ENTREVISTA A LUIS DE LA ROSA FERNÁNDEZ

 

Con motivo de la publicación de A la sombra del sauce

 

 

Luis de la Rosa Fernández es catedrático jubilado de Lengua y Literatura, poeta premiado y autor de una obra que crece con la lentitud de quien tiene muy claro qué quiere decir y cómo. A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026) es su octavo poemario: cuarenta y un poemas en métrica clásica que tratan sobre el amor, la naturaleza, el tiempo, la memoria y la responsabilidad ética con una voz que no pide permiso para ser grave.

 

 

 

  1. El libro empieza con una invitación: “Quédate aquí dormido / a la sombra del sauce, / y que sus tiernas ramas acaricien / con llanto delicado / tu ardoroso latido.” ¿Cuándo supiste que ese era el poema que debía abrir el libro y que ese sauce era el título?

 

Como con todos los libros de poesía que escribo, pretendo que sea una invitación al lector para que se identifique con mi sentir o con mi pensamiento. Lo importante para mí es poder comunicar algo expresado de una forma bella y, por lo tanto, sin renunciar a las herramientas que me brinda el quehacer poético de tantísimos autores en su afán de fijar con palabras una emoción, una reflexión, un sentimiento o una inquietud, por encima de modas pasajeras que pudieran condicionar la expresión poética. Un libro de poemas no es la narración de una historia sino que es la exteriorización de lo que acaba de enumerarse para que pueda establecerse una especie de comunión sentimental o reflexiva sobre los distintos temas que se aborden. A la sombra del sauce es un poemario que pretende brindar unos momentos de sosiego y reflexión, unos momentos que estén ajenos a las preocupaciones inmediatas del día a día para adentrarse en los grandes temas que siempre han sido motivo poético como son el amor, la naturaleza, el paso del tiempo y sus consecuencias, el recuerdo y la expresión de la necesidad de reacción ante un mundo violento.

El poema con el que se inicia el poemario, Quédate aquí dormido, me ofrecía la posibilidad de expresar esa invitación al lector para que se refugiara en la lectura tranquila de estos versos debajo de un sauce, con la carga simbólica que ello representa: el sauce-llorón, el árbol cuyas ramas recuerdan el caer de las lágrimas, sería el refugio perfecto para cualquier lector que quisiera compartir mi emocionado sentimiento o reflexión.

 

 

  1. Has reducido el poemario de cincuenta y uno a cuarenta y un poemas durante el proceso de edición. ¿Cómo se siente eliminar un poema que uno ha escrito? ¿Qué criterio usaste para decidir cuál sobraba?

 

He de decir que no suelo escribir poemarios determinados por un solo tema. Lo que hago es escribir poemas, cada uno de ellos en espacios y tiempos diferentes y en consecuencia con motivaciones distintas, y después los reúno en un libro. Es lo que hice en un principio con este poemario, pero la sugerencia que recibí de mi editora fue determinante para que me diera cuenta de que había poemas repetitivos que no aportaban mucha novedad a la expresada en otros. Esto me llevó a hacer una depuración y ordenamiento nuevo cuyo resultado es el que ahora ofrece A la sombra del sauce. Lejos de menospreciar el consejo lo acogí con la humildad del que se sabe no infalible. La soberbia, tan arraigada en los poetas, nunca debe ser un obstáculo para reconocer un buen consejo. El resultado ha sido un poemario que a mí personalmente me gusta mucho más que como estaba antes, y eso gracias a la sugerencia de una persona que me ha demostrado una profesionalidad y un saber poético dignos de mi consideración y de todos aquellos que se acerquen al saber con la humildad necesaria para poder aprender.

 

 

  1. De los cuarenta y un poemas del libro, solo uno —”Ve despacio”— está en verso libre. El resto son sonetos, silvas y series de endecasílabos principalmente. En un panorama donde el verso libre es el idioma mayoritario de la poesía contemporánea, ¿qué te hace confiar en la métrica clásica para decir lo que necesitas decir?

 

El material con el que se construye la literatura, y más específicamente la poesía, es muy barato: la palabra, y ésta la tenemos a mano, sin necesidad de tener que extraerla de sitios recónditos. Si a esto se une la temeridad con la que muchos se lanzan a un proceso creativo, se explica que haya una pléyade de escritores que no tienen ningún reparo en publicar cualquier cosa, máxime cuando hay editoriales que no filtran la calidad de sus ediciones y sólo están impulsadas por el beneficio económico que esto les reporta. Esta actitud ocasiona que la buena obra, la obra que merezca aprecio, tenga que mostrarse entre una hojarasca inmensa que a veces la sepulta e impide que brille como le corresponde. Y si a esto se une una serie de críticos carentes de criterios de calidad y llevados más por ideologías, intereses o modas pasajeras, nos explicamos el resultado que tenemos: la merma preocupante de lectores, especialmente de poesía.

El objetivo de la poesía es conectar con un lector para que se emocione, o para que reflexione, o para que reaccione ante una situación que se considera injusta o anómala. La poesía ha de ser considerada por lo tanto como una herramienta con la que mover al lector impresionándolo. Esta herramienta debe ser lo más perfecta posible para que cumpla sus objetivos y perfecta significa que tanto el contenido como la forma han de servir para conseguir ese propósito. El poema emite un contenido, algo que podría llamarse “el mensaje”. Éste puede ser más o menos interesante, dependiendo naturalmente de las exigencias del lector, pero este mensaje puede ser mucho más atractivo si lo envolvemos con una forma sugerente que sea capaz de seducir al receptor. Y en este sentido, ¿por qué renunciar a la métrica? Si está bien confeccionada, aprovechando el cúmulo de experiencias de la tradición literaria, puede resultar un procedimiento poderosísimo que sirva para ensalzar el mensaje, que es de lo que se trata. Podríamos decir que no queremos morir y ser  olvidados porque aspiramos a tener alguna trascendencia. Esto, dicho sólo así, se queda sencillamente en la expresión de un deseo destinado al olvido, pero si decimos “Quisiera ser la tierra que el duro arado hiere/para que en mí germinen las verdes sementeras”  posiblemente causemos mayor impacto en el lector y el mensaje quizás permanezca mejor en la memoria. Y esto se deberá a los recursos poéticos que ahí se han utilizado, entre ellos las metáforas ahí presentes y, cómo no, la medida que se ha considerado para expresarlo todo con versos alejandrinos divididos en hemistiquios regulares que aportan una cadencia rítmica destacada. Todos los recursos literarios que la tradición poética ha demostrado que son eficaces en el proceso comunicativo son aprovechables y en consecuencia, renunciar a ellos porque esté de moda no utilizar algunos de ellos (entre otras razones porque las dificultades que presentan en su aplicación no son superables por una caterva de pseudopoetas) me parece una grandísima estupidez. Dicho esto quiero decir que hay hermosísimos poemas escritos con versificación libre  porque la potencia de su mensaje, o de sus metáforas, o de su originalidad es suficiente para transmitir un precioso comunicado, pero el hecho de rechazar el uso de la métrica como principio esencial basado en una supuesta libertad de forma o por considerar este recurso como algo obsoleto es un tremendo error que en poco contribuye a la exaltación poética.                 

 

 

  1. En “Ámame” repites seis veces “antes de que” antes de llegar al imperativo. Es una construcción que funciona como un reloj que cuenta el tiempo que se agota. ¿Construiste esa escalada de forma consciente o surgió en el proceso de escritura?

 

En mi caso he de reconocer que hay pocas expresiones inconscientes porque cada palabra, cada verso, cada poema están sobradamente meditados. No quiere esto decir que algunos recursos literarios hayan sido usados en algunas ocasiones de forma rutinaria y consecuentemente inconscientemente, descubiertos después de sucesivas lecturas. Eso nos ocurre a todos, en mayor o menor grado, pero cuando se hace una poesía reflexiva y meditada es normal que los recursos tengan una finalidad. Lo que no se comprende es el uso del recurso por el recurso; no se trata de alardear porque esto sería una pedantería que la rechazo. El recurso literario siempre debiera tener una finalidad: ensalzar el mensaje en la forma o en el contenido. Y todavía más detestable me parece empeñarse en hacer del poema una especie de adivinanza, con lo que anulamos ese chispazo que ha de producirse entre el poeta y el lector, chispazo que actúa como una especie de corriente eléctrica capaz de mover el corazón.

 

 

  1. Escribes un soneto sobre el Alzhéimer: “que las caricias sean terciopelo / para piel arrugada que te ofrece.” Es una de las imágenes más precisas del libro. ¿Por qué el soneto —la forma más cerrada de la tradición— para hablar de una enfermedad que borra las fronteras de la identidad?

 

Para mí el soneto es una de las formas poéticas más excelsas. Con sus versos endecasílabos cuyo ritmo se acomode a lo que la tradición poética ha demostrado que es la forma más conveniente, basado en la adecuada distribución de las sílabas tónicas, expresados en dos cuartetos de idéntica rima y dos tercetos, es una combinación estrófica repleta de dificultades técnicas que no muchos se atreven a desafiar. Pero salvadas éstas, exige una concentración conceptual que repudia la palabrería y nos exige decir un mensaje escueto y preciso, al tiempo que rico en connotaciones expresivas. Los límites que impone esta estructura cerrada obliga al mismo tiempo a una expresión cargada de sugerencias de tal modo que el mensaje, dentro de sus límites, se convierta en un mensaje hermoso que puede calar en la sensibilidad de cualquier lector.

 

 

  1. El libro tiene cinco secciones —amor, naturaleza, tiempo, memoria, compromiso ético— y cada una tiene su propio epígrafe que funciona como umbral. ¿La arquitectura existía antes de los poemas o la construiste a posteriori, cuando ya tenías los textos escritos?

 

Como he dicho anteriormente sólo disponía de un conjunto de poemas a los que había que darles encaje en un libro. Fue después, en un proceso de selección y depuración, cuando fui agrupándolos temáticamente. El resultado creo que ha sido bastante aceptable y el hecho de tratar sobre una variedad de temas aporta mayor dinamismo y resta cualquier atisbo de monotonía que pudiera ofrecer un poemario monotemático.

 

 

  1. “No quisiera morir definitivamente. / Sí renacer de nuevo en florida ribera.” Este poema fue finalista en el certamen “El mejor poema del mundo” en 2025, y funciona como el eje filosófico de todo el libro. ¿Escribiste ese poema sabiendo que decía algo que los demás poemas no podían decir?

 

No. Este poema se creó de forma independiente y de forma ajena a los que lo acompañan en este poemario.

 

  1. El libro cierra con “¡Despiértate, alma mía!”, un poema que de repente abandona la meditación íntima y lanza una interpelación directa: “¿No sientes el rugido de la bestia / con alas de metal bañado en sangre?” Es un giro arriesgado. ¿En qué momento decidiste que la elegía personal necesitaba terminar en llamada ética?

 

Todo hombre, sea poeta o no, es un ser complejo con distintas inquietudes, con distintos sentimientos, con distintos deseos, etc. La mayoría de los poemas de este libro obedecen a la expresión de sentimientos pero este en concreto responde a una inquietud, a una preocupación: la inacción ante la violencia. Se trata de una invitación a dejar la vida cómoda que podamos tener ajena a los múltiples problemas de extorsión y violencia que hay en el mundo y una exhortación a ser participativos en la lucha por la paz. Me pareció que podía ser un hermoso mensaje con el que terminar este poemario y, después del sueño bajo el sauce, un despertar necesario.

 

 

  1. Tu poesía usa un léxico culto y formas clásicas, pero habla de cosas que cualquier lector reconoce: el amor que llega tarde, el miedo a la muerte, el recuerdo de la infancia, el cuidado a quien ya no recuerda. ¿Piensas en tu lector mientras escribes? ¿Quién es?

 

Por supuesto que pienso en el lector en todo mi proceso creativo. Es verdad que muchas veces nos dejamos llevar sencillamente por una necesidad creativa, pero olvidarnos del receptor sería un error descomunal. Por ejemplo, en el soneto sobre el alzhéimer, estuve pensando no sólo en todas esas personas que han de mantener una carga terrible sino también en una muy buena amiga que ha de soportar este duro quehacer de cuidar a un enfermo de esta naturaleza. Por otro lado no siempre hay una persona concreta en la que se piense durante la elaboración de un poema sino más bien se piensa en todos aquellos que estén en una situación parecida y puedan compartir la experiencia que se expresa.

 

 

  1. “Pero a pesar de todo soy poeta / que en conmover el corazón se obstina.” Con esa afirmación en mente: ¿qué viene después de A la sombra del sauce?

 

El tiempo lo irá diciendo. No me falta la ilusión para seguir creando y mientras tenga fuerzas lo haré, pero soy consciente de que el tiempo pasa inexorablemente. Como digo en mi poema Sazonado y maduro: “¿Qué devenir me espera?/ Eso me los dirá, impertérrito, el tiempo.”

 

 

Gracias por tu tiempo, Luis. Que el libro encuentre a sus lectores.