Dedico mi último poema
a Mar Limia, que ha hecho
llevadera mi vejez. 

 

Quiero morir en la mar,

la mar de los marineros

de mi tierra, los braceros

del agua de pan llevar.

 

Quiero morir en la mar,

llevadme a los caladeros,

cosedme el coy, compañeros,

y ¡abajo!, que hay que abonar.

 

Quiero volver al hogar

en que se meció mi cuna,

sin más techo que la luna,

sin más puertas que cerrar.

 

Dejadme hundirme y bajar,

allende vuestra carena,

hasta mi olvido en la arena.

Quiero morir en la mar.

 

José Luis Pérez Fuentes

 

El retorno al agua primordial

Hay algo de canto de cisne en este poema, una elegía que no llora sino que celebra, que no se lamenta sino que elige con la serenidad de quien ha comprendido que el origen y el destino son la misma costa. José Luis Pérez Fuentes nos entrega aquí un testamento líquido, escrito con la tinta salada de quien conoce la mar no como paisaje sino como patria, no como horizonte sino como lecho definitivo. La repetición obsesiva del verso “Quiero morir en la mar” funciona como un mantra, como esas olas que regresan siempre a la orilla, inevitables y mansas, llevando consigo la certeza de que la muerte puede ser también un regreso y no una despedida.

Lo que conmueve en este poema es su carnalidad trabajadora, esa mar que no es romántica ni turística sino laboral, la de los marineros braceros, la de los hombres que se jugaban la vida para llevar el agua al pan, para abonar con sus propios cuerpos el fondo marino. Hay una hermandad conmovedora en ese “cosedme el coy, compañeros”, en ese lenguaje de faena y sudor que transforma la muerte en camaradería, en gesto colectivo de quienes vivieron juntos la dureza del mar y ahora comparten también su sepultura. El poeta no pide monumentos ni lágrimas, solo ese ritual marinero de coser la mortaja y dejar caer el cuerpo al abismo como quien devuelve lo prestado.

Pero hay más en estos versos: hay un anhelo de libertad absoluta, de desposesión total que se expresa en esa imagen luminosa del hogar sin techo ni puertas, con la luna como única bóveda. Pérez Fuentes imagina la muerte como una apertura infinita, como un despojamiento radical donde ya no hay paredes que encierren ni umbrales que crucen. Es el sueño de quien ha vivido entre límites y ahora desea fundirse con lo ilimitado, hundirse más allá de la carena, más allá de los cascos de los barcos, hasta ese olvido pacífico que es la arena del fondo, donde el tiempo se detiene y las olas ya no alcanzan.

La dedicatoria inicial a Mar Limia atraviesa todo el poema con su ternura silenciosa, convirtiendo este último canto en un regalo de amor, en una forma de decir gracias mientras se prepara la partida. José Luis Pérez Fuentes, poeta gallego nacido en A Coruña en 1941, construye en “Albañil de la nostalgia” refugios para las emociones que el tiempo no borra, y este poema marinero es quizá el más conmovedor de esos refugios: un lugar donde la muerte se transforma en océano, en hogar, en memoria líquida que mece como mecía aquella cuna primordial. Morir en la mar es volver a nacer en el agua que nos trajo, es cerrar el círculo con la misma sal en los labios, es cumplir la promesa que hicimos sin saberlo cuando respiramos por primera vez el aire que olía a yodo y a eternidad.

Javier Pérez-Ayala​