POEMA 7

 

 

La muerte nos deshoja, la oscuridad nos culpa.

Cuánto importa lo propio, cuánto ocupa lo ajeno.

¿Desde dónde lanzar estallidos de ánimo?

 

No superfluo, ni incómodo, ni tedioso, ni esquivo.

No discreta paleta de colores rotundos.

Como riego entusiasta que enamora a la tierra,

espacio y tiempo a juego;

y del soplo a la rúbrica, de la pizca a la entrega,

con maña de raíz que enriquece la causa.

 

¡Fuera!, roca cortante, o señuelo, o prisión.

 

Es caprichoso y fácil

perecer sobre el musgo

de los sueños perdidos sin sospecha de llaga.

En el agua de todas las crecidas refléjate:

táctica sugerente, partitura impulsiva.

El agua, como estampa de la curiosidad,

con su dosis de estima acorde con el riesgo.

 

Ningún desaire al medio que nos empuja a ser

compañía viajera, la fe de los sentidos.

Que el arrepentimiento lo promueve la vida.

Que aumenta las defensas la noble gratitud.

Que venerar las alas que colman de esperanza

nos lleva al interior de los sitios queridos.

 

¿Qué recrea el deleite?

¿Y el volteo febril de una quimera?

 

Dispuesto a ser portal de avales, el pasado;

y custodia de apuntes de alhaja en una piel,

cada atisbo de luz.

 

César Tomé, Moneda del sentir (Ediciones Rilke, 2026)

 

LA ARQUITECTURA DEL AGUA COMO RESISTENCIA

Hay poemas que no se leen: se beben. El Poema 7 de César Tomé es agua turbia de río crecido, agua que arrastra lodo y memoria, agua que no promete purificación sino movimiento incesante como única forma de no pudrirse. Desde el primer verso —”La muerte nos deshoja, la oscuridad nos culpa”— el poeta coloca al lector en territorio sin escape: estamos siendo deshojados ahora mismo, mientras leemos, mientras respiramos, y la oscuridad no absuelve sino acusa. Esa oscuridad tiene ojos y voz de fiscal, y nosotros somos reos cuyo delito es simplemente estar vivos, ocupar espacio, importarnos a nosotros mismos tanto como nos ocupa lo ajeno.

La pregunta que sigue no busca respuesta sino que clava una astilla en la conciencia: “¿Desde dónde lanzar estallidos de ánimo?” Tomé no pregunta si debemos lanzarlos —eso está fuera de discusión, es imperativo de supervivencia— sino desde dónde, desde qué suelo firme, desde qué punto de apoyo cuando todo es fango y derrumbe. Y entonces, justo cuando el lector empieza a hundirse en esa pregunta sin fondo, el poeta ofrece no consuelo sino estrategia: el agua. No el agua quieta del estanque donde Narciso se ahoga mirándose, sino el agua de las crecidas, esa que viene turbia y poderosa arrastrando ramas y piedras.

“En el agua de todas las crecidas refléjate” es imperativo que suena a koan zen pero nace de experiencia castellana: quien ha visto el Duero crecido en primavera sabe que ese agua no devuelve imagen nítida sino movimiento, fuerza ciega que arrasa pero también fertiliza. Tomé construye entonces una de las metáforas más precisas del libro: el agua no es símbolo de pureza sino de curiosidad, esa curiosidad que tiene “dosis de estima acorde con el riesgo”. El agua se arriesga a perderse en cada curva del río, a estrellarse contra cada piedra, pero ese riesgo no es temeridad sino estima por lo que puede encontrar más allá. El poeta nos está diciendo que la única forma de resistir la muerte que nos deshoja es movernos como agua: con curiosidad táctica, con impulso que no es ciego sino partitura donde cada nota responde a la anterior.

Y luego vienen las tres sentencias, esas tres afirmaciones que empiezan con “Que” como quien clava estacas en tierra blanda: “Que el arrepentimiento lo promueve la vida. / Que aumenta las defensas la noble gratitud. / Que venerar las alas que colman de esperanza / nos lleva al interior de los sitios queridos”. La anáfora del “Que” funciona como martillo que golpea tres veces en el mismo clavo hasta hundirlo: estas no son opiniones, son verdades verificadas en carne propia, decretos que el poeta emite no desde la arrogancia sino desde la cicatriz. El arrepentimiento no viene del remordimiento moral sino de la vida misma, que nos obliga a mirar atrás y ver todos los caminos que no tomamos. La gratitud —esa palabra tan devaluada por la autoayuda— recupera aquí peso de escudo: es defensa, no ornamento. Y venerar las alas de la esperanza no es ingenuidad sino estrategia de supervivencia que nos devuelve al interior, a los sitios donde alguna vez fuimos queridos y eso basta para seguir.

Este poema funciona como bisagra en Moneda del sentir porque es el momento donde la muerte entra explícitamente en escena y el poeta debe decidir si se rinde o combate. Elige combatir, pero no con heroísmo de postal sino con táctica de agua: fluyendo, adaptándose, arriesgándose con estima, reflejándose en lo turbio porque lo cristalino es mentira. Tomé está construyendo aquí una ética del deseo maduro que sabe que la muerte deshoja pero el agua sigue corriendo, y mientras corra habrá reflejo aunque sea borroso, habrá movimiento aunque sea hacia ninguna parte, habrá curiosidad aunque el riesgo sea perderse.

La genialidad del poema reside en que no promete victoria ni redención: promete estrategia. No dice “vencerás a la muerte” sino “refléjate en el agua de las crecidas”, que es forma poética de decir: muévete, no te estanques, arriésgate con inteligencia, sé curioso pese al peligro. Es poema para tiempos de derrota donde la única victoria posible es seguir moviéndose como agua, seguir preguntándose desde dónde lanzar estallidos de ánimo aunque no haya respuesta, seguir venerando alas de esperanza aunque nunca alcancemos el vuelo. Tomé escribe para quienes ya no creen en finales felices pero aún se niegan a rendirse, para quienes la única fe que les queda es en el movimiento mismo, en la curiosidad que no se extingue ni siquiera cuando la oscuridad nos culpa y la muerte nos deshoja verso a verso, hoja a hoja, día a día.