ENTREVISTA A FERNANDO BARBERO CARRASCO

Con motivo de la publicación de La muerte siempre nos deja con algo por hacer

(Ediciones Rilke, 2026)

 

 

Fernando Barbero Carrasco es poeta, educador y montañero. Ha trabajado durante años en talleres de escritura en centros penitenciarios y ha participado en antologías de poesía comprometida como Voces del Extremo. La muerte siempre nos deja con algo por hacer es su poemario más ambicioso hasta la fecha: 77 poemas organizados en cuatro secciones que trazan el mapa vital y político de una generación.

 

 

  1. El título del libro nace de un poema breve y contundente: “La muerte siempre nos deja con algo por hacer / Un beso, una frase, una mirada… / todo a medias, sin llegar al final.” ¿Ese poema fue el detonador de todo el libro, o llegó después, cuando ya tenías claro lo que querías decir?

 

El título vino al final, pensando cuál sería repasé todos los poemas y este me saltó a los ojos y se introdujo en mi cerebro.

Puede ser que como me ha dicho un amigo, ya estoy viendo las orejas al lobo.

 

 

  1. Las cuatro secciones del libro tienen títulos en infinitivo: “De epidermis para adentro”, “De tomar el morral y salir”, “De pillar el piolet y mirar hacia la cumbre”, “De juntarnos en la plaza…” Son instrucciones de movimiento, no descripciones de contenido. ¿Cuándo supiste que esa era la arquitectura que necesitaba el libro?

 

En principio tenía los poemas desordenados ocupando el espacio por orden de llegada y cuando supe que tenía un nuevo poemario entre manos los agrupé por temática y por pálpito emocional. Los títulos los puse en minutos, casi sin pensar: tal como me salieron. Y ya no los modifiqué.

 

 

  1. En “Yo he buscado —sin éxito— a Dios” repites “Era un colegio” seis veces seguidas variando solo el complemento, hasta que la conclusión resulta inevitable: “os lo aseguro: no estaba Dios.” La anáfora funciona como demostración empírica, no como ornamento. ¿Fue una decisión consciente usar la repetición como método de prueba, o llegaste a ella por instinto?

 

Nunca hago pruebas; probablemente porque no sabría escribir un poema intentando esto o aquello. Cuando tengo una idea la dejo madurar y si ella insiste, le presto atención y caminando o corriendo por la montaña -que es donde y cuando se me reordena la vida- se va formando el poema. Cuando me siento a escribirlo sale por instinto y necesidad y es entonces cuando toma la forma que yo no rumio demasiado: anáfora, haiku, aliteración, metáfora… Y solo a veces le doy algún leve toque.

 

 

  1. El libro mezcla sin aparente esfuerzo “concupiscencia” y “talego”, “piélago” y “mola”, “entelequia” y “grifa”. Culto y callejero en la misma voz, a veces en la misma página. ¿Esa oscilación de registro es una decisión política o simplemente hablas así?

 

Tengo una formación muy callejera: a los 12 años, después de que me expulsaran del colegio donde no había ningún dios; me pusieron a trabajar en una taberna de Vallecas. Allí empecé a conocer las contradicciones personales y sociales. En este sentido, soy un obrero de barrio. Pero por otra parte, he leído y leo continuamente y ante todo soy un poco esponja: escucho y aprendo; no lo puedo -ni lo quiero- evitar. Soy una mezcla y, por tanto, mi poesía lo es también.

 

 

  1. Hay poemas de veinte estrofas y luego aparece “Tenía frío / Y era primavera” —tres versos que cierran solos, sin necesitar nada más. ¿Cómo sabes cuándo un poema está terminado con tres versos y cuándo necesita veinte?

 

Intuición poética -y un poco femenina-. Cuando ya tengo el poema en la mente, el corazón y las vísceras, él mismo se acomoda y necesitamos -los dos- más o menos espacio.

 

 

  1. Escribes en “No leímos a Homero”: “Compramos coches, casas, televisores de plasma / Abandonamos la idea de clase / y descartamos la palabra dignidad.” ¿Sientes que ese poema habla de una derrota generacional colectiva, o también de una derrota personal que te costó admitir?

 

Fue una derrota de un tipo de personas: antifranquistas, comunistas, republicanas, anarquistas…, pero yo la sentí muy mía. No me costó admitirla: peor habría sido si nos hubiésemos quedado en el sofá.

 

 

  1. En “Solo a veces” terminas con “me olvidé del cuchillo, la pistola y el kalashnikov / y se me resucitan las ganas de matar.” Es una hipérbole cómica brutal, y funciona precisamente porque llega después de poemas de mucha gravedad. ¿El humor en la poesía comprometida es una herramienta o una necesidad de supervivencia?

 

No sé si la poesía comprometida necesita del humor. Sé que yo sí. Y este poema es muy peculiar porque hay personas que lo toman tal cual y tuercen el morro. Y eso me encanta. Alguna emoción habrá que provocar.

 

 

  1. Cada geografía del libro —Lisboa, el Sáhara, Buenos Aires, la Sierra Norte de Guadalajara— lleva inscrita una historia política concreta. Lisboa “huele a los claveles revolucionarios”, el Sáhara es “un lugar de muerte luminosa” donde el viento trae la palabra “Hurria”. ¿Puedes viajar a un sitio sin que se convierta en poema político?

 

Difícilmente: la política lo impregna todo y cuando se une al lugar en el que ocurrieron determinados hechos históricos es inevitable. Cuando se viaja, en realidad, el camino debería tener tres carriles: el evidente de los lugares que visitamos; la historia que permanece pegada a las paredes y el suelo y el conocimiento de las supersticiones, religiones, habladurías y leyendas. Este sería el viaje perfecto.  

 

 

  1. La poesía que llena hoy Instagram promete sanación, empoderamiento, cierre emocional. Tu libro no promete nada de eso: promete lucidez, incluso cuando incomoda. ¿Crees que hay lector para una poesía que no consuela?

 

No sé si hay lector, espero que sí, pero para mí la poesía no debe ser una preciosa obra que nos haga felices, en esto estoy con Celaya, sino un espejo en el que los lectores y lectoras se reflejen y emocionen. Sin embargo, pienso que este tipo de poesía si cumple con esta función, puede consolar. Una vez escrito y publicado, un poemario queda en las manos de quien lo lee y su propiedad y uso es de su absoluta responsabilidad. 

 

 

  1. El libro cierra con miedo: “Miro a mis hijas y tengo miedo.” Sin resolución, sin esperanza declarada. ¿Qué viene después de un libro que termina exactamente así?

 

Viene la vida. Yo solo había sentido miedo en determinadas y lógicas ocasiones; pero ahora siento ese inabarcable temor a lo que pueda ocurrir a mis hijas. Y lo motiva esta ascensión del fascismo en todo el mundo repitiendo punto por punto lo que sucedió hace 100 años.

 

 

Gracias por tu tiempo, Fernando. Que el libro encuentre a sus lectores.

 

Gracias a ti por tu certeza.