En la sección Poema del mes rescatamos una de las piezas más contenidas de Con tres heridas (Ediciones Rilke, 2026), el tercer poemario de Loli G. García, que reparte cincuenta y un poemas entre las tres heridas del poema de Miguel Hernández —la del amor, la de la muerte y la de la vida— y los cierra con un epílogo de tres piezas. «Te llevo dentro» ocupa la página setenta y siete, en el tramo final de la sección dedicada a la vida, y es el poema donde el libro nombra la enfermedad sin decir una sola palabra clínica.

TE LLEVO DENTRO (Con tres heridas, p. 77)

A Blanca Olabuenaga

Sin que yo supiera,
naciste entre mis pliegues suaves
que fueron tu cuna.

Con cada movimiento te mecía
y alimentaba.
Mientras, tú crecías.

Hoy te muestras en mí
robas mi palabra,
mi sonrisa, mis pasos seguros.

¡Ingrato hijo de mis células!

Y, sin embargo,
no puedo maldecirte,
te llevo dentro
y no me importará hacerlo
mientras me dejes seguir siendo yo.

Loli G. García, Con tres heridas (Ediciones Rilke, 2026), p. 77.

El poema pertenece al tramo en que «La de la vida» deja la crianza y entra en el cuerpo enfermo, y resuelve mejor que sus vecinos una dificultad que ellos abordan de frente: cómo nombrar un mal sin nombrarlo. No hay diagnóstico ni vocabulario médico. Hay un tú al que la voz se dirige desde el arranque y que, durante las dos primeras estrofas, el lector puede tomar por un hijo.

Esa es la trampa, y está construida con cuidado. «naciste entre mis pliegues suaves / que fueron tu cuna», «te mecía / y alimentaba», «tú crecías»: el léxico es el de la gestación, el mismo que ha ocupado las páginas anteriores de la sección. Solo el verso inicial, «Sin que yo supiera,», deja una grieta, porque la gestación que el libro ha contado hasta aquí es siempre deseada y sabida: «Te he deseado, / te he invocado de palabra y obra,» se lee en «Hoy te siento en mí» (p. 63).

La tercera estrofa gira el sentido: «Hoy te muestras en mí / robas mi palabra, / mi sonrisa, mis pasos seguros.» Lo que crecía no daba, quitaba, y quita justo lo que hace reconocible a una persona: hablar, sonreír, caminar. El verso aislado que sigue identifica al intruso sin nombrar la enfermedad: «¡Ingrato hijo de mis células!». Es la única exclamación del poema y concentra su hallazgo. La metáfora filial no se abandona al descubrirse el engaño, se endurece, porque el mal es literalmente hijo del propio cuerpo.

El cierre podría haberse resuelto en maldición o en lamento, y elige lo contrario. «Y, sin embargo, / no puedo maldecirte» traslada al poema el vínculo que no se rompe entre quien engendra y lo engendrado, y el título, que parecía una declaración de amor, se revela como un pacto: «te llevo dentro / y no me importará hacerlo / mientras me dejes seguir siendo yo.» La condición es la misma que el libro fija en «Diré que no», donde la voz solo aceptará irse cuando le quiten «lo que me hace ser yo,» (p. 44). En Con tres heridas la vida vale mientras preserva al sujeto, y este poema lo formula con una sobriedad que otros textos de la sección no alcanzan.

Queda la dedicatoria, que sitúa el texto en el terreno de lo compartido sin explicar nada más. El poema no necesita esa explicación: quince versos y una sola metáfora sostenida hasta el final bastan para que la enfermedad se lea como lo que la voz sabe que es, una parte de sí misma.

Crítica realizada por Ana María Olivares