Poema
Sentirse marchito,
sin saber cuándo fue…
«Pudo ser en otoño,
cuando las hojas postradas
abrazaban las aceras,
al abrigo del relente
y del viento del norte
que desterraba indolente,
la potestad de su porte…».
Postular la lozanía,
con la tez del envés…
«Quizás presagio de campanas,
tal vez surcos en la mies,
unos dicen que sonaron
y otros que fueron las huellas
que iban dejando los pies…».
Hacerse adulto en los adentros
con arrugas en la piel,
es aceptar lo que somos
y conocer el por qué…
«Nacemos llorando desnudos
para crecer al revés,
y el tiempo nos viste azarosos
entre puertas que custodian
lo que de lejos, no ves…»
Hacerse viejo sin remedio,
disimulando sin fe,
es ser crédulo a hurtadillas
y fingidor a la vez.
Cuando se quiebran los rasgos
como escarcha en un vergel,
seguimos menguando al derecho,
para medrar al revés…
Hacerse viejo, compañero,
es caminar, tú, ¿por qué…?
Análisis
El poema «Sentirse marchito» es, de todo el libro, el que trabaja el motivo de la edad con más densidad y menos retórica. La elección de un verbo en pretérito indefinido, «fue», en el segundo verso, marca ya el tono: la vejez no se está produciendo, ya pasó, y la memoria no recuerda cuándo. Sasia construye el poema en cuatro estrofas que funcionan como cuatro definiciones sucesivas, cada una de las cuales añade un ángulo sin repetir la anterior. La primera estrofa, encabezada por un entrecomillado que parece provenir de la memoria de otro («Pudo ser en otoño…»), sitúa la vejez en un paisaje reconocible: las hojas de las aceras, el relente, el viento del norte. La segunda, también en estilo indirecto, desplaza el motivo al terreno de lo auditivo —campanas, pisadas— y al de la duda: «unos dicen que sonaron / y otros que fueron las huellas». La tercera, ya en primera persona, lleva el motivo a su formulación más célebre: «Nacemos llorando desnudos / para crecer al revés». La cuarta, de cierre, introduce la dimensión moral: «disimulando sin fe», «fingidor a la vez», y termina con una pregunta al lector —«caminar, tú, ¿por qué…?»— que no es retórica sino genuinamente interrogativa.
Lo más interesante es el uso de la prosa entre comillas como contrapunto del verso medido. Esos entrecomillados, que parecen citas de una voz anterior, otorgan al poema una cualidad coral: no habla solo el yo, hablan también el tiempo, la calle, los otros. El resultado es un poema que no se cierra sobre sí mismo, sino que se abre hacia una experiencia compartida. La métrica, por su parte, alterna con naturalidad el heptasílabo y el endecasílabo, y la rima asonante en los versos pares no se exhibe, se limita a acompañar. Hay además un trabajo muy consciente del encabalgamiento en los momentos de inflexión —«Nacemos llorando desnudos / para crecer al revés»—, que obliga a leer el verso siguiente sin pausa, y de ese modo convierte la edad en movimiento. Y, sobre todo, hay una decisión de fondo que conviene subrayar: Sasia no escribe desde la queja, no escribe desde la épica del superviviente, escribe desde la observación serena, y por eso el poema se cierra con una pregunta, no con una afirmación. Quien lea este poema y el conjunto del libro entenderá que la vejez, en Sasia, no se lamenta: se nombra, se mide, se comparte. Y eso, en la poesía española de los últimos años, es una pequeña victoria del tono sobre la consigna.
Crítica realizada por Ana María Olivares