ENTREVISTA A JOSÉ CARLOS TURRADO DE LA FUENTE
Con motivo de la publicación de Restauración de la Belleza (Ediciones Rilke, 2026)
José Carlos Turrado de la Fuente presenta en Rilke un poemario de 144 poemas que defiende la belleza como acto de resistencia en plena era digital. Voz madura del viaje a pie por España, Turrado alterna el rigor del soneto endecasílabo con composiciones en verso breve de dieciséis líneas, construyendo un doble pulso rítmico que recorre el libro de principio a fin. Esta entrevista explora su génesis, su arquitectura y sus apuestas formales.
- El libro se abre con dos poemas sin número ni etiqueta que funcionan como una declaración de principios: el primero culmina con «Es feo tu museo, eres un pijo, / un endiosado fatuo, un ignorante / que juzga a Shakespeare, Lope, Homero y Dante», y el segundo cierra con la afirmación «el arte es bello, bueno y sempiterno». ¿Fue esa obertura el germen de todo el libro, o llegó al final como encuadre?
No lo recuerdo muy bien, pero fue más cerca del final que del principio. Es un poema suelto, y yo escribo por lemas, familias y ciclos, de dos, cuatro, ocho y dieciséis. El proemio es un poema huérfano y unigénito, que se puede escribir en cualquier momento, un día cualquiera de diario, en un rato libre (tengo muy pocos). Ya llevaba por lo menos unos cien o ciento veinte. Lo que sí recuerdo es que fue de los de agosto, no es de los ultimísimos. Al final de las vacaciones, el 28, o el 29. El último lo escribí el 8 de septiembre, por la tarde, en el pueblo, después de comer, en el patio, tomando el café, y es el epílogo. El tema del libro ya estaba elegido desde el principio. De hecho, desde hace tiempo. Yo ya sé los libros que voy a escribir hasta 2028. Los tengo en la cabeza, y ya tienen título, e incluso partes consolidadas. El drama de mi vida es que tengo las manos y las piernas muchísimo más lentas que la cabeza.
- El poemario se construye como un diario numerado de 144 entradas sin secciones ni títulos internos. A lo largo del libro alternan dos formas métricas bien diferenciadas: el soneto endecasílabo de catorce versos y la composición de dieciséis versos breves. ¿Qué te llevó a esta arquitectura de doble registro, y cómo decidías qué forma exigía cada asunto?
Escribo por lemas y por ciclos. Todos mis poemas tienen hermanos y primos, algunos incluso se echan novia, y utilizo unas diez o doce formas compositivas diferentes, algunas tradicionales, otras las he inventado yo y las he ido probando, investigando, conociendo y puliendo. El soneto es la que escribo por defecto, por eso es más abundante. Me sale solo, a veces sueño en sonetos, tiene un sonido muy reconocible. Creo que tengo buen oído, cuando versifico no necesito contar sílabas ni esas cadetadas, la poesía es sonido, sale sola, es muy fácil. Lo único que hay que intentar es que suene bien, que suene bonito. En eso consiste el oficio del poeta, del versificador. Quien no sepa, que se dedique a algo que sepa hacer. Vamos, digo yo. Yo canto como una carraca, nunca se me ocurriría ser cantante.
La lengua suena, señoras y señores. Escribir es transcribir.
Después, cuando ya tengo a todos los miembros de la familia, los pongo a hablar, a ver qué tal se llevan y cómo se asocian. Juego con el orden y la armonía hasta que me convence, hasta que el libro me provoca la sensación adecuada. Lo repito y lo releo un montón de veces en distintas disposiciones. Luego me canso y llego a la conclusión de que no ha servido para nada. Nunca me quedo del todo satisfecho, pero bueno, llega un momento, a la tiquitigésima vez, en el que me rindo.
- Has tardado años recorriendo pueblos reales —Níjar, Parauta, Mondoñedo, Robledillo de Gata, Ledesma, Alquézar— que pueblan el libro. ¿El proceso de escritura fue paralelo a esos viajes, o los versos llegaron después como sedimentación de la geografía caminada?
Es sólo un juego literario. Yo no he estado en ningún sitio. Bueno, he viajado mucho, pero como la gente formal y normal, no como un perroflauta cátaro y alumbrado, de pueblo en pueblo como un santón del Indostán. Ni siquiera lo hacía Labordeta, ni lo hace nadie. Él hacía trampas, que lo sé yo. La vida es muy corta, y a todos nos gustaría ser el capitán Cousteau o Mata Hari o el tío Gilito, pero nadie lo es de verdad. Está bien imaginarse esas cosas, pero sin exagerar, no nos vayamos a volver locos o más sandios de lo que ya estamos.
Lo que pasa es que yo sé muchas cosas de muchos sitios, pero no porque haya estado allí. Mis juguetes fueron los atlas y las enciclopedias, y tengo más documentales encima que la BBC. A los diez años ya me había leído la Biblia entera y me la sabía de pe a pa. Me parece que tengo buena memoria.
Ni yo soy un vagabundo ni los días duran una semana. En la vida hay que trabajar, al menos quienes intentamos ser libres y honrados, y no da tiempo. Si hubiera estado en todos los sitios sobre los que he escrito, ahora tendría quinientos años. Ya sé que los aparento, pero no los tengo.
Tampoco me sucede nada especial. Llevo una vida muy aburrida, como la de cualquiera. No tanto como la de esos bobos que andan todo el rato haciendo el farfantón de playa en playa sacándose fotos con cara de flipao y haciendo el compás masónico con los dedos, comiendo pulpos verdes, ratas con foie gras vegano y césped al hidrógeno libanés D.O., pero casi.
- El soneto es tu arma más afilada para la denuncia. En el poema 7 escribes: «soneto con demonio en la garganta / es esta operación que me precede». ¿Por qué era imprescindible la forma clásica para contener esta rabia contemporánea?
De niño me impresionó mucho Trakl. Encorsetar el abismo en formas tan precisas y delicadas provoca angustia, indefensión, vulnerabilidad, miedo a moverse: paraliza. El mejor poeta expresionista, el más deprimente entre los deprimentes, ya hacía, ya ve usted, lo mismo que yo. De hecho, ya lo hacía Hölderlin hace más de doscientos años. Y ellos muchísimo mejor. Léanlos a ellos, no a mí. Lo digo completamente en serio. Yo soy un cualquiera, no he inventado nada. Es muy importante leer. Quien no haya leído, yo qué sé, por lo menos mil o dos mil libros, ni siquiera debería atreverse a coger la pluma. Es una fanfarronada imperdonable. Yo no la perdono, y no debe perdonarse. La egolatría y el narcisismo son un feísimo defecto, y nadie se lo debería disculpar a sí mismo. Es ser mala persona, llena la vida del prójimo de residuos, de cachivaches que no valen nada, hacen perder el tiempo y el gusto a todo el mundo y envilecen el carácter de todo quisqui. Una sociedad degradada tiene, evidentemente, las horas contadas. Los monos ni construyen Venecias ni saben mantenerlas y cuidarlas.
- Frente a los sonetos, las composiciones en verso breve tienen un ritmo más caminante, como en el poema 8: «Al son de chirimías / Robledillo de Gata se vacía». ¿La elección métrica responde al paisaje —paso de marcha para la geografía, endecasílabo para las ideas— o hay otra lógica?
Es un poquito más complicado, inútil y pretencioso que eso.
El ritmo de cada poema no tiene, obviamente, nada de casual. No es por hacerme el interesante, pero en serio que mis poemarios tienen más cábala y numerología de lo que parece, y hay muchos errores aparentes que no lo son si se los logra conectar con lo que se debe. Sería larguísimo de explicar. Debí de ser un exegeta bíblico o un rabino talmúdico en otra vida. Ya sé que nadie se va a tomar la molestia de investigar lo que hay encriptado en cada libro que escribo, pero bueno, que se sepa que sí que hay más bacalao del que parece.
Además, el instinto del lector lo capta. Así se consigue la perplejidad y la ansiedad, el hambre espiritual que nos eleva hacia la belleza, hacia lo trascendental anhelado. Es magia, y es truco. Ningún mago debería revelar sus secretos.
Pero insisto, no hay nada casual en que los lectores acaben la lectura de mis libros con mareo en el estómago y el estómago en la garganta. Yo vivo siempre con esa sensación, desde que era bien petaquito, y sólo intento provocarla en los demás. Te deja hecho una birria, pero más sabio. Se supone que te limpia el alma, que es lo que hace el arte cuando es verdadero. Es una situación límite, y por lo tanto transformadora. El arte auténtico se parece bastante a haber estado a punto de morir: todo se ve más claro.
Siguiendo por qué efecto ocasionan mis libros, sé que hay gente que les echa un vistazo y apenas empieza a leerlos porque cree que van a ser ininteligibles y aburridos. ¡Es una barbaridad! De veras que mis libros no son aburridos. Nadie se aburre cuando le están dando de host…una paliza. En serio. Quien pasa de las diez páginas suele tragárselos de un tirón sin poder soltarlos. Y cuidadín, que son de los que te persiguen.
- Tu léxico oscila entre lo áureo —«burdégano», «ataharre»— y lo castizo más directo —«¡copón, pardal!», «¡rediez!». ¿Buscabas esa hibridez para que la voz del poeta sitiado sonara creíble en 2026, o responde a otra intención?
Yo no diría que “burdégano” sea áureo. Un burdégano es un pollino grandote, de los que valen para montar yeguas y hacer mulas, y el ataharre es donde van de paquete las mozas, a mujeriegas, en la grupa de la caballería. Yo hablo poco con la gente, pero soy muy escuchador. No lo sé, porque tampoco sé cuánta tienen los demás, pero me parece que mi memoria es bastante buena, comparativamente. Por castigo de Dios, soy un pizco Funes. Ahora ya se ha muerto toda, pero también escuché a gente familiarizada con esas palabras pueblerinas, de niñín.
Por lo demás, por el lado aurisecular y raruno, he conversado más con Quevedo, Gracián, Joyce, Heidegger y Martín de Riquer que con cualquier persona viva. Para mí todas las palabras mías son mías y les tengo mucho cariño y no las voy a matar. Quien no las conozca, que las aprenda, como he hecho yo. ¡Sólo faltaba, que para que me aceptara el “mundo de la cultura” tuviera que hacerme pasar por lerdo!
Además, soy antipático por un millón de motivos, no sólo por la soberbia. No me merece la pena fingir, no conseguiría ningún beneficio ni más compasión.
De alguna manera forma parte también del gran proyecto literario. Creo que fue Cioran, hablando de Proust, quien dijo que privaba al lector de la imprescindible sensación de sentirse tan inteligente como el autor. Ya ve usted, tampoco he inventado yo la fórmula de humillar al flojo metido a turista intelectual (aunque reconozco que soy mucho menos fino que el franchute, y que escupo más, sobre todo al pronunciar su nombre). No he inventado nada, de momento. Seguramente no conseguiré hacerlo nunca.
Por lo demás, me incomodan mucho los hípsters de Madrid norte que creen que han leído o saben algo desconocido para mí, o que han estado en algún lugar o han experimentado algo que yo no. Nunca es verdad. Las veces que ha sido verdad se cuentan con los dedos de una mano. No voy a aburrir a nadie largándole mi vulgar vida, pero tengo yo más hormigonera a las espaldas que papel Malasaña entera, he pisado hasta la sala de prensa de la Casa Blanca y los servicios secretos yankis me han investigado. No estoy pirado, lo juro, es cierto. Hace seis años que no voy a EEUU y ya no tiene sentido, pero lo siguen haciendo, ya ve qué cosas. Si a alguien le interesan esas cosas como de película, que sepa que no se esfuerzan demasiado en disimular y que en la vida real es tan apasionante como el ambiente de los aeropuertos. No soy un espía, ¿eh?, de veras que no. Tampoco, por alusiones, ningún pijo ni ningún elitista, sino un chaval del barrio de la Victoria, hijo de un mecánico, de cerca del poblado del Tío Chaqueta y la cuesta de la Maruquesa, y tengo más horas de culo-carpeta en la biblioteca pública de San Nicolás que Iberia entera de vuelo. En Valladolid hace mucho frío muchos meses, y en la biblioteca hay calefacción. He estado en todos sitios, he hecho de todo y lo sé todo. Hasta he matado a gente. Mi vida es ¡ay! un constante mansplaining. Usted es una mujer culta y seguro que conoce también esa enervante sensación. Yo ya no sé cómo explicar que mi cara de besugo no se debe a que sea muy tonto, sino a que soy muy listo. En serio, nadie me engaña, nadie me impresiona y nadie me ayuda. Aprovecho que esta entrevista la leerá alguien: no se esfuercen, de verdad. Ya lo sé. Y no hagan ustedes el capullo. Soy un tipo muy grande y peligroso. No insistan, que ya lo sé y sé lo que tengo que hacer. Quien no lo sabe es usted.
Hay gente, sobre todo desde que existe el smartphone, que no se cosca de nada. No entiende las situaciones. Hoy en día, la gente limitadita está la mar de subidita.
Yo lo he leído y estudiado todo, hasta Física Cuántica. Todo por mi cuenta, pero todo con un rigor extenuante, una dedicación ascética, y no me dedico a nada más. Es lo único que se me hace soportable a día de hoy, y todo lo demás me molesta. Cuando no sé algo, no me cuesta nada reconocerlo, y así a las dos horas ya lo he estudiado y aprendido. No siempre soy listo, también a veces soy tonto. Nunca miento y no tengo nada que ocultar, y odio a los impostores y a los posturitas. No deberían serlo. Ya sé que han llegado a las cátedras y a los olimpos, pero eso no cambia nada. Sólo los hace más dañinos y desesperantes.
Si alguien quiere un pulso cultural, a mí no me va a temblar el brazo.
- El estribillo «di NO a la “inteligencia artificial”» reaparece en varios poemas a lo largo del libro —entre ellos el 4, el 18 y el 64—. ¿Cómo surgió esa tesis tan directa, y crees que la poesía —con su lentitud humana— es la mejor vacuna contra el algoritmo?
Mi actitud, que forma parte del libro, tiene que ver directamente con lo que está sucediendo desde hace un año y medio en el mundo entero. Me parece que nadie está entendiendo la gravedad de los acontecimientos. ¡Hasta los escritores la están utilizando para escribir! ¡Y ni siquiera lo ocultan! Qué asco. Lucifer tiene que estar meándose de risa en el Infierno. Somos más tontos que cagar haciendo el pino, con perdón. Pero nunca mejor dicho. Muy visual. Y táctil. Lo explica todo.
Detrás de la IA está el miedo de los mendaces, los torpes, los acomplejados y los esclavos, y la vergüenza y frustración que todo el mundo siente por ser quien es. Qué pena.
Para colmo, no es algo que necesitemos para nada. No mejora en nada nuestra calidad de vida. De hecho, la empeora hasta la náusea. Como mucho, sirve para convertirnos en Jar Jar Binks. Eso sí, los ladrones, parásitos, imbéciles y vagos están de enhorabuena. Pero bueno, se supone que la gente no quiere ser ni imbécil ni vaga ni Jar Jar Binks, ¿no? Al menos eso pensaba yo.
Que alguien lo diga, ¡hospa! El escritor, o artista en general, que utilice para algo la IA, es un impostor, un estafador y un mierda. La literatura, el arte, es espíritu, y el espíritu es acto, no cosa. El arte-producto no vale nada como mero resultado, no es perfectible. Meter la IA en nuestro gremio es como meter a tu primo el del pueblo a ver la película que quieres ver tú, y quedarte fuera. Es decir, una gilipollez. Me recuerda al tipo aquel que contrató a su propio loro como abogado.
Ese juicio es de comedia, pero lo de la IA está pasando de verdad. Me gustaría despertar mañana y que todo hubiera sido una pesadilla. En serio, últimamente suceden muchísimas cosas tontísimas, pero esta se sale del gráfico. No me lo puedo creer, es imposible que la gente sea así.
No somos médicos, ni químicos, ni ingenieros, nosotros (humanistas y científicos sociales) no la necesitamos para nada ni mejora en nada nuestras áreas de conocimiento. En lo que respecta a política y economía, sólo puede servir para que los que ya poseen prácticamente todo lo consigan absolutamente todo. Vamos a tener que sobrevivir, como niñitos, con una propina que no sé qué iluminao se ha creído que nos van a dar. ¿Renta universal? Sí, precisamente por generoso destacaba Rockefeller… Tanto como Bill Gates por angélico y amable filántropo. Casi me cae bien Musk: cuando se descubra que come bebés a nadie le va a pillar por sorpresa. Ese es el percal, el nivel. En lo nuestro, sólo sirve para que el más cretino y espabilao del pueblo se ponga de alcalde por sus chantos gepetos. Para hablar con una maquinita ya me peleo yo bastante con la lavadora. Ahora bien, contra mi lavadora yo gano casi siempre. Este otro bicho está inventado específicamente para que no podamos ganar.
Falsarios. Unos mierdas inmaduros, inconscientes e irresponsables, con todas las letras y sin perdón, y no creo que haga falta debatir por qué. Sólo faltaba. A Satanás se le hinca el filo, en plan San Jorge y San Miguel, no se le pide perdón.
Por lo menos que conste que sí que hay gente que lo considera así, y que esa gente es la que tiene de su parte la sensatez, la ética y el sentido común. ¿Da miedo esa gente? Eso espero. El miedo que da y debe dar un padre justo, bueno, recto y severo a un virote traidor y contumaz.
Por desgracia, no está de su parte el dinero.
La poesía es hablar bien. Eso es todo. Es lo que hacen los hombres cuando intentan hablar lo mejor que pueden. Y no es otra cosa. Sencillamente la necesitamos como siempre, porque queremos ser la mejor versión de nosotros mismos. En 2023 quedó empíricamente demostrado que la gente no quiere ser la mejor versión de sí misma. Me están viniendo a la cabeza algunas citas desoladoras de Ortega y del Adorno de Minima moralia. Y de Virilio. Y de Baudrillard. Ninguno de los cuatro habría, me temo, considerado posible que llegáramos al punto en el que estamos (sin habernos extinguido primero).
Si la Filosofía, la Historia y la Literatura no se sanean y reconquistan el mundo, yo no quiero ya formar parte de él. No me interesa nada de nada, me aburre, me tortura. Es totalmente miedo, esclavitud y muerte. Hala, ya tenemos una misión generacional nítida y concreta, clara como el agua. Se acabó el extravío posmoderno y todas esas languideces, herballas y llantinas de Moisés. Tenemos que conseguir sobrevivir a la tecnología, y no vamos ganando.
La poesía desempeña un papel mediador esencial, pero no por su lentitud humana. No hay nada más sintético que la poesía. Desde mi punto de vista, lecturas lentas son Guerra y paz, Crítica de la razón pura y El hombre sin atributos. La poesía se hace y se lee en un pispás. Es uno de los motivos por los que tiene una privilegiada posición estratégica, fundamental. La nueva generación lee más a Bécquer que a Cervantes, se lo garantizo. Y bueno, a Elvira Sastre, Sara Búho, Rocco Sifredi y Super Mario Bros todavía más. Ésa es la cuestión. Dickinson puede ganar quizá alguna batalla, Leibniz, Musil, Zubiri y Caramuel seguro que no. (Fíjese, el corrector de Word ni siquiera sabe quién fue Caramuel).
Espero que nadie se sienta ofendido.
Yo sí. No recibo ni dinero, ni siquiera un cabal reconocimiento crítico, por escribir una poesía como la que hago, y cada vez que esa gente, que escribe una “poesía” tan burda, sí los consigue, se me está ofendiendo e insultando. Y así lo siento y lo padezco, porque así debe ser. Y quien argumente algo en contra, que lo haga a mi cara, no por Internet. Tranquilos, no les voy a tocar un pelo, pero voy a hablar.
Y yo no soy menos humano que ellos ni tengo menos derechos ni mis sentimientos son más baratos. Soy un hombre adulto y maduro, de cuarenta y cinco años, a quien se le está llamando torpe e inútil en beneficio de torpes e inútiles chiquillos alienados e ignorantes.
Espero que el sector de la crítica y la edición se lo esté pasando bien con sus fans de la Patrulla Canina.
¡Ay, fragilidades!
¿Algo que discutir? Lean, por favor, “Antes de la tormenta”, y justo a continuación “Égloga del alma” o “Las hespérides”. Nada más que alegar.
Lo que sucede no debería suceder, y quien lo promueve, aprueba o justifica, es totalmente culpable. Y si insiste, con alevosía.
Y hablo por mí, pero no sólo por mí. Que somos muchos los que nos estamos jodiendo para que se coma su fuagrás de dodo el pijerío woke, los esnobs y petimetres de toda la vida, y poniendo morritos en la selfi. (Palabra, por cierto, aceptada por la RAE, que ya tiene delito, teniendo en cuenta que dentro de diez años no la va a utilizar ni el fistro diodenal de Condemor).
- El eje conceptual del libro es la belleza como principio ético amenazado: «el arte es bello, bueno y sempiterno». ¿Qué defiende exactamente este poemario —la forma clásica, la España rural, la inteligencia humana— o todo a la vez?
El futuro.
La portada del libro es una calle de Puerto Príncipe, en Haití. No está así por ninguna catástrofe natural. El terremoto tuvo lugar hace más de quince años. La imagen no es reciente, tendrá un par de años, ahora está peor. Casi todas las ciudades del mundo son bastante similares si no cuentas esos chuzos horteras de cristal que les han plantado en el centro. En serio. Me consta que el ayuntamiento de Bangui no se gasta demasiado en el servicio de limpieza. Ni en Seven Mile Road, ni en Marsella norte.
No nos vendría mal levantar de vez en cuando los ojos de la pantalla y mirar alrededor para ver lo que nos rodea de verdad. Yo sufro mucho, porque soy incapaz de no ver lo feo, y sé que el resto de la gente ya no lo ve. Yo casi nunca hago caso al móvil, utilizo el ordenador lo menos que puedo, no tengo tele en casa, ni lavavajillas, ni siquiera microondas. Yo soy distinto. A los demás les ha ocurrido ya algo raro y horrible, y para colmo ahora viene la IA…
El póster de Bora Bora es sólo un póster, una vez allí te comen los mosquitos, hace un calor que te mueres, tienes jet lag, has discutido con la mujer y se pasa uno el día escocido con el trasero lleno de arena.
Me temo que el futuro no vaya a ser una reproducción de Xanadú en las lunas de Saturno. No sé yo por qué, no me parece una visión demasiado realista. Ni adulta, por cierto.
Me huelo que el futuro se va a parecer bastante más a Haití.
Y el futuro a largo plazo, peor.
- Tras los 144 poemas llega un epílogo de tono muy distinto: «Nos está abandonando, / la poesía no regresará». ¿Es una rendición, una advertencia, o simplemente el único final posible para este combate?
Vendrán tiempos mejores. Lo bueno de los apocalipsis es que tampoco ellos duran para siempre. Al menos, eso todavía no ha ocurrido. Intuyo que esta vez tampoco conseguiremos acabar con el mundo, aunque nunca habíamos estado tan cerca de lograr nuestro propósito. La escuela freudiana lo asocia al Eros y al Tánatos, pulsión de muerte. Confío en que fracasemos estrepitosamente. Eso espero. Pero igual me equivoco.
- En un panorama saturado de poesía breve para redes, publicas 144 poemas que exigen tiempo y diccionario. ¿Para quién has escrito este libro, y qué proyecto sigue a esta Restauración de la Belleza?
Bueno, no siempre seremos tan tontos e iletrados como hoy en día, ¡digo yo! Si así fuera, apaga y vámonos.
Ya he empezado Túetano, toro y clavel, y el Tratado de los desiertos y los destinos, y Florindo por los caminos de España.
Yo escribo para el hombre, para el ser humano, como hacen los escritores de verdad. Eso no me convierte en un buen escritor, pero por lo menos sí me convierte en un escritor. Goethe y Schiller mantuvieron una correspondencia muy interesante en la que trazaban un plan para la forja de la nación alemana. Pretendían llenar la vida del pueblo de belleza: edificios bellos, bellos jardines, bellas palabras, bellas ciudades, bellas escuelas, bellos conceptos…
Es cosa muy de su tiempo, muy ilustrada, y también con cierto regusto despótico. Pero correcta en lo esencial, como casi toda utopía. Sólo empezando por la estética se elevaría el pueblo hasta la ética, y de ahí a la política. Ese es el camino, no al revés.
Los escritores y los artistas somos quienes diseñamos el mundo.
Quien lo dude, que estudie un poquito de Historia, para comprobar que es la verdad.
Grecia es Homero y Roma es Virgilio, y Shakespeare y Cervantes vivirán mucho más que Inglaterra y España, si no aprendemos la lección.
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