colmado-17 La Vida Rima en El Colmado. Barcelona, 28 de febrero de 2009 - colmado 17 300x199 - La Vida Rima en El Colmado. Barcelona, 28 de febrero de 2009Miré las letras del cartel, medio borradas de pena, y supe que iba a cruzar el umbral de un lugar que me resultaría difícil sacar de mi cabeza. Y en efecto, así fue. Llegábamos tarde. Las estanterías medio vacías, los sillones heterogéneos, las mesas bajas y la gente de ojos brillantes. Era un antiguo colmado de verdad, con sus productos de ultramar resonando todavía en las paredes, y un halo de cortinas que tapaba a medias las ventanas translúcidas de polvo y de magia. La noche empezó con El Colmado lleno y un sinfín de ojos expectantes sentados por todas partes. Recuerdo a José Naveiras, imponente, presentando, revista en mano, a la felicidad en el arte. La felicidad estaba también en sus ojos, vivos, brillantes, de todo menos cansados. Presentó entonces, para dar comienzo a una noche en verso, los dedos de Carlos Galán, que tocarían el piano y los pómulos de todos con sus “Jóvenes libres”. Maribel y Carles, con sus voces tan distintas, resonaron en perfecto catalá, y aunque desconociéramos alguna palabra, nos atraparon en sus bosques y en sus playas. Se proyectaron vídeos de La Vida Rima, con Patty bailando y Violeta acariciando con su voz; los que no estaban, pero estaban. Siempre están. Continuó Ricardo Bórnez, con sus visos de cowboy, su vivir provisional y sus versos blancos autorretratando el sábado. Daniel Orviz repasó sin pestañear la historia del arte con el suyo. Con su arte. Desparramó su mecánica planetaria con pericia entre las sonrisas y los pulgares de la concurrencia. Mientras él disparaba a los pájaros, ya no cabía un alfiler en El Colmado. Las caras era sonrisas que supieron recibir con cariño y emoción el trocito de intimidad que nos brindó Juan Carlos Pérez, con un hermoso final homenaje a la Barcelona de “su siempre”. Miguel Navas rompió el silencio de las bibliotecas y de quello che non c’è, y Fran García Parra, armado de un par de tijeras y un periódico, destrozó literalmente y con dulzura la liberación y las caras de asombro, arrancando aplausos quedos de chasquidos que explotaban por doquier de entre las sillas. Personalmente, quedé impresionada con la redondez de las gafas de Jorge Sánchez y de su voz rotunda. Jorge despedazó el Tercer Reich en un segundo, minucioso, filósofo y tremendo. Una servidora compartió una pizca de cada uno de los cinco idiomas de los que suele beber, y al final tuvo el placer de acompañar a Carlos Galán en la última canción, la que dice aquello de “que la vida rima desde una esquina de Barcelona”. Y así, rimando, la noche se hizo calor y música; los versos se diluyeron en las pisadas al ir abandonando la luz de ese rincón iluminado por todas las velas de la ciudad condal, de ese salón de la casa que todos hemos soñado alguna vez. La poesía volvió a reinar una noche de sábado, y aún la oigo, medio borrada, resbalando de una esquina en la calle de la Cera.

Elia Maqueda


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