Sin zapatos
Cuando era niño, nunca faltó a la escuela.
A pesar de un largo camino, fue una lección de piedras.
Mientras otros pateaban las piedras, sus plantas conocían sus nombres;
sus pies le llevaron más lejos de lo que cualquier zapato podría.
Pudo recorrer largos caminos, sin zapatos.
Sin zapatos, camino, solo para aprender.
Sin zapatos, llego a la universidad.
Sin zapatos, sirve en el ejército.
Sin zapatos, enseñó a niños en las aulas.
Sin zapatos, se convirtió en periodista.
Sin zapatos caminó la vida,
la escuela fue el puente que lo rescató,
un sueño al fin presente.
Dio vida a siete vidas con los pies descalzos sobre la tierra,
arraigándome en un propósito,
no en promesas de cuero y cordones.
Su sueño no era tener zapatos,
sino un destino descalzo:
un testimonio de que la tierra
conoce a un hombre no por su calzado,
sino por su alma.
Sus pies desnudos, impactaron al mundo.
Triunfó, y al final del camino,
abrió las puertas a un mar de cajas:
su tienda, un destino,
repleto de futuros viajes,
para pies pequeños,
un legado que el tiempo no mata.
Sin zapatos caminó la vida,
la profesión fue su dulce serenata.
Sin zapatos caminó la vida,
para que nadie más camine descalzo el asfalto,
que quema y lástima.
Myrna L. Betancourt
¡Lo callado, a gritos!
El hombre que no tenía zapatos abrió una tienda de zapatos
El poema arranca en tercera persona, distante y narrativa —«cuando era niño, nunca faltó a la escuela»— pero esa distancia dura exactamente cinco versos. A partir de «Sin zapatos, camino», algo se rompe o se dispara: la anáfora toma el control y el poema deja de contar para demostrar. Son cinco versos en sucesión que acumulan logros sobre la misma base de carencia: universidad, ejército, aulas, periodismo. Cada repetición de «sin zapatos» no describe la pobreza del padre sino que la convierte en palanca. El lector siente el peso de esa cadena antes de entender por qué pesa.
Lo que hace Betancourt con esa anáfora es reemplazar la narrativa por el ritmo. No necesita explicar el esfuerzo del padre —la repetición lo reproduce. El verso funciona como golpe de tambor: hay tensión acumulada que pide resolución, y la resolución llega tarde y en forma de paradoja: «abrió las puertas a un mar de cajas: / su tienda, un destino, / repleto de futuros viajes, / para pies pequeños». El hombre que caminó toda su vida sin zapatos dedicó la última parte de ella a vender zapatos para los demás. La imagen no se explica porque no lo necesita.
Hay una decisión técnica que vale la pena señalar: el cambio de persona gramatical en el centro del poema. Hasta cierto punto, el poema habla del padre en tercera persona —«sus plantas», «sus pies», «su sueño»—. Pero en un verso exacto esa distancia colapsa: «Dio vida a siete vidas con los pies descalzos sobre la tierra, / arraigándome en un propósito». El «arraigándome» es la primera vez que la voz poética entra en el poema en primera persona. No lo anuncia. Simplemente sucede, como cuando uno se da cuenta de que estaba dentro de una historia que creía ajena. Esa infiltración gramatical es el momento en que el poema deja de ser retrato para convertirse en herencia.
El cierre no consuela —recuerda. «Sin zapatos caminó la vida, / para que nadie más camine descalzo el asfalto, / que quema y lástima.» Los dos verbos finales —quemar y lastimar— son físicos, concretos, corporales. El poema que empezó como crónica termina como sensación en la planta del pie. Betancourt sabe que la memoria más resistente no es la que se recuerda con la mente sino la que se guarda en el cuerpo. Y deja al lector exactamente ahí: con los pies sobre el asfalto caliente, preguntándose qué dejaría él para que los suyos no tuvieran que sentirlo.
Ana María Olivares
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