Hay un monstruo que me dice qué hacer,
que me quiere ver hundido, sin flotar.
Me odia y yo le odio a él; vive de mi dolor.
Yo sufro por su existir y lloro por su devenir.
Vive pegado a mí como si fuera mi sombra,
está siempre a mi lado sin que pueda hacer nada.
Me susurra que me mate frente al cristal,
que me suba a la azotea y pruebe a volar.
A menudo me molesta mientras duermo,
me quita el hambre y las ganas de jugar,
siempre intenta arrebatármelo todo.
Me grita que abandone, que no soy capaz.
Y yo, furioso, le atino un puñetazo al espejo,
donde solo me veo yo…
- Carlos Mellado Fernández
Tempestades — Editorial Poesía eres tú, 2026
El espejo roto: cuando el monstruo tiene tu cara
Hay poemas que duelen antes de que termines de leerlos. “Monstruo” es uno de ellos. No porque hable del dolor —la poesía habla siempre del dolor, de una u otra forma— sino porque lo construye con la arquitectura de un engaño perfecto: te hace creer durante trece versos que el sujeto poético está atrapado por algo externo, algo que viene de afuera, algo que se puede combatir a puñetazos. Y entonces llega el último verso. Y el espejo se rompe. Y dentro del espejo, en los cristales, solo está él.
Mellado escribe “Monstruo” como quien narra una guerra sin revelar hasta el final que ambos bandos son el mismo ejército. La voz poética construye con minucia casi clínica el retrato de una presencia hostil: algo que susurra órdenes de autodestrucción, que roba el sueño y el hambre, que grita que no eres capaz. La tercera persona del enemigo —”vive”, “me odia”, “me susurra”— crea durante toda la lectura la ilusión de la otredad. Hay un monstruo. El monstruo está ahí. El monstruo es otra cosa.
Pero el lenguaje, que nunca miente del todo aunque el poeta quiera, deja pequeñas grietas en esa ilusión. Vive pegado a mí como si fuera mi sombra. Como si fuera. La sombra es la propia oscuridad proyectada; no puede vivir en otro cuerpo que no sea el tuyo. Está siempre a mi lado sin que pueda hacer nada. La impotencia ante uno mismo no necesita enemigo externo para sentirse así de absoluta. Mellado planta esas semillas con la naturalidad de quien no las está plantando, y el lector las lee sin verlas, hipnotizado por la narrativa del monstruo ajeno.
Y entonces el puñetazo. Ese puñetazo furioso al espejo, que en otra tradición poética sería el gesto heroico del que se rebela contra la oscuridad. Aquí es todo lo contrario. Aquí el puñetazo al espejo es el momento de revelación más devastador del libro entero, porque el espejo no contiene al monstruo: te contiene a ti. Y el yo que lo golpea y el yo que está dentro del cristal son la misma persona que no sabe cómo convivir consigo misma.
El poema hace, en catorce versos, lo que la terapia a veces tarda años en conseguir: nombrar que la voz que destruye no viene de fuera. Que el monstruo no es exterior. Que la batalla que agota no es contra el mundo sino contra la propia mente cuando la mente decide que no mereces seguir. Me susurra que me mate frente al cristal, / que me suba a la azotea y pruebe a volar. No hay metáfora aquí. Hay descripción exacta de lo que algunas noches le dice la cabeza a quien padece en silencio. Mellado no lo envuelve en imagen, no lo sublima, no lo convierte en símbolo manejable. Lo escribe con la temperatura exacta de quien lo ha conocido por dentro.
Lo que hace excepcional este poema dentro de Tempestades es que su estructura replica perfectamente su contenido. El engaño narrativo —creer que hay un otro— es el mismo engaño que vive quien padece esa oscuridad interior: la mente construye una entidad separada del yo para poder nombrar lo que de otro modo resultaría insoportable de reconocer. El monstruo es una estrategia de supervivencia cognitiva. Y Mellado, sin necesidad de explicarlo, lo demuestra formalmente: usa el engaño como forma poética porque el engaño es la realidad que describe.
Los tres puntos suspensivos después de “donde solo me veo yo” son quizás los más cargados del libro. No cierran. No resuelven. Dejan al lector exactamente donde deja la conciencia al que se ha reconocido en el espejo: sin saber qué hacer con lo que acaba de ver, con los nudillos rotos y los ojos abiertos y la certeza de que ahora que sabes que eres tú, el trabajo verdadero empieza.
Hay valentía técnica en escribir así. Y hay algo más difícil que la valentía técnica: hay honestidad. La clase de honestidad que solo es posible cuando ya no te importa más protegerte que decir la verdad. “Monstruo” es un poema que vino de ese lugar. Se nota en cada verso. Y eso, en poesía, es lo que convierte un texto en algo que permanece.
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