EL SONIDO DE UNA LÁGRIMA AL CAER

El sonido de una lágrima al caer
forma arpegios por la causa de vivir,
modulando el modo de sentir
y llega a identificar al propio ser.
Ser pudiera lágrima de esperanza,
o efecto de un deseo insatisfecho,
disgusto por sentimiento de despecho,
o consecuencia de causa de alabanza.
Muchos son los motivos del lagrimar,
mas se reducen a amar o no amar.

José Carlos Balagué Doménech
Versos y Aversos

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Lo que no tiene sonido, aquí lo tiene

Una lágrima no suena al caer. O si suena, es tan imperceptible que no alcanzamos a escucharla. Balagué Doménech lo sabe, y aun así el primer verso del poema afirma que su caída forma arpegios. Ese es el movimiento de apertura: imponer como dato lo que solo puede ser experiencia interior, forzar al lector a escuchar lo que en realidad está sintiendo.

El arpegio no es solo un adorno musical. Es un acorde que se despliega nota a nota en lugar de sonar todo a la vez. Que una lágrima forme arpegios dice que el dolor no llega de golpe sino en secuencia, que cada motivo del llanto ocupa su instante antes de que llegue el siguiente. La imagen hace visible la duración del sufrimiento sin nombrarlo como tal.

La estructura formal del poema refuerza este despliegue. Los primeros cuatro versos forman un cuarteto de rima abrazada —caer, vivir, sentir, ser— que avanza desde lo físico hacia lo más íntimo. Pero el cuarto verso termina en ser y el quinto empieza también con Ser: «Ser pudiera lágrima de esperanza». Ese gozne entre estrofas no es descuido; es el poema doblando sobre sí mismo, preguntándose qué clase de cosa es exactamente lo que acaba de describir. La lágrima no es solo un efecto: puede ser también una causa, una declaración de existencia.

El segundo cuarteto acumula razones para llorar sin privilegiar ninguna: esperanza, deseo insatisfecho, despecho, alabanza. Es una lista que mezcla sin jerarquía el dolor y la gratitud, el rencor y la emoción positiva. Todos son motivos legítimos. El poema no distingue entre el llanto de alegría y el de rabia porque no le interesa la taxonomía; le interesa el principio que los agrupa.

El cierre es el movimiento más audaz del texto. Después de esa acumulación, los dos últimos versos la colapsan en una sola ecuación: «Muchos son los motivos del lagrimar, / mas se reducen a amar o no amar». Es una reducción radical que funciona precisamente porque el poema ha demostrado antes la multiplicidad. No niega la complejidad: la contiene. La pregunta que deja abierta no es por qué lloramos sino si esa reducción final —amar o no amar— es un consuelo o simplemente la descripción más exacta de lo que somos.