Hay nombres que la historia literaria dejó caer sin hacer ruido. Nombres de mujer, casi siempre. Margarita Gil Roësset —Marga, para quienes la conocieron— fue escultora, ilustradora, poeta y una de las inteligencias más singulares de su generación. Murió el 28 de julio de 1932, en Las Rozas de Madrid, con veinticuatro años. Antes de morir destruyó casi toda su obra. La Generación del 27 siguió su curso sin detenerse demasiado en ella.

Noventa años después, la poeta Mia Reig le dedicó el poema central de su primer libro, Parajes Impares, publicado en Editorial Poesía eres tú. «Marga no llegó al libro sola», explica Reig en su entrevista en esta revista. «Su figura vino motivada por la profunda impresión que me causó su historia cuando, en el contexto de la educación de personas adultas, coordinaba unas tertulias literarias centradas en las mujeres olvidadas del 27.» Este artículo es también esa misma deuda: la de recordar a quien merece ser recordada.

Una niña que ya era artista

Margarita Gil Roësset nació el 3 de marzo de 1908 en Madrid, hija de Julián Gil Clemente, general de ingenieros, y de Margot Roësset Mosquera, de origen franco-gallego y gran cultura. Nació enferma, y la intensidad con que su madre la mantuvo viva se transformó con el tiempo en una relación de protección tan estrecha que rozaba el control absoluto. Esa atmósfera familiar —claustrofóbica y a la vez fértil en estímulos artísticos— explica en parte la urgencia creativa que caracterizó toda su corta vida.

A los siete años dibujaba y escribía con una habilidad que sorprendía a los adultos. En 1920, con doce años, ilustró El niño de oro, cuento escrito por su hermana Consuelo: las ilustraciones revelaban ya un dominio del trazo poco común en alguien de su edad. Siguieron Rose des Bois (1923) y Canciones de niños (1932), libros en los que el dibujo de Marga combinaba el modernismo y el simbolismo con líneas cada vez más volumétricas y expresivas, anticipando una vanguardia que en España todavía estaba encontrando su forma.

La escultora que nadie le enseñó a ser

A los quince años, Marga tomó una decisión radical: abandonó la ilustración y se entregó por completo a la escultura. Su madre buscó orientación en el escultor Victorio Macho, que rechazó ser su maestro no por falta de talento en la joven, sino exactamente por lo contrario: veía en Marga una genialidad tan propia que cualquier influencia directa podría dañarla. Marga aprendió sola.

Ese autodidactismo radical se convirtió en su marca de estilo. Sus esculturas —trabajadas en materiales tan exigentes como el granito— no remitían a ninguna escuela reconocible. Eran de una originalidad sin precedentes. En 1930 y en 1932 fue admitida en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, logro notable para una mujer joven y sin formación académica en la España de la época. Entre sus obras más celebradas figuró el busto de Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón Jiménez, que Marga esculpió mientras ambas mantenían largas conversaciones sobre arte y literatura. Fue en esas sesiones donde el poeta entró en su vida.

El amor que lo destruyó todo

En 1932, Marga conoció a Juan Ramón Jiménez en un recital de ópera. Lo que ocurrió después pertenece a esa zona de la historia donde el amor y la destrucción son difícilmente separables. Marga se enamoró de un hombre casado y consagrado, que la trató con la mezcla de admiración intelectual y distancia emocional que suele ser más devastadora que el rechazo abierto. Juan Ramón veía en ella a una artista excepcional; Marga veía en él algo que el arte solo no podía darle.

La mañana del 28 de julio de 1932, Marga fue a su estudio y destruyó casi todo lo que había creado. Después se acercó a la casa de Juan Ramón, dejó sobre su mesa un diario con poemas, ilustraciones y confesiones, y se disparó un tiro en la cabeza. Tenía veinticuatro años. Las páginas que dejó contenían, entre otras cosas, esta certeza: «me parece que tendré que morirme triste… sin beso… ni corazón… ni voz de plata…»

El diario que la rescató del silencio

Juan Ramón Jiménez guardó el diario durante décadas. No lo publicó, pero tampoco lo destruyó, como si supiera que aquellas páginas tenían una vida propia que él no podía cancelar. En 1997, el periódico ABC publicó algunos fragmentos del cuaderno y el nombre de Marga volvió a circular, aunque todavía de forma fragmentaria y sobre todo con el foco puesto en su amor imposible antes que en su obra.

Fue en 2015 cuando el diario completo fue publicado en el marco de un proyecto editorial diseñado para honrar su memoria tal como Juan Ramón había concebido. Con esa publicación, y con la posterior recuperación de algunos de sus trabajos por parte del Círculo de Bellas Artes de Madrid desde 2001, empezó a tomar forma el retrato real de Marga: no solo la mujer enamorada que se destruyó, sino la artista prodigiosa que en apenas una década había producido una obra de una modernidad y una fuerza difíciles de clasificar.

Las Sinsombrero y el olvido como sistema

El caso de Marga no fue una excepción. Fue una norma. Las mujeres de la Generación del 27 —Concha Méndez, Ernestina de Champourcin, María Zambrano, Rosa Chacel, entre otras— compartieron el mismo destino de invisibilidad sistemática mientras sus contemporáneos masculinos eran elevados a la categoría de canon literario. El proyecto Las Sinsombrero, impulsado a partir de 2015 por Tània Balló, Serrana Torres y Manuel Jiménez Núñez, documentó ese olvido y lo convirtió en una conversación pública que todavía no ha terminado.

Lo que hace singular el caso de Marga dentro de ese grupo es que el olvido fue doble: el olvido histórico que compartió con todas las demás, y el olvido material que ella misma se infligió al destruir su trabajo. Recuperarla exige, por tanto, un esfuerzo doble: el de la investigación histórica y el de la imaginación, porque buena parte de lo que pudo haber sido su obra ya no existe.

La voz que la poesía le devuelve

Hay una forma de justicia que no pasa por los archivos ni por las instituciones, sino por la escritura. Cuando Mia Reig cerró Parajes Impares con un poema dedicado a Margarita Gil Roësset —otorgándole la última sección del libro, el espacio de mayor peso simbólico—, estaba haciendo exactamente eso: devolver presencia a quien la historia había borrado. «Marga me llevó a un paraje fresco, íntimo y silencioso en el que amé acompañarla», cuenta Reig. «El resultado fue un precioso ramillete de palabras convertido en poema solo para ella, con el fin de recuperar su memoria.»

Así funciona la poesía cuando funciona de verdad: no como monumento, sino como encuentro. Marga Gil Roësset murió el 28 de julio de 1932 con veinticuatro años y sin saber que noventa años después una pedagoga jubilada en Valencia abriría un libro en una tertulia literaria, leería su nombre y decidiría que merecía un poema. Que merecía, sobre todo, no ser olvidada otra vez.

Lee la entrevista completa a Mia Reig sobre Parajes Impares y el poema dedicado a Margarita Gil Roësset: «La poesía es un espacio donde caben los sueños, las denuncias, las terapias del alma».