En la sección Poema del mes de la Revista Poesía eres tú rescatamos «El abismo ausente», quinto poema de Cuando falta la ansiedad (Editorial Poesía eres tú, 2026), primer libro de Daisel Lozada Fernández, un volumen de treinta y seis poemas en cuatro secciones que cuenta, sin nombrarla nunca, la historia de una mujer atravesada por una enfermedad invisible y la de quien la acompaña desde fuera sin poder entrar.
EL ABISMO AUSENTE (Cuando falta la ansiedad, p. 20)
Ya no se quiere ella mover
ni siquiera un paso en casa;
porque al andar,
se le traspasa
la sensación de caer.
Ya no hay paredes ni suelo,
ni ventanas,
ni portales;
no sabe si,
cuando sales,
queda en la tierra o el cielo.
Intenta apoyar los pies
y avanzar
hacia la puerta,
pero la calma desierta
le roba el día otra vez.
Siente una culpa inconsciente
que la empieza a desbordar;
cuando intenta encontrar
ese abismo inexistente.
Lo primero que llama la atención es la forma: cuatro estrofas de metro corto y rima consonante, tan cerradas como la casa que describen. Nada sobra y nada sale. El encierro del contenido está replicado en el encierro de la estrofa, y ese acuerdo entre lo que se dice y cómo se dice es lo que convierte un buen tema en un buen poema. La rima abrazada de la primera estrofa —mover, casa, traspasa, caer— se cierra sobre sí misma exactamente igual que la protagonista sobre un salón que ya no se atreve a cruzar.
Lo segundo es la fractura de los versos en la página. «porque al andar, / se le traspasa» es un solo octosílabo partido en dos renglones, y lo mismo ocurre con «no sabe si, / cuando sales» y con «y avanzar / hacia la puerta». El oído restituye la medida; el ojo tropieza. El poema respira como respira quien lo protagoniza, a golpes, y el recurso no es ornamental: aparece siempre en el momento exacto en que el verso nombra un movimiento interrumpido.
Lo tercero es el lugar del tú. En todo el libro la ansiedad es una segunda persona a la que se increpa, se describe y finalmente se derrota; aquí, en cambio, ese tú se desplaza y se vuelve ambiguo en «no sabe si, / cuando sales, / queda en la tierra o el cielo». ¿Quién sale? ¿La enfermedad que afloja un momento su asedio, o la propia mujer que intenta cruzar la puerta? La indeterminación no parece un descuido, sino la manera que encuentra el poema de decir que ya no se distinguen la una de la otra.
Y lo cuarto es la contradicción que sostiene el conjunto. El título habla de un abismo ausente; el último verso, de un abismo inexistente. No hay agujero, no hay caída posible: el suelo está donde siempre estuvo. Pero la sensación de caer es real, y a ella se suma «una culpa inconsciente» por sentir lo que, según todos, no debería sentirse. Esa culpa es el hallazgo del poema y uno de los aciertos del libro entero, porque nombra el segundo piso del sufrimiento: no solo el miedo, sino la vergüenza de tenerlo.
Ahí queda el lector al terminar: de pie sobre un suelo firme, buscando un precipicio que no existe y sabiendo que está a punto de caerse. Quien siga leyendo comprobará que el libro no se detiene aquí: le quedan por delante treinta y un poemas para recuperar las habitaciones, la calle y el aroma de un parque.
Crítica realizada por Ana María Olivares