NO LEÍMOS A HOMERO

Teníamos la esperanza
Jamás nos rendíamos y volvíamos
a las calles. Los hicimos temblar

Teníamos la esperanza
y la fe de que esta vez sí…
que esta vez lo lograríamos

La lucha era el pan cotidiano
Teníamos la belleza y la luz con nosotros
y la pertinaz solidaridad de los hermanos

Pero Homero lo advirtió: las sirenas cantan
Leyes, votos, dinero y sonrisas falsas
nos derrotaron y bajamos los puños

Compramos coches, casas, televisores de plasma
Abandonamos la idea de clase
y descartamos la palabra dignidad
No habíamos leído a Homero

Fernando Barbero Carrasco
La muerte siempre nos deja con algo por hacer, Ediciones Rilke, 2026

Las sirenas del conformismo: cuando la derrota no llega con estruendo sino con catálogo de Ikea

Hay poemas que no se escriben: se destilan. Se acumulan despacio en el fondo del cuerpo durante décadas, entre asambleas y manifestaciones y puños en alto, entre las fotografías que un día tendrán la mitad de los retratados y los sueños que se posponen primero para la semana que viene y luego para siempre. “No leímos a Homero” es uno de esos poemas. Un poema que Fernando Barbero Carrasco no podría haber escrito con veinte años porque aún no sabía cuánto dura una derrota ni de qué color viene vestida.

Lo primero que golpea al lector es la arquitectura de la esperanza. Las tres primeras estrofas están construidas sobre la misma piedra: “Teníamos la esperanza”. La anáfora no es adorno, es memoria muscular. Así habla quien ha repetido una verdad tantas veces que el cuerpo la recuerda antes que la mente. Cada repetición acumula peso, cada vuelta a esa frase es una vuelta a las calles, a la convicción de que esta vez sí, que esta vez el mundo cedería. El lector que llegue a este poema sin haber vivido aquellos años sentirá que algo tiembla en esas repeticiones, algo que vibra entre la fe y la ingenuidad, entre el coraje genuino y la ceguera hermosa de quien no ha leído todavía el capítulo en el que Ulises termina atado al mástil.

Porque la cuarta estrofa es una guillotina. “Pero Homero lo advirtió: las sirenas cantan / Leyes, votos, dinero y sonrisas falsas / nos derrotaron y bajamos los puños.” La conjunción adversativa —ese “pero” que abre el verso como se abre una herida— parte el poema en dos mundos: el de quienes creían y el mundo que les esperaba. Y la clave de todo está en los instrumentos de la derrota. Barbero no pone tanques ni torturas ni represión: pone leyes, votos, dinero y sonrisas. Las armas más sofisticadas que existen, las que no se ven llegar porque llegan envueltas en institucionalidad y barniz democrático. Homero lo sabía: las sirenas no matan a navajazos, cantan.

La estrofa final es devastadora en su ordinariez. “Compramos coches, casas, televisores de plasma / Abandonamos la idea de clase / y descartamos la palabra dignidad / No habíamos leído a Homero.” El televisor de plasma es un detalle de época que en 2026 ya resulta arqueológico, y esa pequeña distancia temporal hace el verso todavía más cruel: el objeto que simboliza la rendición ya está obsoleto, pero la rendición permanece. Hay una ironía feroz en poner esa enumeración de bienes de consumo justo antes de “la idea de clase” y “la palabra dignidad”, como si los tres elementos perteneciesen a la misma lista de la compra, como si hubiesen sido canjeados en un trueque del que nadie recuerda exactamente cuándo se firmó el contrato.

La vuelta al título en el cierre —”No habíamos leído a Homero”— no es un lamento ni una excusa: es un diagnóstico. No dice “nos engañaron”, aunque también. Dice nosotros no sabíamos, nosotros no estábamos preparados, nosotros llegamos al canto de las sirenas sin saber que el único modo de resistirlo es pedirle a alguien que te ate al mástil antes de escucharlas. El poema no culpa al sistema, aunque lo desnuda. Culpa, con una honestidad que duele por lo que tiene de propia, la falta de preparación de una generación que tuvo la belleza y la luz y la solidaridad y no tuvo a Homero.

Lo que hace excepcional a este poema dentro del libro, y dentro de la poesía social española contemporánea, es esa ausencia de monumento. No hay héroes aquí. Hay personas que lucharon de verdad y que después compraron coches. Personas que bajaron los puños no porque se rindieran en un instante dramático sino porque la rendición llegó en cuotas mensuales, disfrazada de normalidad y progreso. La derrota que describe Barbero es la más difícil de nombrar porque tiene la forma exacta de la vida cotidiana.

Y sin embargo el poema no desespera. Bajo la superficie de la derrota hay algo que permanece, que es el propio acto de escribirlo. Quien escribe “no habíamos leído a Homero” lo ha leído ya. Y eso, aunque llegue tarde, aunque no cambie el resultado, es exactamente lo contrario de rendirse.