TEMPESTADES
Autor: J. Carlos Mellado Fernández
Editorial Poesía eres tú · Primera edición, 2026 · 50 poemas · ISBN: 979-13-87806-33-0
TÍTULO Y AUTOR
Hay títulos que actúan como diagnóstico antes de que el lector abra el libro. Tempestades, el primer poemario de J. Carlos Mellado Fernández, publicado en 2026 por Editorial Poesía eres tú, es uno de ellos. No promete belleza, ni nostalgia, ni consuelo: promete intemperie. Y cumple.
Mellado Fernández pertenece a la primera generación que creció simultáneamente bajo la crisis financiera de 2008, la digitalización total de las relaciones afectivas y la pandemia de 2020. Esta tríada de experiencias —precariedad económica, amor líquido y disrupción existencial colectiva— no aparece en el libro como telón de fondo decorativo, sino como atmósfera constitutiva. La Generación Z, de la que Mellado Fernández es voz emergente, es la primera que tuvo que aprender a querer en pantallas antes de aprender a querer en persona, y ese aprendizaje torcido impregna cada una de las tres secciones del poemario.
Tempestades es su primera publicación, lo cual convierte el libro en un acto de coraje editorial además de literario: no la obra de un autor que ha pulido su voz durante décadas, sino la voz de alguien que escribe porque no tiene otro instrumento con el que soportar lo que soporta. Esa urgencia es, paradójicamente, uno de sus activos más valiosos.
RESUMEN CONCEPTUAL
Tempestades no tiene trama porque la poesía no la necesita. Tiene algo más difícil de construir: un arco. El poemario documenta un proceso completo de formación de conciencia adulta dividido en tres fases que dan título a sus secciones: DESANGRE, ABISMO y RESISTENCIAS. No son compartimentos estancos sino fases de un mismo organismo en movimiento.
DESANGRE, con veintiún poemas, explora el amor como herida constitutiva: el amor que envenena, que enmudece, que consume y que, en el poema bisagra que cierra la sección, revela su origen en la figura materna. ABISMO, con veinte poemas, desciende al interior de la crisis psicológica —la voz que ordena hacerse daño, la soledad habitada, el monstruo que resulta ser uno mismo— con una honestidad que la poesía comercial contemporánea raramente se permite. RESISTENCIAS, con nueve poemas, transforma la energía acumulada en las dos secciones anteriores en mirada política: la generación que fue herida íntimamente descubre que su herida tiene nombre colectivo.
El eje conceptual del libro es el proceso —nunca resuelto, nunca lineal— por el que el dolor privado se convierte en conciencia compartida. Cincuenta poemas con títulos individuales, sin numeración arábiga ni romana, organizados en esa progresión tripartita que convierte una colección en obra.
ANÁLISIS DE ELEMENTOS POÉTICOS
Arquitectura del poemario
La decisión arquitectónica más inteligente de Tempestades no es la estructura tripartita en sí, sino la proporción y función de cada parte. DESANGRE y ABISMO tienen extensión similar —veintiún y veinte poemas respectivamente—, mientras RESISTENCIAS, con sólo nueve, actúa como detonador final. Esta asimetría es deliberada: el peso del libro recae sobre la experiencia interior, y la mirada política llega como consecuencia, no como propósito. Si las tres secciones tuviesen la misma extensión, el libro se convertiría en manifiesto. Así, permanece poema.
El poema “Única” funciona como bisagra maestra entre DESANGRE y ABISMO. Tras veinte poemas de amor heterogéneo —celebratorio, doloroso, cósmico—, el último de la sección revela mediante un acrónimo vertical (M-A-M-Á) que el primer amor del sujeto lírico es su madre. “La única mujer de mi vida. / M / A / M / Á”. La revelación relee retroactivamente todos los poemas anteriores y justifica el descenso que viene: quien busca amor así de incondicional en relaciones adultas está destinado al abismo.
En la Sección II, “Monstruo” y “Amenaza” funcionan como díptico de revelación progresiva. En “Monstruo”: “Me susurra que me mate frente al cristal, / que me suba a la azotea y pruebe a volar”. En “Amenaza”, doce poemas después: “No me deshago de él, porque yo soy él. / Soy el monstruo.” La estructura espacial entre ambos poemas replica el tiempo que tarda una persona en reconocer que la amenaza que cree exterior es interior.
Análisis métrico-formal
Mellado Fernández trabaja predominantemente con el verso libre de tendencia cuartetaria: estrofas de cuatro versos sin esquema métrico fijo pero con regularidad visual que crea ilusión de contención formal. Esta decisión es expresivamente coherente: el libro trata de emociones que desbordan pero que el sujeto intenta —infructuosamente— ordenar. La forma aspira al control que el contenido niega.
Donde el libro demuestra mayor dominio técnico es en el poema “Everest”, que abandona la regularidad cuartetaria para adoptar una forma narrativa de extensión variable. Las cinco estrofas de longitud desigual simulan el avance accidentado de la ascensión: “El aire cortaba los pulmones como vidrio frío, / cada paso crujía bajo el peso del miedo, / la nieve sabía a hierro en la lengua / y las manos dejaron de ser manos / mucho antes de llegar.” Cinco sentidos activados en cinco versos, con encabalgamiento que detiene al lector justo donde el cuerpo del sujeto se detiene.
Las composiciones anafóricas —”Una rosa y un poeta”, “Invisible”, “El lobo y el cordero”— funcionan como forma autónoma: la repetición inicial no es ornamento musical sino estructura portante. En “Invisible”: “Como el perro abandonado que espera una caricia, / como el vagabundo que espera un par de monedas, / como el hombre destruido tras ver morir a su familia, / como una mujer abatida por perder el amor de su vida”. La enumeración anafórica convierte la queja personal en diagnóstico de marginalidad colectiva antes de la conclusión individual: “Así me siento: alguien invisible.” Es el movimiento retórico más característico de Mellado Fernández: de lo particular a lo universal, y de vuelta.
Los encabalgamientos estratégicos funcionan como instrumento de caída emocional. En “Parásito”, los dos versos finales aislados —“Convertirme en tierra, / estar siempre bajo tus pies”— caen con la lógica de una rendición anunciada. En “Último suspiro”, la fragmentación de “hasta que la muerte cobra / lo que la vida / no nos dejó cuidar” en tres líneas obliga al lector a detenerse donde el dolor lo requiere. La forma no decora; mimetiza.
Estilo y lenguaje
El registro lingüístico de Tempestades es deliberadamente híbrido. Mellado Fernández convoca en el mismo espacio términos de raigambre culta —apeiron, ataráxia, crisálida, la ecuación de Dirac, la biblioteca de Alejandría— y expresiones de registro oral inmediato: “se le caía la baba”, “paso de creer”, “hablar por chat”. Esta dualidad no es incoherencia; es el retrato lingüístico de una generación que consume filosofía presocrática en podcasts y declara amor en mensajes de voz.
El campo semántico del libro opera en cuatro capas simultáneas: lo corporal (sangre, piel, pecho, manos, lengua), lo elemental (fuego, agua, luz, tierra, volcán), lo animal (lobo, mariposa, cuervo, pirañas, ciervo) y lo cósmico (galaxia, planetas, estrellas). Estos campos no compiten; se superponen y se transforman a lo largo del libro con una consistencia que produce el efecto de un sistema de ecos internos.
El tono predominante es confesional sin autocompasión, distinción crucial. Mellado Fernández expone sin pedir perdón por exponerse y sin solicitar la compasión del lector. “¿Cómo de desdichado hay que ser para que la vida te ignore? / ¿Cómo de pobre has de ser para que ni a la muerte le importes?” (“Game over”): la pregunta retórica produce identificación, no lástima.
Universo simbólico
Los territorios líricos de Tempestades son el cuerpo, el cosmos y el espacio social degradado. El cuerpo es el escenario primario donde sucede toda la emoción: “Se desborda la lava de mi pecho con sus caricias” (“Inferno”), “con los dedos entumecidos y el pecho vacío” (“Everest”). Las emociones no se declaran; se ubican anatómicamente.
La sangre es el símbolo más recurrente y el más polisémico. En DESANGRE es marca del amor que consume: “su idioma es mi sangre, / y no paro de sangrar”. En ABISMO es imagen de autodestrucción: “la sangre y las sombras / cubrirán toda la luz”. En RESISTENCIAS es denuncia política: “los altos cargos permanecen limpios, pero llenos de sangre”. Un mismo símbolo atraviesa las tres secciones sin agotar su significado: eso es arquitectura simbólica, no repetición.
El fuego traza un arco idéntico: de la pasión amorosa en “Inferno” (“Torrentes de magma en mi volcán interior”) a la enfermedad psicológica en “Lumbre” (“Es un fuego que consume poco a poco, que arrasa con todo”) hasta la resistencia colectiva en “El pueblo salva al pueblo” (“incendiando la noche con nuestra existencia”). El símbolo se transforma con el libro; el libro se sostiene por la transformación del símbolo.
INTERPRETACIÓN Y JUICIO CRÍTICO
Interpretación fundamentada
La tesis poética de Tempestades puede formularse así: el dolor privado y el daño colectivo tienen la misma raíz, y reconocerla es el único acto político real disponible para una generación que ha perdido la fe en las instituciones pero no en la palabra. “No hay derecha ni izquierda. / Solo nosotros, los de siempre” (“El pueblo salva al pueblo”) no es nihilismo político; es el desplazamiento del eje desde la ideología hacia la experiencia compartida. El libro propone la comunidad de los heridos como única base posible de acción colectiva.
La coherencia interna de este planteamiento es notable. Cada decisión formal responde al concepto central: las anáforas acumulan evidencias de una herida que el sujeto no puede dejar de nombrar; los encabalgamientos reproducen la caída; la estructura tripartita replica el proceso terapéutico real (nombrar el dolor, descender a él, salir con otro nivel de conciencia). El libro piensa con su forma, no sólo con su contenido.
Evaluación técnica
Originalidad: Lo que distingue Tempestades en el panorama de la poesía confesional contemporánea española no es la temática —amor, crisis, política son territorios saturados— sino la arquitectura. Mellado Fernández construye un libro con desarrollo real, no una colección de instantes. La mayoría de la poesía de amplia difusión en redes funciona como galería de estados de ánimo; Tempestades funciona como proceso. Esa diferencia es la que separa el post del poema.
Dominio formal: La sinestesia es el recurso técnicamente más preciso del libro. En “Everest”: “el silencio masticándome despacio por dentro” convierte lo auditivo en táctil y gustativo. En “La llama”: “el dulce sonido de las rocas en mi lengua, / escuchando cómo se rompen por la mitad” funde gusto, oído y tacto para representar la incapacidad de correspondencia emocional. La sinestesia no es aquí ornamento; es diagnóstico de estados donde la percepción ordinaria se desintegra.
Impacto emocional: El libro genera identificación inmediata por la franqueza del léxico y la primera persona directa, y produce extrañamiento posterior cuando la imagen sinestésica o la anáfora acumulativa convierten el reconocimiento en experiencia estética. Ese doble movimiento —comprender y ser sorprendido— es más infrecuente de lo que parece en poesía accesible.
Fortalezas técnicas y apuestas arriesgadas
Fortaleza 1: La arquitectura tripartita con progresión real. DESANGRE, ABISMO y RESISTENCIAS no son etiquetas decorativas. El libro cambia genuinamente de temperatura emocional, campo semántico y sujeto lírico entre secciones. Que cincuenta poemas independientes produzcan conjunto con lógica interna es la fortaleza mayor de un primer poemario.
Fortaleza 2: El tratamiento de la salud mental sin autocompasión. “Monstruo”, “Amenaza” y “Game over” abordan la crisis psicológica severa —incluida la voz autodestructiva— con una honestidad que la poesía de amplio consumo raramente se permite. “Y yo, furioso, le atino un puñetazo al espejo, / donde solo me veo yo…” (“Monstruo”). No hay victimización, no hay regodeo: hay descripción clínica en verso.
Fortaleza 3: La consistencia de voz. A lo largo de cincuenta poemas en tres registros temáticos distintos, la voz de Mellado Fernández es reconocible sin ser monótona. Eso exige un trabajo de construcción de identidad lírica que los primeros libros raramente logran con esta solidez.
Apuesta arriesgada 1: La extensión asimétrica de las secciones. RESISTENCIAS, con sólo nueve poemas frente a los veinte y veintiún de las anteriores, puede sorprender a lectores habituados a la simetría estructural. Es, sin embargo, una decisión coherente con el concepto: la resistencia no puede tener el mismo peso que la herida que la precede sin trivializar ambas. Los lectores que valoran la proporción conceptual sobre la simetría formal reconocerán en esta asimetría una elección de integridad.
Apuesta arriesgada 2: La oscilación tonal entre lo íntimo y lo político. El salto de la crisis psicológica personal a la denuncia político-social entre la Sección II y la III es el movimiento más arriesgado del libro. Para el lector que compra poesía exclusivamente como objeto de identificación sentimental, la Sección III puede producir extrañamiento. Para el lector que busca que la poesía piense además de sentir, ese salto es el momento en que Tempestades trasciende su categoría aparente y se convierte en algo más exigente.
TÉCNICAS INNOVADORAS PARA EL LECTOR CONTEMPORÁNEO
Tempestades habla el idioma de su generación con una precisión que no se reduce a citar plataformas digitales. Cuando “Generación Z” declara que “Viven pegados a una conexión constante / que no les deja ver la naturaleza, el arte y el paisaje”, Mellado Fernández no describe la tecnología desde fuera, como haría un observador de otra generación: la describe desde dentro, como quien conoce la trampa porque la ha vivido en carne propia.
La referencia a “hablar por chat” en “Ilusión”, o la imagen del “botón de reiniciar lleno de polvo” en “Game over”, incorporan el universo digital no como adorno contemporáneo sino como metáfora funcional de la crisis. El libro convierte la estética de la pantalla —la interrupción, el mensaje no contestado, la desconexión brusca— en sistema de imágenes poéticas sin necesidad de explicarlas. El lector joven las reconoce antes de que su mente las procese conscientemente.
Mellado Fernández equilibra esta inmediatez digital con referencias culturales de mayor densidad —la ecuación de Dirac, el presocrático Anaxímandro, la Generación Z como sujeto histórico— que elevan el texto sin hermetizarlo. El resultado es un libro que puede leerse como poesía de estados de ánimo en una primera lectura y como poesía con arquitectura conceptual en la segunda. Ese doble circuito de recepción es el posicionamiento más inteligente que un poemario puede tener en 2026.
CONTEXTO HISTÓRICO Y CULTURAL
Contexto generacional
Tempestades es, entre otras cosas, un documento generacional. La Generación Z española —nacidos entre 1995 y 2010 aproximadamente— creció bajo la sombra de tres crisis simultáneas que ninguna generación anterior había combinado: la crisis económica de 2008, que modeló su relación con la precariedad laboral y el futuro; la digitalización total de las relaciones afectivas, que reformuló el amor antes de que pudieran experimentarlo de otra manera; y la pandemia de 2020, que interrumpió su transición a la vida adulta con un confinamiento existencial.
Todas estas capas están en Tempestades sin que ninguna se mencione explícitamente. La “conexión constante / que no les deja ver la naturaleza” de “Generación Z”, el amor como veneno y parásito de la Sección I, la crisis psicológica de la Sección II: son las marcas de agua de una generación que aprendió a sentir en condiciones extraordinariamente adversas.
Contexto poético actual
La poesía española contemporánea transita en 2026 entre varios circuitos que raramente dialogan entre sí: la poesía de redes de amplia difusión y escasa densidad formal, la poesía académica de escasa difusión y alta densidad, y el espacio intermedio de autores que buscan ambas cosas. Tempestades se instala con convicción en ese tercer espacio: habla el idioma de las redes pero construye un libro con la seriedad de la tradición. En el panorama saturado de poemarios que se agotan en su primer poema, Tempestades tiene la ambición de ser leído de principio a fin.
COMPARACIÓN CON POETAS DEL SIGLO XX
Con Luis Cernuda
Cernuda documentó en Los placeres prohibidos y La realidad y el deseo la grieta entre lo que el amor promete y lo que entrega, con la distancia elegante característica de la Generación del 27. Mellado Fernández comparte con Cernuda la documentación del deseo insatisfecho sin eufemismos: ambos escriben desde el fracaso amoroso sin pretender que ese fracaso sea hermoso. Donde Cernuda mantenía una distancia de dicción que convertía el dolor en artefacto estético (“Un río, un amor”, “Si el hombre pudiera decir”), Mellado Fernández elimina toda mediación: “Hay una rosa que ya no dice nada; / su idioma es mi sangre, / y no paro de sangrar”. La diferencia es generacional y política: Cernuda escribía bajo censura y necesitaba el velo de la elegancia; Mellado Fernández escribe en un mundo que ha normalizado la exposición y apuesta, paradójicamente, por la desnudez como acto de resistencia.
Con Blas de Otero
La Sección III de Tempestades activa deliberadamente el territorio de Blas de Otero: la poesía como acto de compromiso colectivo, el nosotros como sujeto lírico, la denuncia directa de quienes detentan el poder. “Los altos cargos permanecen limpios, pero llenos de sangre; / se mueven entre risas calculadas y planes invisibles” (“El pueblo salva al pueblo”) recupera el tono de Otero en Pido la paz y la palabra. Pero donde Otero escribía desde una fe histórica en el progreso colectivo, Mellado Fernández lo hace desde el escepticismo posmoderno: “No hay derecha ni izquierda. / Solo nosotros, los de siempre.” Es la misma rabia, pero sin la utopía que la sostenía. Eso no es menos; es, acaso, más honesto.
Con Jaime Gil de Biedma
Gil de Biedma construyó en Moralidades y Compañeros de viaje una poesía de experiencia cotidiana elevada a reflexión moral, con la ironía como instrumento de distancia crítica. Mellado Fernández comparte la apuesta por la experiencia vivida como material poético suficiente: no hay en Tempestades ningún vuelo metafísico que no esté anclado en una experiencia corporal concreta. La diferencia es el uso de la ironía: Gil de Biedma la empleaba como filtro que enfrió la emoción y la hizo más inteligente; Mellado Fernández prescinde casi enteramente de ella, apostando por la exposición directa. “Me rompo en mil trozos por cualquier tontería. / Y al final el tonto soy yo, por creer que me lo merecía” (“Ilusión”): hay autocrítica, pero no hay distancia.
COMPARACIÓN CON POESÍA CONTEMPORÁNEA
Con Elvira Sastre
Sastre es la referencia más visible de la poesía española joven de amplia recepción: voz confesional femenina, amor como territorio central, accesibilidad léxica, identificación generacional inmediata. Mellado Fernández comparte con Sastre la franqueza emocional sin filtro y la capacidad de producir identificación en lectores que raramente compran poesía. La diferencia decisiva es el alcance: la obra de Sastre habita principalmente el territorio amoroso; Mellado Fernández expande desde allí hacia la crisis psicológica severa y la denuncia política en un mismo volumen, construyendo un arco que Sastre raramente atraviesa dentro de un libro único.
Con Diego Ojeda
El poemario Chico (2016) de Diego Ojeda es el precedente más directo en términos de masculinidad vulnerable, desamor como crisis de identidad y uso de la cotidianidad como material poético. Mellado Fernández comparte con Ojeda la voz masculina joven que no teme la exposición sentimental. La diferencia es formal: Ojeda trabaja con mayor condensación y economía verbal; Mellado Fernández tiende a la acumulación y la expansión. “En la yema de tus dedos” —el poema más largo del libro, una enumeración hiperbólica de más de treinta versos— representa una ambición acumulativa que Ojeda raramente persigue. Son apuestas distintas para resultados igualmente legítimos.
OPINIÓN PERSONAL FUNDAMENTADA
Valoración global
Tempestades es un primer poemario que resuelve con convicción el problema más difícil que enfrenta cualquier debut: la coherencia de conjunto. No es colección de mejores poemas; es un libro con arquitectura, en el que el orden importa y el arco completo supera la suma de sus partes. Hay poemas que funcionan como objetos autónomos de alta intensidad —”Everest”, “Lumbre”, “Única”, “Game over”— y otros cuya función es más estructural que individual. Esa distinción, lejos de ser un reparo, es la marca de un autor que ya piensa en términos de libro y no solo de poema.
Lo que permanece después de la lectura completa no es un verso específico sino una experiencia de trayectoria: la sensación de haber acompañado a alguien desde la confusión hasta la lucidez, sin que en ningún momento haya fingido haber llegado a una resolución que no tiene. Tempestades no promete alivio y no lo entrega. Promete honestidad y la cumple página a página.
Recomendación segmentada
Para lectores habituales de poesía contemporánea española: Tempestades ofrece lo que la poesía de redes raramente proporciona —arquitectura de libro, variedad formal, densidad técnica— con una accesibilidad que no sacrifica la complejidad. Es el libro que demuestra que ambas cosas son posibles al mismo tiempo.
Para lectores que descubren la poesía: la primera persona directa, el léxico contemporáneo y la temática reconocible funcionan como puerta de entrada; la estructura tripartita y los poemas más exigentes funcionan como invitación a regresar con otra atención.
Para estudiantes y profesores de literatura: Tempestades es un caso de estudio valioso en poesía española contemporánea que dialoga conscientemente con la tradición sin estar colonizado por ella. La sinestesia como diagnóstico, la anáfora como estructura retórica, los encabalgamientos que mimetizan contenido: hay herramientas suficientes para un seminario.
Para lectores que han transitado por crisis de salud mental o desencanto generacional: la Sección II es, posiblemente, la representación más honesta disponible en la poesía española reciente de esos estados, sin romanticización ni simplificación.
CONCLUSIÓN
Tempestades llega al panorama poético español de 2026 haciendo lo más difícil: construir un primer libro que sea realmente un libro. Mellado Fernández no ha publicado una colección de poemas notables; ha construido un arco con lógica interna, personaje lírico en desarrollo y final que no resuelve sino que abre. Eso exige un nivel de conciencia estructural que los primeros libros raramente poseen.
La aportación principal al género es la demostración práctica de que accesibilidad y densidad formal no son incompatibles. En un mercado poético polarizado entre la poesía de red sin arquitectura y la poesía académica sin lector, Tempestades ocupa el espacio intermedio con solidez: habla a los veinticinco años sin renunciar a la tradición de cuatrocientos.
La posición de Mellado Fernández en el panorama poético actual es la de un autor que ya tiene voz propia en su primer libro, lo cual es exactamente lo que una editorial busca y raramente encuentra. Tempestades no es el libro de alguien que está aprendiendo a escribir poesía; es el libro de alguien que ya sabe para qué sirve.
Como escribió el propio Mellado Fernández en el poema que mejor resume la apuesta completa del libro: “Y nadie distinguirá / si quemaste el mundo / o te quemaste a ti.” Ambas cosas, simultáneamente, es lo que hace la buena poesía.
Crítica realizada por Ana María Olivares