DUERMEVELA

A mi padre, In memoriam

A menudo te siento tan cerca
que te llamo agitado
pero nunca contestas.
Te busco, tanteo con las manos la oscuridad
y nada encuentro.
Cuando te sueño, no eres tú.
Es la imaginación que me lleva a engaño.
Pero hoy todo es distinto. Mis ojos ven
con claridad,
como nacidos de nuevo.
Un vacío amable y rumoroso,
arroyuelo de tiniebla que se adivina,
susurra palabras familiares que todo lo llenan.
Te duele la luz como
a Lázaro.

El corazón, centro del ser,
mágicamente se ha iluminado
y doy las gracias con lágrimas derramadas
porque te siento tan hondo que nada podrá ya
separarnos.
Sé, después de los años, que siempre
te encontraré en este gesto tan mío
que te pertenece.
El gesto permanece.

Raúl Gimeno
Don de la invocación

El gesto que sobrevive al nombre

El poema no empieza por la muerte sino por el fracaso de la búsqueda. «A menudo te siento tan cerca / que te llamo agitado / pero nunca contestas»: el padre está presente como presión, como inminencia, y sin embargo no aparece. Los sueños lo deforman — «Cuando te sueño, no eres tú. / Es la imaginación que me lleva a engaño» — porque la imaginación trabaja con imágenes y las imágenes mienten. El poema parte de ahí: de la insuficiencia de todos los modos de acceso habituales al muerto.

La ruptura llega con el estado del título. Duermevela es el umbral entre el sueño y la vigilia, el instante donde la percepción funciona de otra manera porque todavía no ha despertado del todo. En ese estado — y solo en ese estado — la visión se vuelve confiable: «Mis ojos ven / con claridad, / como nacidos de nuevo». La paradoja es precisa: ver con claridad requiere haber estado ciego.

Lo que viene después es el movimiento técnico más arriesgado del poema. Gimeno introduce a Lázaro en el verso más corto de toda la primera estrofa: «Te duele la luz como / a Lázaro». El corte después de «como» no es descuido: es suspensión calculada. El lector llega al final del verso sin saber todavía la comparación, habitando por un instante solo el dolor de la luz, antes de que el nombre bíblico lo complete. Lázaro resucitado no vuelve victorioso: vuelve deslumbrado, con los ojos que duelen porque han estado demasiado tiempo en la oscuridad. El padre que regresa en la duermevela llega así — no como aparición gloriosa sino como alguien que también está haciendo un esfuerzo.

La segunda estrofa no describe al padre. Hace algo más difícil: lo ubica. Y el lugar donde lo encuentra no es la voz, ni el rostro, ni ninguna de las cosas que el primer bloque buscaba en la oscuridad. Es un gesto. «Siempre / te encontraré en este gesto tan mío / que te pertenece»: el gesto del hijo que es del padre, la herencia corporal que viaja sin nombre y sin palabras, que no puede ser falsificada por la imaginación porque no pasa por ella.

El poema cierra con cuatro palabras en presente simple: «El gesto permanece». Sin verbo de pasado, sin futuro prometido, sin metáfora. La permanencia no se describe: se enuncia con la misma estabilidad que enuncia la permanencia de cualquier hecho físico. Esa sobriedad final es la temperatura exacta que el poema necesitaba para no convertirse en elegía. Lo que queda no es el duelo: es el gesto. Ahí están los dos.

Ana María Olivares