fue reproducido por la academia RAABE de Stuttgart en 2014— sitúan a este autor en la generación de poetas que consolidan su obra lejos de modas pasajeras. El dato biográfico más relevante: vuelve a publicar porque, según sus propias palabras, “no acepta la creación poética sin la lectura ajena”. Este poemario no nace del capricho, sino de la necesidad.
RESUMEN CONCEPTUAL
Moneda del sentir no documenta un ciclo amoroso específico ni narra una historia lineal. Es, antes que nada, una arquitectura conceptual: el libro entero funciona como despliegue de la metáfora de la moneda aplicada al sentimiento. El Anverso (un poema en prosa) establece el manifiesto inicial: “posicionarse siempre a favor de los cuerpos / que, sin fruto prohibido, se contemplan”. El Canto —la sección central con 32 poemas numerados— explora el grosor olvidado de esa moneda: las contradicciones, dudas, afirmaciones y combates del deseo maduro. El Reverso cierra con síntesis provisional que integra la experiencia acumulada sin resolver definitivamente.
El universo emocional que recorre el libro es el de la reivindicación del deseo como postura existencial. No hay idealismo romántico ni cinismo posmoderno: hay afirmación combativa de un sujeto que se niega a renunciar al encuentro auténtico pese al tiempo, la soledad y el desencanto. El trayecto que traza va de la declaración pública (Anverso) a la exploración interna (Canto) hasta la síntesis que vuelve al principio pero transformada (Reverso). Los temas centrales incluyen la autenticidad versus simulación, la corporeidad como territorio de verdad, y el tiempo como adversario que no anula la posibilidad del deseo. Cada uno de los 32 poemas numerados funciona como variación sobre el mismo asunto: ¿cómo sostener la intensidad del sentir cuando todo empuja hacia la rutina y el fingimiento?
ANÁLISIS DE ELEMENTOS POÉTICOS
Arquitectura del poemario
La estructura de Moneda del sentir replica físicamente su concepto central. Las tres secciones no son divisiones arbitrarias: son las tres partes materiales de una moneda real. El Anverso funciona como cara visible inicial, el primer contacto que establece las reglas del juego. El Canto —término técnico para el grosor de la moneda— contiene el peso real: 32 poemas numerados donde el deseo se explora sin concesiones. El Reverso es la cara que solo se ve cuando se da vuelta la moneda: la síntesis que cierra pero no resuelve, porque una moneda siempre tiene dos caras que coexisten.
La progresión temática se estructura en cinco fases claramente diferenciadas. La fase inicial (Anverso + Poemas 1-5) establece tono combativo mediante imperativos y negaciones: “frustremos los conflictos / que inculcan lo que ocurre en los cuartos huraños” (Poema 1). La segunda fase (Poemas 6-11) introduce obstáculos sin abandonar la combatividad: “La muerte nos deshoja, la oscuridad nos culpa” (Poema 7). La tercera (Poemas 12-18) profundiza en el deseo con mayor sensualidad: “No me quedo conforme: demos postre a la suerte” (Poema 16). La cuarta fase (Poemas 19-25) confronta lo real con escepticismo lúcido: “Me desvivo por ser el dueño de mi historia” (Poema 22). La quinta y final (Poemas 26-32 + Reverso) reafirma el deseo pero teñido de experiencia: “No permito la venda que ejerce de mentora” (Poema 32).
Los poemas-bisagra incluyen el Poema 7, donde aparece por primera vez la muerte como adversario explícito; el Poema 15, punto máximo de intensidad del deseo (“Mira que lo deseo con vigor de montaña”); y el Poema 32, que cierra la sección central con afirmación rotunda antes del Reverso final. La decisión estructural más arriesgada es la numeración arábiga sin títulos individuales: obliga a lectura lineal y subraya que cada poema es escalón de un mismo recorrido, no texto autónomo.
Análisis métrico-formal
Tomé trabaja fundamentalmente con verso libre de base endecasilábica, forma dominante en los 32 poemas de Canto o parte olvidada. Los versos oscilan entre 9 y 14 sílabas, privilegiando fluidez sintáctica sobre regularidad métrica. El resultado es un ritmo que no se percibe como medido pero evita la prosa. Ejemplo del Poema 1: “Nada tiene de lento, sí de rumbo que incita; / y el grosor de su honra, una llamada fiable, / repleta de matices, limpia de tos y motes”. El primer verso tiene 13 sílabas, el segundo 14, el tercero 13. La cadencia se logra mediante pausas sintácticas estratégicas, no por isometría.
La prosa poética aparece únicamente en Anverso y Reverso, los dos textos-marco. El Anverso abre con un infinitivo sustantivado en mayúsculas —”POSICIONARSE pronto, qué solución creíble”— que impone tono de manifiesto. La sintaxis es acumulativa con estructura anafórica implícita: “Es la nueva exclusiva y apetece gustar; / Es imperante como el plan del cielo, / Es la ufana discordia con cualquiera que huya”. La repetición del verbo copulativo genera efecto de listado programático, como si el poeta enumerara los atributos del deseo auténtico.
La relación entre forma elegida y contenido expresado es estratégica. El verso libre permite que el lenguaje denso —lleno de sustantivos abstractos, metáforas compuestas, giros sintácticos complejos— no se perciba como artificioso. Si estos poemas estuvieran en sonetos o en silva, la tensión entre forma clásica y dicción barroca contemporánea resultaría insostenible. Tomé demuestra dominio técnico al construir un sistema formal coherente con su propuesta poética: cuando el poeta necesita intensidad, contrae: “¡Fuera!, roca cortante, o señuelo, o prisión” (Poema 7, 8 sílabas). Cuando necesita expansión, dilata: “enganchada a tus citas de mujer o de musa” (Poema 1, 12 sílabas).
Estilo y lenguaje
El registro lingüístico de Tomé es deliberadamente híbrido: oscila entre culto y coloquial generando una voz poética que es simultáneamente refinada y accesible. Del registro culto emplea términos como “máculas” (“Nos enojan las máculas, las efigies de niebla”, Poema 1), “inmarcesible” (“¿Bienvenido el talante del reto inmarcesible?”, Poema 5), “omnipresente” (“ante el omnipresente y absoluto / reloj de las esquinas”, Poema 4). Del registro coloquial recupera expresiones como “vuelva-usted-mañana” (“violemos los dominios de un vuelva-usted-mañana“, Poema 1), “bum de la mañana” (“Del bum de la mañana, una imagen de peso”, Poema 16) y “demos postre a la suerte” (Poema 16).
El campo semántico dominante es triple: corporal (cuerpo, piel, dedos, manos, órganos, labios, ojos), sensorial (luz, oscuridad, llama, agua, fuego, brillo) e intercambio/circulación (moneda, pago, valor, acopio). Este vocabulario atraviesa todo el libro sin desaparecer, generando coherencia léxica que refuerza la unidad conceptual. Los recursos retóricos principales incluyen metáforas sensoriales que materializan emociones abstractas (“mis dedos como lápices de llama sin horario”, Poema 32), anáforas combativas (“Es… Es… Es…” en Anverso; “Que… Que… Que…” en Poema 7), y enumeraciones acumulativas (“Diferencias, manías, cumplimientos, donaires / y pasiones, en juego”, Poema 18).
El tono predominante es reflexivo-combativo: Tomé no se lamenta ni se regodea, se afirma. La voz poética mantiene distancia crítica sin caer en cinismo: “Oh posibilidad de otra impulsión, / me enfado con mi porte, de inventiva barroca” (Poema 29) muestra autocrítica sin romper el tono general. Lo que hace reconocible e inconfundible la voz de Tomé es la combinación de densidad conceptual con urgencia emocional: cada verso acumula capas de sentido mediante metáforas compuestas y sintaxis compleja que replica el modo en que una conciencia madura reflexiona: con rodeos, matices y autocorrecciones.
Universo simbólico
Los espacios líricos que habita este poemario son fundamentalmente tres: el cuerpo como territorio de verdad (“posicionarse siempre a favor de los cuerpos / que, sin fruto prohibido, se contemplan”, Anverso), el tiempo como escenario de combate (“La muerte nos deshoja, la oscuridad nos culpa”, Poema 7), y el encuentro como posibilidad amenazada (“¿Quién al lado de quién? ¿O dónde el rostro / fuera de los espejos?”, Poema 13).
Los símbolos recurrentes incluyen el agua como modelo de conducta fluida (“En el agua de todas las crecidas refléjate: / táctica sugerente, partitura impulsiva”, Poema 7), el fuego/llama como deseo corporal (“mis dedos como lápices de llama sin horario”, Poema 32), la luz como claridad frente al engaño (“la materia negruzca / que se vierte deprisa sobre la claridad”, Poema 32), y naturalmente la moneda como estructura del sentimiento con dos caras y un grosor olvidado. Las imágenes centrales que vertebran el libro son corporales: manos, dedos, piel, labios, ojos aparecen fragmentados subrayando que el cuerpo es experiencia concreta, no abstracción.
INTERPRETACIÓN Y JUICIO CRÍTICO
Interpretación fundamentada
El simbolismo central de Moneda del sentir opera en tres niveles simultáneos. En el nivel léxico, el campo semántico del intercambio atraviesa todo el libro: “O la forma de pago de quien desea” (contraportada), “un tal acopio exento de insipidez y añicos” (Poema 1), “ese azul de ventura que se cuelga del cuello” (Poema 2, como moneda-amuleto). En el nivel conceptual, la moneda permite traducir la complejidad del deseo en imagen material precisa: el Anverso es lo que se muestra primero (la afirmación pública), el Canto es la parte que nadie mira pero contiene el peso real (las contradicciones internas), el Reverso es la cara que solo se ve al dar vuelta (la síntesis que cierra sin resolver). En el nivel estructural, el libro obliga al lector a recorrer físicamente la metáfora: entras por el Anverso, atraviesas el Canto, sales por el Reverso.
La tesis poética subyacente es que el sentimiento tiene valor de cambio y debe ponerse en circulación pese al riesgo de desgaste. La coherencia interna es absoluta: cada decisión formal responde al concepto central. La numeración arábiga de los 32 poemas sin títulos individuales refuerza la sensación de sistema, no de antología. El índice aparece al final, no al inicio, subrayando que el libro debe leerse como unidad. Los dos textos en prosa (Anverso y Reverso) están diferenciados formalmente de los 32 poemas en verso libre para marcar jerarquía: hay un discurso principal y dos textos que lo enmarcan.
Evaluación técnica
La originalidad de Moneda del sentir reside en su apuesta por la coherencia arquitectónica en un panorama poético español saturado de confesionalismo fragmentario. Donde la poesía de redes sociales apuesta por la inmediatez emocional sin mediación formal, y la poesía académica se refugia en el hermetismo, Tomé construye un espacio intermedio: poesía de madurez reflexiva que no renuncia a la complejidad formal ni a la intensidad emocional. Lo que diferencia este libro de la saturación confesional es la distancia crítica: “temo y en cambio olvido, dudo y en cambio soy” (Poema 3) muestra un sujeto que se observa desde fuera sin caer en el victimismo.
El dominio formal se evidencia en la construcción de un verso libre que gravita en torno al endecasílabo sin someterse a él. La irregularidad métrica no es descuido: es estrategia para que el lenguaje denso fluya sin artificio. La ejecución es impecable: cada verso tiene peso rítmico propio aunque no respete medida fija. En “Nada tiene de lento, sí de rumbo que incita; / y el grosor de su honra, una llamada fiable, / repleta de matices, limpia de tos y motes” (Poema 1), las pausas sintácticas generan cadencia que el oído percibe como ritmo aunque la métrica sea irregular.
El impacto emocional es profundo pero no inmediato. El libro no genera identificación en primera lectura: exige trabajo del lector por la densidad sintáctica. Sin embargo, una vez superada la barrera de entrada, la conexión es intensa porque Tomé no ofrece consuelo fácil sino compañía reflexiva. La contribución al género es notable: actualiza la tradición de la poesía de la experiencia (línea García Montero-Marzal) mediante una dicción más compleja que evita la claridad inmediata sin caer en el hermetismo académico. Abre camino para una poesía que dialogue con tradiciones sin imitarlas, que sea emocionalmente intensa sin ser confesional desnuda.
Fortalezas técnicas y apuestas arriesgadas
Primera fortaleza técnica: La metáfora arquitectónica sostenida en tres niveles (léxico, conceptual, estructural) es excepcional en poesía contemporánea. Esta coherencia formal coloca Moneda del sentir en diálogo con la gran tradición de libros-objeto de la poesía española (como Espacio de Juan Ramón Jiménez o La realidad y el deseo de Cernuda), donde la estructura replica conceptualmente el contenido. La moneda no es tema del libro: es el libro mismo.
Segunda fortaleza técnica: Las metáforas sensoriales que materializan emociones abstractas en experiencias físicas verificables mediante los cinco sentidos. Cuando Tomé escribe “mis dedos como lápices de llama sin horario, / mi mano como iris dormido entre las suyas” (Poema 32), no describe el deseo: lo encarna en tacto, temperatura, luz. Esta estrategia de anclar lo abstracto en lo corporal genera poesía que el lector reconoce en su propio cuerpo, no solo en su mente.
Tercera fortaleza técnica: La oscilación controlada entre registro culto y coloquial que genera voz híbrida. El uso de términos como “máculas” o “inmarcesible” junto a expresiones como “bum de la mañana” o “demos postre a la suerte” construye una dicción que es simultáneamente refinada y accesible, erudita sin exhibicionismo.
Primera apuesta arriesgada: La insistencia temática. Los 32 poemas de Canto o parte olvidada giran sobre el mismo asunto: la tensión entre deseo y obstáculo. Esta decisión es coherente con el concepto: para explorar las múltiples facetas de un mismo sentimiento (como las múltiples caras virtuales de una moneda que gira), el libro debe volver obsesivamente sobre el mismo tema desde ángulos distintos. Los lectores que valoran profundización sobre variedad, que entienden la poesía como meditación sostenida y no como entretenimiento cambiante, apreciarán esta decisión que privilegia densidad sobre dispersión.
Segunda apuesta arriesgada: La densidad sintáctica y complejidad metafórica que exige concentración y relectura. Esta decisión es coherente con el público objetivo: Moneda del sentir no busca seducir al lector casual de poesía, sino establecer diálogo con lectores que conocen la tradición poética española y buscan propuestas formales sólidas. Es poesía para quienes la poesía de García Montero les resulta demasiado transparente y la poesía hermética académica demasiado opaca. Define un público específico: lectores maduros que valoran el trabajo intelectual que el texto exige como parte del placer estético.
TÉCNICAS INNOVADORAS PARA LECTOR CONTEMPORÁNEO
Moneda del sentir actualiza formas tradicionales con contenido y sensibilidad contemporáneos. La metáfora de la moneda —objeto cotidiano que manejamos diariamente— conecta con la experiencia material del capitalismo tardío donde todo se mide en valor de cambio. Aplicar esta lógica económica al sentimiento es gesto crítico: Tomé no idealiza el amor, lo sitúa en un mundo donde hasta las emociones circulan como mercancías. “O la forma de pago de quien desea” (contraportada) es verso que un lector del siglo XXI entiende inmediatamente: el deseo se negocia, se intercambia, se desgasta con el uso.
La referencia al “metaverso” en el Poema 26 (“defender —desde el bus al metaverso— / lo que la paz cosecha con flores insurgentes”) sitúa el libro en 2026 sin estridencias. Tomé no fuerza la contemporaneidad mediante acumulación de referencias tecnológicas: integra lo digital como parte natural del paisaje donde ocurre el deseo. La mención a “la Red” en el Poema 31 (“Ay, cuánta irrelevancia pulula por la Red”) establece distancia crítica con la saturación informativa contemporánea sin caer en nostalgias antimodernas.
El libro conecta con experiencias generacionales específicas: la de quienes vivieron el amor pre-digital y deben negociar el deseo en tiempos de “amor líquido” (Bauman). La insistencia en el cuerpo físico —”posicionarse siempre a favor de los cuerpos / que, sin fruto prohibido, se contemplan”— es resistencia frente a la virtualización de las relaciones. Tomé escribe desde la experiencia de quien conoció el encuentro sin mediación tecnológica y reivindica su vigencia pese a todo.
El equilibrio entre accesibilidad y sofisticación formal se logra mediante la estructura tripartita clara (Anverso-Canto-Reverso) que orienta al lector, combinada con complejidad sintáctica que exige trabajo interpretativo. El libro no es hermético: las imágenes son comprensibles en primera lectura. Pero tampoco es transparente: la densidad metafórica requiere relectura. Este equilibrio lo hace relevante para un lector contemporáneo que rechaza tanto el populismo poético de Instagram como la opacidad académica.
Respecto a circuitos de difusión, Moneda del sentir se posiciona conscientemente en el circuito editorial independiente especializado (Ediciones Rilke), lejos tanto del mainstream de grandes editoriales como del circuito académico universitario. Es apuesta por la “edición de autor” que reivindica el control creativo completo y el diálogo con lectores específicos, no con el mercado masivo. Esta posición es coherente con el contenido: un libro que reivindica autenticidad sobre simulación no puede circular en canales donde prima el éxito comercial sobre la coherencia artística.
CONTEXTO HISTÓRICO Y CULTURAL
Contexto generacional
César Tomé (Lerma, Burgos, 1956) pertenece a la generación que alcanzó la madurez poética durante la Transición española y consolidó su voz en los años 80-90, época de auge de la poesía de la experiencia y debate entre culturalismo y realismo. Es coetáneo de poetas como Luis García Montero (1958), Carlos Marzal (1961) o Felipe Benítez Reyes (1960), aunque su trayectoria ha sido más discreta y alejada de los focos mediáticos. Su silencio editorial de dieciséis años —entre su última publicación significativa y este Moneda del sentir— no es excepcional en su generación: muchos poetas de los 50-60 publican con cuentagotas, privilegiando maduración sobre productividad.
El libro refleja experiencias específicas de esta cohorte: la vivencia del amor y el deseo sin mediación digital, la llegada a la edad madura con plena conciencia de la finitud (“La muerte nos deshoja, la oscuridad nos culpa”, Poema 7), y la necesidad de reivindicar la intensidad emocional en un mundo que privilegia la ironía distante. Cuando Tomé escribe “Me desvivo por ser el dueño de mi historia” (Poema 22), habla desde la experiencia de quien vivió la transformación de España de dictadura a democracia, de sociedad rural a urbana, de valores tradicionales a posmodernidad líquida. Es voz de resistencia: frente al cinismo generacional de los nacidos en los 60-70, Tomé reivindica la posibilidad del deseo auténtico sin ingenuidad.
Contexto poético actual
El panorama poético español de 2026 se caracteriza por la convivencia —no siempre pacífica— de múltiples corrientes: la poesía de la experiencia heredera de García Montero, que mantiene hegemonía en suplementos culturales; el confesionalismo de redes sociales encarnado por Elvira Sastre, Defreds o Marwan, con inmediatez emocional y rechazo a complejidad formal; la poesía experimental y neobarroca de autores como Óscar García Sierra o Berta García Faet, que privilegia extrañamiento lingüístico; y la poesía política y de compromiso representada por poetas como Sara Torres o Erika Martínez.
Moneda del sentir se sitúa en una zona intermedia difícil de clasificar. No es poesía de la experiencia clásica —su dicción es demasiado densa, su sintaxis demasiado compleja— pero dialoga con esa tradición en el tono reflexivo y la negativa al hermetismo. No es confesionalismo de redes —exige demasiado trabajo del lector, rechaza la inmediatez emocional— pero comparte la centralidad del deseo y el cuerpo. No es neobarroco experimental —mantiene coherencia semántica, evita el extrañamiento puro— pero usa metáforas compuestas y sintaxis retorcida que recuerdan esa corriente. Es intervención en el panorama actual porque propone una síntesis: poesía emocionalmente intensa (como el confesionalismo) pero formalmente sofisticada (como el experimentalismo), reflexiva (como la poesía de la experiencia) pero sin renunciar a complejidad (como el neobarroco).
COMPARACIÓN CON POETAS DEL SIGLO XX
Vicente Aleixandre (Generación del 27)
La conexión con Aleixandre no es casual: Tomé lo cita en el epígrafe del libro (“Vivir, pensar. Sentir es diferente”). Comparten el tratamiento sensorial del deseo y la acumulación metafórica como estrategia expresiva. Donde Aleixandre escribía en La destrucción o el amor (1935): “Sí, te quiero como a la tierra sin el hielo”, construyendo metáforas cósmicas que diluyen lo individual en lo elemental, Tomé escribe “mis dedos como lápices de llama sin horario, / mi mano como iris dormido entre las suyas” (Poema 32), construyendo metáforas que mantienen el anclaje corporal concreto. Similitud: ambos usan la metáfora como herramienta de precisión emocional, no como ornamento. Diferencia clave: Aleixandre tiende a la disolución del yo en el cosmos; Tomé mantiene la identidad del sujeto deseante. Aleixandre es poeta de la fusión; Tomé, de la afirmación del yo frente al otro y al mundo.
Luis Cernuda (Generación del 27)
Cernuda es referente inevitable para cualquier poeta español que documente el deseo insatisfecho. En La realidad y el deseo (1936-1963), Cernuda escribía: “No decía palabras, / Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante”. Tomé comparte con Cernuda la documentación del deseo sin eufemismos y la conciencia de la imposibilidad del encuentro ideal. Similitud técnica: ambos construyen una dicción que es simultáneamente culta y emocional, evitando tanto el prosaísmo como el preciosismo. Diferencia clave: Cernuda mantiene distancia elegíaca, tono de melancolía por lo que no fue; Tomé es combativo, rechaza la melancolía: “No permito la venda que ejerce de mentora” (Poema 32). Donde Cernuda acepta la derrota con dignidad, Tomé se niega a rendirse. Es diferencia temperamental que marca distancia histórica: Cernuda escribe desde la represión franquista del deseo homosexual; Tomé, desde la libertad formal pero el desencanto postideológico.
Ángel González (poesía social años 50-60)
González representa la poesía de la lucidez sin ilusiones, especialmente en libros como Áspero mundo (1956) o Sin esperanza, con convencimiento (1961). Comparte con Tomé el tono reflexivo, la negativa al sentimentalismo y la conciencia del tiempo como adversario. Cuando González escribe “Para que yo me llame Ángel González, / para que mi ser pese sobre el suelo”, está construyendo —como Tomé— una poética de la afirmación existencial en mundo hostil. Similitud: ambos rechazan la autocompasión y construyen voz que es simultáneamente vulnerable y combativa. Diferencia clave: González escribe desde el contexto político específico del franquismo; su lucidez es resistencia política. Tomé escribe desde el desencanto postideológico donde no hay enemigo claro contra quien resistir. La combatividad de González es social; la de Tomé, existencial.
Jaime Gil de Biedma (Generación del 50)
Gil de Biedma es figura puente entre la poesía social y la poesía de la experiencia. En poemas como “No volveré a ser joven” o “Intento formular mi experiencia de la guerra”, construye una poética de la experiencia personal que anticipa la línea García Montero. Tomé dialoga con esta tradición en el tono conversacional y la reflexión sobre el tiempo y el deseo. Similitud técnica: ambos usan el verso libre con ecos del endecasílabo clásico, generando ritmo sin someterse a métrica fija. Diferencia clave: Gil de Biedma privilegia la claridad narrativa y la anécdota concreta; Tomé, la densidad metafórica y la abstracción materializada. Gil de Biedma narra una noche concreta; Tomé medita sobre la estructura del deseo. Es diferencia de estrategia: donde Gil de Biedma usa lo concreto para sugerir lo universal, Tomé usa lo abstracto para evocar lo corporal.
COMPARACIÓN CON POESÍA CONTEMPORÁNEA
Luis García Montero
García Montero es el referente inevitable de la poesía que reflexiona sobre el amor en España desde los años 80. Libros como Habitaciones separadas (1994) o Completamente viernes (1998) establecen el canon de la poesía de la experiencia amorosa: claridad narrativa, tono conversacional, reflexión sobre la cotidianidad del amor. Similitud: ambos construyen una poética del deseo que rechaza el idealismo y asume la fragilidad. Ambos sitúan el amor en la cotidianidad. Diferencia clave: García Montero apuesta por la claridad inmediata y el lenguaje transparente; Tomé construye dicción opaca que exige relectura. Donde García Montero escribe “Quiero una casa abierta al mar y a la memoria” con sintaxis directa, Tomé escribe “Del bum de la mañana, una imagen de peso, / un guiño que planea coincidencias, apoyos” (Poema 16) con sintaxis retorcida. García Montero seduce por accesibilidad; Tomé, por densidad.
Carlos Marzal
Marzal, especialmente en El corazón perplejo (2005) o Fuera de mí (2013), comparte con Tomé la reflexión sobre el fracaso amoroso y la desilusión desde la madurez. Similitud: ambos asumen la imposibilidad del amor ideal sin caer en cinismo. Ambos escriben desde la lucidez dolorosa. Diferencia clave: Marzal usa la ironía como distancia emocional; Tomé, la afirmación como resistencia. Marzal escribe desde la derrota aceptada (“Ya no creo en el amor, pero aún me sorprende”); Tomé, desde la insistencia: “Me desvivo por ser el dueño de mi historia” (Poema 22). Es diferencia de temperamento: Marzal es escéptico elegante; Tomé, inconformista combativo.
Andrés Trapiello
Trapiello construye en libros como Acaso una verdad (2014) o Rama desnuda (2016) una poesía del detalle cotidiano con dicción cuidada y tono intimista. Similitud: ambos evitan el exhibicionismo formal y apuestan por poesía reflexiva sin estridencias. Ambos privilegian maduración sobre productividad (publican con cuentagotas). Diferencia clave: Trapiello tiende a la miniatura, al haiku expandido, la contención formal; Tomé, a la acumulación barroca, el desbordamiento controlado. Trapiello trabaja por sustracción (menos es más); Tomé, por adición (la complejidad no se simplifica, se habita). Trapiello es poeta del instante capturado; Tomé, de la meditación sostenida.
OPINIÓN PERSONAL FUNDAMENTADA
Valoración global
Moneda del sentir es libro excepcional en el panorama poético español contemporáneo por su apuesta radical por la coherencia formal. En un contexto donde proliferan los poemarios fragmentarios —colecciones de textos unidos por vago aire de familia pero sin arquitectura clara—, Tomé construye un sistema donde cada decisión (desde el título hasta la colocación del índice al final) responde al concepto central. Esta coherencia arquitectónica no es limitación: es libertad. Sabiendo exactamente qué construye (una moneda poética con tres caras), Tomé puede desplegar toda la complejidad metafórica y sintáctica sin que el lector se pierda. La estructura contiene la complejidad.
La experiencia de lectura es exigente pero gratificante. Los primeros poemas funcionan como barrera de entrada: la densidad sintáctica puede desanimar. Pero quienes superen esa barrera descubren un libro que se abre en capas sucesivas con cada relectura. La primera lectura capta el movimiento emocional general (afirmación → exploración → síntesis). La segunda lectura permite apreciar la arquitectura metafórica (cómo cada símbolo —agua, fuego, luz, moneda— se despliega sistemáticamente). La tercera lectura descubre los ecos internos, las variaciones sobre versos anteriores, la conversación que el libro mantiene consigo mismo. Es poesía que premia la atención sostenida.
La cualidad más destacable es la voz única que Tomé construye: ni confesional desnuda ni académica hermética, sino reflexiva intensa. Cuando escribe “temo y en cambio olvido, dudo y en cambio soy” (Poema 3), está exhibiendo el proceso mental mismo de quien piensa mientras siente, de quien no puede separar reflexión de emoción. Es voz de madurez que no renuncia a la intensidad: “Mira que lo deseo con vigor de montaña” (Poema 15). La combinación de lucidez crítica (“me enfado con mi porte, de inventiva barroca”, Poema 29) con urgencia emocional (“Me desvivo por ser el dueño de mi historia”, Poema 22) genera tensión productiva que sostiene todo el libro.
Recomendación segmentada
A lectores habituales de poesía española contemporánea que conocen y aprecian a García Montero, Marzal o Trapiello pero buscan mayor complejidad formal sin perder intensidad emocional. Moneda del sentir es paso lógico siguiente para quien la poesía de la experiencia clásica le resulta excesivamente transparente. Es libro que exige lo que esos lectores están dispuestos a dar: concentración, relectura, trabajo interpretativo como parte del placer estético.
A estudiantes y profesores de literatura que buscan ejemplos contemporáneos de libros-objeto donde la estructura sea indisociable del contenido. Moneda del sentir es caso de estudio ideal para analizar cómo una metáfora central puede desplegarse en tres niveles (léxico, conceptual, estructural) generando coherencia absoluta. Es material pedagógico valioso para entender que la forma no es recipiente del contenido sino parte constitutiva del significado.
A lectores maduros (40+ años) que vivieron el amor pre-digital y buscan poesía que documente el deseo desde la experiencia acumulada sin caer en nostalgia ni en resignación. Tomé habla desde y para la generación que alcanzó la madurez en democracia, vivió la transformación de España, conoció el mundo analógico y debe negociar el presente digital. Es poesía que no idealiza la juventud ni se lamenta por lo perdido: reivindica la posibilidad del deseo intenso en la edad madura.
A editores y críticos literarios interesados en propuestas formales sólidas que actualicen tradiciones sin imitarlas. Moneda del sentir demuestra que es posible dialogar con la Generación del 27 (Aleixandre, Cernuda) y con la poesía de la experiencia (García Montero, Marzal) sin sonar a epígono de ninguna de esas corrientes. Es ejemplo de cómo la tradición puede ser herramienta viva, no museo.
El perfil al que este libro ofrece su propuesta más valiosa es el lector que valora lucidez crítica sobre consuelo emocional, pensamiento además de sentimiento, profundización sobre variedad. No es libro para quien busca catarsis rápida o identificación inmediata. Es libro para quien entiende la poesía como meditación sostenida, como trabajo intelectual y emocional conjunto, como experiencia que se despliega en el tiempo mediante relecturas sucesivas.
CONCLUSIÓN
La aportación principal de Moneda del sentir al género es la demostración de que la coherencia arquitectónica no está reñida con la intensidad emocional. Tomé construye un sistema formal riguroso (metáfora de la moneda desplegada en tres niveles) que no aprisiona el contenido sino que lo libera: sabiendo exactamente qué estructura sostiene el libro, el poeta puede desplegar toda la complejidad sintáctica y metafórica sin que el lector se pierda. Es lección valiosa en un panorama poético español donde abundan los libros fragmentarios sin hilo conductor claro.
La posición de César Tomé en el panorama poético actual es la de poeta puente: conecta la tradición de la poesía de la experiencia de los 80-90 con las preocupaciones formales del presente sin sonar anacrónico. No es poeta de moda ni lo pretende. Es voz marginal en el mejor sentido: opera desde circuitos editoriales independientes, publica con cuentagotas (dieciséis años de silencio antes de este libro), privilegia coherencia artística sobre éxito comercial. Esta posición marginal es fortaleza: le permite arriesgar sin presión de mercado.
La valoración final, fundamentada en los múltiples niveles de análisis desarrollados, es que Moneda del sentir representa una de las propuestas más sólidas de la poesía española contemporánea para lectores que buscan compañía reflexiva sin renunciar a la emoción intensa. No es libro perfecto —la barrera de entrada es alta, la densidad sintáctica puede desanimar—, pero estas características no son defectos sino rasgos definitorios que atraerán precisamente al público para quien está escrito: lectores maduros que valoran el trabajo que el texto exige como parte del placer estético.
Moneda del sentir es libro que se lee con lápiz en mano, subrayando, volviendo atrás, conectando ecos internos. Es libro que mejora con cada relectura porque cada capa descubierta revela otra más profunda. Es, en definitiva, poesía que respeta la inteligencia del lector sin sacrificar la emoción, que piensa densamente sin perder el anclaje corporal, que reivindica el deseo maduro sin ingenuidad ni cinismo. En palabras del propio Tomé que sintetizan todo el libro: “Me desvivo por ser el dueño de mi historia” —esa obstinación combativa frente al tiempo, el desencanto y la simulación es lo que hace que este libro no sea uno más sobre el amor maduro, sino una intervención necesaria en el panorama poético español actual.
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