Cuarenta y siete

La ternura y la generosidad
armas son de santidad
que tus palabras esgrimen
mientras de colores se tiñe
el tono de tu dulce voz despierta
que quita el sentío de mi cabeza.

Ha sido la lealtad y el compromiso,
un faro, una alianza que Dios quiso
mantuviéramos en firme sin dudar
desde antes de jurarlo ante el altar;
quién como nos ha pasado por ahí,
sabe vicisitudes del camino a seguir.

Por ti lo dejo todo, eres mi paz,
a tu lado nada hallé de falsedad,
ni en todo aquello que te escribí
nadie atisbará orgullo, ni vanidad,
todo cuanto declamé fue por ti,
así lo publiqué y manuscribí:
no tengo más que lo que me das.

Somos dos manecillas de un reloj
al que le faltan horas para poder marcar
lo vivido, siempre en la misma dirección,
imparable, funciona sólo por pulsos,
no precisa cuerda, ni fiscalización,
se recarga de amor por año de uso,
no se trasrosca la corona aunque apriete
y que salimos juntos van cuarenta y siete.

Andrés Martínez Díaz
Fuera de la Jaula, Ediciones Rilke, 2026

El reloj que no necesita cuerda: sobre Cuarenta y siete

Hay poemas que llegan como los mejores amores: sin anunciarse, sin pedir permiso, y dejándote sin saber muy bien qué ha pasado. Cuarenta y siete es uno de ellos. No es un poema sobre el amor en abstracto —esa entidad nebulosa que tanto verso ha dilapidado—, sino sobre algo infinitamente más difícil de atrapar: el amor que ya no necesita demostrar nada porque lleva cuatro décadas y siete años haciéndolo cada día.

El poema se organiza en cuatro estrofas de extensión creciente, como si el hablante fuera ganando aliento conforme avanza hacia la imagen central que lo sostiene todo. La primera estrofa abre con un movimiento inesperado: no es el cuerpo amado lo que aparece, sino su voz. Esa voz que «quita el sentío de mi cabeza» —y aquí el murcianismo no es adorno sino precisión fonética, porque sentío hace lo que sentido no puede hacer en el mismo verso: ajustar la medida, suavizar el golpe— es también una sinécdoque perfecta. De la persona amada no se describe la belleza, ni los ojos, ni la piel: se describe el efecto que produce. La ternura y la generosidad, dice el hablante, son «armas de santidad». Es una paradoja hermosa: las armas más poderosas de esta relación no son la pasión ni el deseo, sino la bondad cotidiana, la que no se ve porque ha dejado de ser excepcional para convertirse en clima permanente.

La segunda estrofa gira hacia la dimensión moral del amor. La lealtad y el compromiso aparecen como «un faro, una alianza que Dios quiso / mantuviéramos en firme sin dudar». El hablante no romantiza: «quién como nos ha pasado por ahí / sabe vicisitudes del camino a seguir». Es una frase que solo puede escribir quien ha caminado de verdad, que tiene dentro la memoria concreta de los tropiezos, de las tormentas que no aparecen en los álbumes de boda. Ese saber ganado a golpes, sin trompetas, es lo que hace al verso inconfundible.

La tercera estrofa es la más desnuda. «Por ti lo dejo todo, eres mi paz»: siete palabras que en otro contexto podrían sonar a tópico, pero que aquí llegan blindadas por todo lo anterior. El hablante añade algo que dice mucho de su carácter: en todo lo que escribió «nadie atisbará orgullo, ni vanidad». Escribir por y para alguien, sin la tentación de exhibirse, es uno de los gestos de amor más silenciosos que existen. Y el remate de la estrofa —«no tengo más que lo que me das»— no es rendición ni debilidad. Es la constatación de que hay vidas que solo tienen sentido dentro del nosotros, y que esa dependencia libremente elegida es la forma más alta de la libertad.

Pero es la cuarta estrofa donde el poema alcanza su temperatura más alta. Ahí aparece la imagen del reloj: «Somos dos manecillas de un reloj / al que le faltan horas para poder marcar / lo vivido». La metáfora no es ornamental: es técnicamente exacta. Un reloj de cuarzo, precisa el hablante, «funciona sólo por pulsos, / no precisa cuerda, ni fiscalización, / se recarga de amor por año de uso». No necesita que nadie le dé cuerda desde fuera —no hay institución, ni rito, ni validación social que los sostenga—, y «no se trasrosca la corona aunque apriete»: puede someterse a la presión sin romperse, sin desgastar el mecanismo. Es una imagen que pertenece simultáneamente al mundo de la física y al del amor más íntimo, y que ninguno de los dos campos habría producido solo.

Y entonces llega el verso final. Un alejandrino clásico, catorce sílabas con su cesura en la séptima: «y que salimos juntos van cuarenta y siete». Métricamente es perfecto: 7+7, el molde más antiguo del verso español, el que usaban los poetas del mester de clerecía en el siglo XIII. Pero el contenido es radicalmente contemporáneo, radicalmente cotidiano, radicalmente tuyo si has amado a alguien lo suficiente. «Salimos juntos» no es una declaración solemne: es la misma frase que alguien dice al salir a comprar el pan. Y sin embargo, dentro del poema, esas dos palabras pesan como toda una vida.

Ana María Olivares Tomás, prologuista del libro, recuerda que cuando recibió este poema no supo distinguir si era una pieza lírica o «una confesión abierta del corazón». Quizá sea, como ella intuye, que esa frontera nunca existió realmente. Porque Cuarenta y siete es de esos poemas que no te piden que lo admires: te piden que lo reconozcas. Y si lo reconoces, ya es tuyo.

Javier Pérez-Ayala