Obra: Con tres heridas. Autora: Loli G. García. Prólogo: Ángela Serna. Editorial: Ediciones Rilke. Año: 2026 (primera edición). ISBN: 978-84-18566-73-8. Cincuenta y un poemas en tres secciones y un epílogo de tres piezas.
Loli G. García nació en Vitoria-Gasteiz. Es licenciada en Historia del Arte y diplomada en Trabajo Social, y su vida laboral se ha desarrollado en los Servicios Sociales. Antes de este libro publicó los poemarios Como mariposas muertas (TarQus, 2020) y De Natura (Nimbo, 2022); su obra figura en más de veinte antologías y parte de ella se ha traducido al italiano. Es declamadora y cantante en el trío de música y poesía Las MilyUna, coordina el encuentro poético Aletxa en verso y es vicepresidenta de Krelia, Asociación de Creadores Literarios de Álava. Ediciones Rilke publica ahora Con tres heridas, que toma el título y la armazón del poema de Miguel Hernández reproducido como pórtico: «Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida.» (p. 13). El verso es de Hernández; la decisión de convertirlo en índice es de la autora, y es la primera que conviene examinar.
El libro se reparte en tres secciones que llevan por rótulo las tres heridas: «La del amor», con dieciséis poemas (pp. 19-34); «La de la muerte», con quince (pp. 39-54); y «La de la vida», con veinte (pp. 59-79). Cada una se abre con un epígrafe hernandiano propio, tomado de El rayo que no cesa en las dos primeras y de El hombre acecha en la tercera, y un epílogo de tres poemas cierra el volumen (pp. 83-87). El poema de Hernández enuncia las heridas tres veces y en cada estrofa altera su orden; la autora adopta el de la primera, y esa elección tiene consecuencias. El libro no va del nacimiento a la muerte, como haría una biografía, sino del deseo a la extinción y de la extinción a la vida, de manera que la última sección no clausura: reanuda. El epígrafe que la abre lo anuncia sin rodeos: «Porque soy como el árbol talado que retoño: / porque aún tengo la vida.» (p. 57).
Pero la tercera herida no es una celebración sin sombra. En su segunda mitad entra el cuerpo enfermo —«Vulnerable», «Formas de amanecer», «Yacente», «No duele», «Te llevo dentro»—, y con él la sección adquiere su sentido: la vida no es aquí lo que se opone a la muerte, sino lo que persiste a pesar de ella. El asunto declarado del libro son tres heridas; el asunto real es el lugar donde las tres ocurren, que es el cuerpo, y más exactamente el tiempo del cuerpo. La sección amorosa ya lo formula en uno de sus mejores dísticos: «Digo piel cuando quiero decir patria / donde nacer y morir en un instante.» (p. 26). La de la muerte empieza por el sueño, entendido como ensayo cotidiano de la desaparición, «olvidar el día, / morir un poco.» (p. 39), y lo desarrolla en «El polvo que seremos», que se abre con una constatación sin énfasis, «Cada día nos deshacemos un poco.» (p. 41), y sitúa ese desgaste no lejos del amor sino dentro de él: «Nos dispersamos con el roce de los cuerpos, / en las caricias, en los besos.» (p. 42). Las tres heridas no son compartimentos estancos; son la misma superficie vista en tres momentos.
El molde es el verso libre, a veces blanco, como apunta el prólogo de Ángela Serna, y su recurso principal es la repetición. Hay poemas enteros construidos sobre una fórmula que se renueva: «Digo piel», «No dejes de», «Quiero», «Cuerpos», «Tus ojos». En «Cumpleaños» la misma frase vuelve cuatro veces y cambia de modalidad en cada una —afirmación, exclamación, pregunta y una variante final que le da la vuelta—, un procedimiento de raíz oral que encaja con una autora que dice sus textos en público. Donde la repetición rinde más es en su dimensión mimética. En «El baile» la sintaxis imita el movimiento de los amantes con verbos pronominales emparejados por oposición, «Los cuerpos se entrelazan / se desenlazan, / se pegan, / se despegan,» (p. 22), y el verso se acorta a medida que la escena se acelera. En el extremo opuesto está «Vacío, lleno, vacío», ocho versos sin un solo verbo que reducen el parto a una aritmética de la separación: «dos en una, / dos, / cada una, / una.» (p. 65). Es la pieza más arriesgada del volumen y una de las más logradas, porque no explica nada. «Formas de amanecer», por su parte, ensaya la disposición espacial del verso con sangrías y cuatro participios que comparten prefijo —enroscada, encrespada, engarzada, ensortijada— antes de un cierre que nombra por fin al huésped: «Formas de amanecer con el mal que me habita.» (p. 73). Es una vía que el libro apenas transita y que merecería más desarrollo.
El libro gana cuando baja al detalle concreto y pierde cuando nombra la emoción en lugar de provocarla. En «5 de diciembre 1980» el recién nacido no es una promesa abstracta, sino un cuerpo con olor: «Tu pequeño cuerpo / promesa impregnada de olor a meconio.» (p. 59). La palabra es técnica, nada poética, y precisamente por eso fija la escena. «El Fortín» levanta un inventario de aperos que parece etnográfico, «Horcas y horquillas, / bieldos, guadaña, la hoz y sus dediles,» (p. 50), y solo en los últimos versos revela para qué sirve ese museo improvisado: es un homenaje a los ancestros «y al hijo prematuramente muerto», un «Fortín seguro donde sobrevivir a su ausencia.» (p. 50). La acumulación de objetos era un duelo, y el lector lo descubre a la vez que el poema. «Conversación» cede la palabra al espejo ante una niña que se descubre en él, y remata con un doble sentido feliz: «Ella enamorada de su imagen en el espejo, / yo, emocionado, pierdo el azogue.» (p. 69). El azogue es a la vez el mercurio que convierte el vidrio en espejo y, en la lengua común, sinónimo de inquietud.
El reverso aparece cuando la emoción se enuncia. «Ya queda menos para el verano» cierra cada estrofa con una fórmula que escala de la sensación a la palabra, desde «Sólo una sensación: Felicidad.» hasta «Solo una palabra: Plenitud.» (p. 62). La gradación es elegante, pero pone nombre a lo que las imágenes del poema ya habían dado, y el sustantivo en mayúscula acaba haciendo el trabajo que correspondía al lector. Algo parecido ocurre con las fórmulas del habla común, que en ocasiones entran al verso sin transformarse, «en este mundo de locos, / en este sinfín de desvaríos.» (p. 63), o con comparaciones que desvían el tono: en «Yacente», el cuerpo dolorido que se hunde en el lecho «se marida / como buen vino.» (p. 74), y la imagen enológica distrae justo cuando el poema necesitaba gravedad.
La aportación más personal del libro está en tres desplazamientos. El primero afecta a la muerte, que aquí no es la elegía por los mayores sino una constatación generacional: «Ya no hablo de mis mayores, / hablo de mis coetáneos:» (p. 43). La muerte deja de ser algo que les ocurre a otros, y el poema lo asume sin dramatismo: «me acerco a la rampa de salida.» (p. 43). El segundo afecta al erotismo, que en la lírica suele preferir la juventud y que aquí se escribe también desde la madurez: en «La memoria de la piel», dos amantes de manos nudosas descubren que «Ahora, / después de tantos años, / pervive la urgencia de entonces;» (p. 29). El tercero es la contaminación de lo íntimo por lo colectivo. «Hicimos el amor», dedicado a las personas arrastradas por la dana de Valencia, cierra la sección amorosa con una escena en la que el deseo no llega porque la catástrofe se ha colado en la cama: «En cada envite una oleada de agua marrón / fluía dentro de mí / y me llevaba, / como a ellas, calle abajo.» (p. 34). El poema funciona como bisagra hacia la sección de la muerte y demuestra que el amor, en este libro, no es un refugio frente al mundo.
La filiación hernandiana va más allá del título. Hernández pensó el amor, la muerte y la descendencia como una sola materia, y su Cancionero y romancero de ausencias, del que procede el pórtico, se escribe a la sombra de la muerte de su primer hijo y del nacimiento del segundo. Con tres heridas hereda esa trabazón y la traslada a otra biografía y a otro tiempo, con el cuerpo como bisagra. El diálogo con Antonio Gamoneda, en cambio, es más tímido: los dos poemas que el libro le dedica lo leen con reverencia —«Tus palabras de hierro y ceniza / me pesan en el alma, la doblegan,» (p. 46)— y quedan más cerca de la nota de lectura que de la respuesta. El epílogo ensancha el foco hacia la memoria compartida. «Solitario pino mediterráneo» cuenta la historia de un campesino que no volvió de sus viñas en «aquellos años difíciles» y cuyo cuerpo alimentó un árbol: «Hoy sabemos que los piñones y su magro cuerpo / fueron las semillas que te nutrieron y erigieron,» (p. 83). El árbol talado que retoña del epígrafe hernandiano encuentra aquí su versión histórica. «La vida quiso» presta la voz a una mujer desplazada, «Refugiada me llaman, / obligada —diría yo—» (p. 85), y «Cuando echo la vista atrás» convoca a las generaciones de mujeres que precedieron al sujeto y le reclaman lo que a ellas se les negó: «conquista tu tiempo y espacio / tu palabra e independencia,» (p. 87). Ángela Serna lee ese epílogo, en el prólogo, como presagio de una escritura próxima, y es una lectura razonable: es el tramo donde la voz se aparta más de sí misma.
La poesía que hoy circula con más facilidad tiende al poema breve de lectura inmediata, construido sobre una sentencia memorable. Con tres heridas comparte con ella la llaneza del registro y la brevedad de muchas piezas, y su origen oral es evidente. Se separa en dos puntos. El primero es la construcción de conjunto: el libro se sostiene como arquitectura, y buena parte de sus poemas ganan sentido por el lugar que ocupan, como ocurre con «Hicimos el amor» al final de la sección amorosa o con «Te llevo dentro» después de los poemas de la crianza. El segundo es que sus mejores momentos no son citables fuera de contexto: el meconio, los dediles, el azogue necesitan el poema que los sostiene. Donde el libro se acerca más a esa poesía de consumo rápido es justamente donde se debilita, en los cierres que resumen.
La constelación que el propio libro declara ayuda a medir su alcance. Con la poesía social de Blas de Otero y Gabriel Celaya, a quienes el prólogo sitúa en la formación de la autora, comparte la voluntad de que el poema dé cuenta de lo colectivo; la diferencia está en el modo. Donde Otero y Celaya interpelan en plural y hacen del poema una tribuna, Loli G. García cuenta casos: un campesino que no volvió de las viñas, una mujer a la que llaman refugiada, una fila de antepasados. El único imperativo de ese tramo, «conquista todo lo que nos fue arrebatado» (p. 87), no lo pronuncia la voz del poema, sino las de quienes la precedieron. Con Francisca Aguirre, cuyo verso abre el prólogo, el punto de contacto es la memoria de la posguerra contada desde abajo y en un idioma llano; pero Aguirre escribió esa memoria como biografía propia, la de una hija, y aquí llega como historia de un lugar, desplazada a un árbol que hace de testigo. Con Chantal Maillard, también convocada por Ángela Serna, comparte la idea de la herida como lugar de conocimiento y la atención al cuerpo que duele; la variación es formal y decisiva: la autora de La herida en la lengua somete la sintaxis a la fractura, mientras que Con tres heridas conserva la frase entera y la narración lírica incluso en «Formas de amanecer», su poema más próximo a la disgregación.
Convence la honestidad con que el libro atraviesa territorios que la poesía suele separar: el erotismo de la madurez, la mortalidad asumida sin aspavientos, la crianza vista desde dos generaciones y la memoria de quienes no pudieron contarla. Convence el oído para el objeto concreto, y convence el humor seco con que la voz trata a la muerte en «Diré que no», donde la rechaza con una excusa casi doméstica: «No me viene bien hoy, / ni mañana,» (p. 44). Y convence la coherencia del criterio que recorre el libro: la vida vale mientras preserva al sujeto, y los poemas del cuerpo enfermo lo sostienen sin autocompasión, como en el remate de «Vulnerable»: «Luego te espero regenerado, / presto para la batalla, / aunque, / la final siempre esté perdida.» (p. 72). Ese «aunque» aislado en su verso hace visible la duda sin resolverla.
Lo que le falta es poda, sobre todo en «La de la vida», la sección más extensa, donde conviven piezas muy logradas con otras más próximas a la celebración de circunstancias, como «Tiempo de madres» o «Sonrisa al viento». También se echa en falta más confianza en la imagen: cuando un poema de este libro nombra la felicidad, el lector la recibe como dato; cuando la huele en un recién nacido, la reconoce.
Recomiendo especialmente a: lectores que buscan en el verso una experiencia reconocible del cuerpo en la madurez —el deseo, la enfermedad, la crianza vista desde dos generaciones— sin retórica de consuelo; a quienes leen a Miguel Hernández y quieren ver cómo resuena hoy su trinidad de amor, muerte y vida; a clubes de lectura y talleres, porque la arquitectura en tres heridas ofrece un recorrido fácil de discutir; y a lectores interesados en la memoria histórica contada desde lo pequeño.
No lo recomiendo a: quienes esperan una poesía de experimentación formal o de alta densidad metafórica; a lectores que buscan un tono sostenido de principio a fin, porque la tercera sección alterna piezas de gran concentración con textos de circunstancia; ni a quien exija que el poema deje siempre la emoción sin nombrar.
Con tres heridas es un libro honesto y bien construido, que encuentra su unidad menos en los tres temas anunciados que en el cuerpo donde los tres suceden. Su mérito no está en la ambición del proyecto, que hereda de Hernández, sino en la capacidad de detenerse en lo pequeño —un olor, un apero, el mercurio de un espejo— hasta que lo pequeño contiene el duelo o la dicha. Cuando la autora confía en eso, el libro alcanza una sobriedad que no necesita adjetivos. Cuando se apoya en la fórmula, pierde filo. Quedan suficientes páginas del primer tipo para que este tercer poemario merezca leerse entero.
Las citas del volumen en que se apoya esta lectura, con indicación de página, son las siguientes.
«Digo piel cuando quiero decir patria» (p. 26)
«pervive la urgencia de entonces;» (p. 29)
«como a ellas, calle abajo.» (p. 34)
«Cada día nos deshacemos un poco.» (p. 41)
«anticipo del polvo que seremos.» (p. 41)
«hablo de mis coetáneos:» (p. 43)
«¡Ahora llévame contigo!» (p. 44)
«y al hijo prematuramente muerto.» (p. 50)
«soy un pájaro herido» (p. 53)
«promesa impregnada de olor a meconio.» (p. 59)
«Solo una palabra: Plenitud.» (p. 62)
«yo, emocionado, pierdo el azogue.» (p. 69)
«Formas de amanecer con el mal que me habita.» (p. 73)
«¡Ingrato hijo de mis células!» (p. 77)
«que denuncian a aquellos que sembraron muerte.» (p. 83)
«Refugiada me llaman,» (p. 85)
«conquista todo lo que nos fue arrebatado» (p. 87)
Crítica realizada por Ana María Olivares