Todas las mañanas cogía el tranvía y no se bajaba hasta última hora (con la excepción de dejar su viaje diario para ir a comer). Al principio era muy extraño para todos los pasajeros encontrarse a esta mujer enjuta, de pupilas desgastadas por el tiempo, en el mismo sitio de su vagón, todos los días de la semana. Ni la lluvia ni el calor la convencían de tal excentricidad. Los murmullos y los juicios sobre la señora crecían como las olas en un océano enfurecido, pero ella no prestaba consideración a las conversaciones y continuaba absorta en su viaje, admirando la belleza decadente de una ciudad que se hacía vieja sin capacidad de salvación. Ella se escondía en el privilegio de la lectura. Siempre en su regazo llevaba un libro. La lectura, junto con la música, eran sus únicos consuelos, el salvoconducto a través del que se evadía a otras tierras y lejanos mundos. Imbuida en su actividad lectora y tranviaria, en su gran memoria quedaban para su merecida eternidad las historias de escritores consagrados, como Fabrellas, Escudero o Marías, todos ellos contemporáneos suyos. La literatura, pensaba, solo podía descubrirla en el esqueleto de este transporte que los ciudadanos durante mucho tiempo despreciaron dirigidos por la incompetencia de unos gobernantes que pretendían ser caballeros 24 al estilo de los que regían el destino de la urbe en el siglo XIV. Ciertamente nunca alcanzaron tal grado de alcurnia, pero el aplauso de sus acólitos los envolvía en un narcisismo.

— Martín Lorenzo Paredes Aparicio, Cuentos para un destierro digno

El Tranvía como Refugio Lírico

En este fragmento inicial de “El tranvía”, la prosa de Paredes Aparicio se despliega como un lienzo crepuscular donde la anciana violinista se convierte en emblema vivo del alma jiennense, tejida de arrugas y libros que palpitan como corazones exiliados. La ciudad, “belleza decadente que se hace vieja sin capacidad de salvación”, no es mero telón de fondo sino amante traicionada que exhala murmullos oceánicos mientras la protagonista se refugia en el regazo de la lectura, salvoconducto táctil hacia mundos lejanos. Sientes el roce del libro contra su falda negra, el rumor de las páginas como olas contenidas, el peso invisible de pupilas desgastadas que han visto demasiados crepúsculos.

La sinestesia sutil —murmullos que crecen “como las olas en un océano enfurecido”— funde oído y vista en mar de juicios sociales, mientras el tranvía, esqueleto mecánico despreciado, se erige en arca de salvación literaria. Aquí la incompetencia de gobernantes no es denuncia abstracta sino herida abierta que sangra narcisismo en las venas de la urbe. Paredes Aparicio pinta con palabras el destierro íntimo: no huida geográfica, sino inmersión en páginas que acarician como amantes olvidados. La anciana no desafía el tiempo; lo domestica mediante libros que eternizan escritores como Fabrellas o Marías, contemporáneos fantasmas que susurran en el vagón.

Es fragmento que late con nostalgia táctil, donde el roce de papel contra piel se vuelve acto de rebeldía contra la decrepitud colectiva. La violinista, con su falda negra de viuda musical, encarna resistencia silenciosa: en un mundo de aplausos vacíos a gobernantes mediocres, ella elige la lectura como abrazo que no traiciona. Poesía en prosa, destierro que se vuelve hogar, Jaén que se salva en cada vuelta de página.