EL ESCRITO SOBRE EL TIEMPO

Hace mucho que me he tumbado
Y mucho tengo que
Yacer

Hace mucho
Que la hierba cubre mis huesos
Hace mucho
Que los gusanos comen mi carne
Hace mucho
Que he adquirido mil nombres
Hace mucho
Que he olvidado mi nombre

Hace mucho que me he tumbado
Y mucho tengo que
Yacer.

Mak Dizdar, “El Escrito sobre el Tiempo”, de El Durmiente Pétreo

Cuando el tiempo se convierte en piedra y la piedra en voz

Hay poemas que te golpean como martillo sobre estela y este es uno de ellos, este “Escrito sobre el Tiempo” que Mak Dizdar talló sabiendo que el lector vendría siglos después a leerlo como quien lee inscripciones erosionadas en cementerios olvidados. No es poema para llorar sino para entender que el duelo tiene geología, que la muerte no mide en días sino en estratos de tierra que se acumulan sobre huesos que ya no recuerdan haber sido cuerpo.

El poema abre y cierra con el mismo verso como si fuera campana que marca tiempo inmóvil, tiempo que no avanza sino que se hunde, tiempo pétreo: “Hace mucho que me he tumbado / Y mucho tengo que / Yacer”. Esa repetición no es capricho formal sino mímesis brutal de la condición del muerto medieval que habla desde la estela funeraria bosnia, del durmiente que no duerme del todo porque la piedra tallada preserva su voz aunque su nombre se haya borrado. La estructura circular del poema replica la circularidad de la muerte misma, ese yacer que no tiene final porque el muerto no puede levantarse para cerrar su historia.

Dizdar fragmenta el verso “Y mucho tengo que / Yacer” con encabalgamiento que parte la frase como se parte una inscripción cuando la lluvia erosiona la piedra, dejando la palabra “Yacer” aislada, suspendida, condenada a ocupar verso entero como si fuera lápida. Ese “Yacer” solo, sin compañía sintáctica, es el poema entero condensado en verbo infinitivo que no conjuga porque la muerte no tiene personas gramaticales, solo tiene acción perpetua sin sujeto que la ejecute. El muerto no yace; el muerto ES yacer convertido en sustancia.

Luego viene la anáfora “Hace mucho” que martillea cuatro veces seguidas marcando capas geológicas de olvido: primero la hierba que cubre huesos (vegetación que conquista esqueleto), luego gusanos que devoran carne (descomposición orgánica), después la multiplicación de nombres (el muerto adquiere identidades falsas, se convierte en leyenda, en símbolo, en estadística), finalmente el olvido del nombre propio (borradura definitiva de identidad individual). Dizdar construye inventario de pérdidas que va de lo físico a lo ontológico, de la carne que se pudre al nombre que se evapora, y cada “Hace mucho” es tañido de campana fúnebre que marca distancia temporal insalvable entre vivos y muertos.

Pero lo más terrible del poema no es lo que dice sino lo que calla: el “Hace mucho” nunca se completa con cantidad temporal específica. No dice “Hace cinco siglos” ni “Hace mil años” sino solo “Hace mucho”, dejando el tiempo en suspenso como herida abierta que no cicatriza. Esa imprecisión deliberada convierte el tiempo en abismo sin fondo, tiempo que excede la capacidad humana de medirlo. El muerto ha perdido la cuenta de cuánto tiempo lleva muerto porque cuando uno muere el tiempo deja de ser calendario y se convierte en peso, en erosión, en acumulación de olvido.

La progresión del poema sigue lógica de descomposición material pero también de desintegración simbólica: primero el cuerpo (huesos, carne) luego la identidad (nombres, nombre propio). Dizdar entiende que la muerte no es evento único sino proceso de múltiples etapas donde cada capa de olvido sepulta la anterior hasta que no queda nada excepto la piedra tallada, la estela que contiene inscripción ilegible, testimonio erosionado de alguien que ya nadie recuerda. Y sin embargo esa estela habla, dice “Hace mucho que me he tumbado”, pronuncia su condición de yacer eterno con voz que viene de la caliza blanca, con tono que no es queja sino constatación fría como piedra misma.

El poema no ofrece consuelo metafísico, no promete resurrección ni vida eterna ni reencuentro en paraíso celeste. Solo ofrece permanencia material: la piedra que resiste cuando todo lo demás desaparece, la inscripción que persiste aunque erosionada, el testimonio pétreo que dice “estuve aquí” aunque ya nadie sepa quién fue ese “yo” que yace. Es materialismo radical pero no nihilista porque Dizdar propone que la memoria no está en el espíritu (que se evapora) sino en la materia (que persiste aunque dañada). Los gusanos comen carne pero no pueden comer piedra. La hierba cubre huesos pero la estela sobresale entre la hierba. El nombre se olvida pero la inscripción permanece aunque ilegible.

Y entonces llegas al verso final, al círculo que se cierra: “Hace mucho que me he tumbado / Y mucho tengo que / Yacer”, y entiendes que no hay escape, que el yacer es condición permanente, que el muerto seguirá yaciendo cuando tú que lees esto también te hayas convertido en durmiente pétreo, cuando la hierba cubra tus huesos y los gusanos devoren tu carne y hayas adquirido mil nombres y olvidado tu nombre. El poema es advertencia sin dramatismo, profecía sin apocalipsis, espejo de mármol donde el lector vivo ve su futuro convertido en geología. Porque todos yaceremos, hace mucho o dentro de poco, y el tiempo medirá nuestro olvido no en años sino en capas de tierra que se acumulan sin prisa sobre lo que fuimos y ya no somos y nunca volveremos a ser.