A miña Mai de Sabela Gondulfes, AFOUTEZA & CERTEÇA

A miña Mai

 

Ollei a miña esquerda

un letreiro grande:

 

ADEUS  ANTANO

 

Ollei a miña dereita

e estabas ti, Mai

 

GARRIDA

SEN FIN

 

Camiñamos

e mentras ti falabas

eu fun metabolizando

os nosos pasos

para levalos comigo

os infinitos camiños

na tua AUSENCIA.

 

—Sabela Gondulfes, AFOUTEZA & CERTEÇA

 

 

Metabolizar los pasos: geografía del duelo imposible

Hay poemas que no se escriben con palabras sino con la respiración entrecortada de quien sabe que está caminando por última vez al lado de alguien sin saber todavía que es la última vez. Este poema en gallego —y Gondulfes lo escribe en la lengua materna porque solo esa lengua puede contener a la madre, porque el español sería traición— es cartografía de un momento suspendido: el instante previo al vacío.

La poeta mira a la izquierda y hay un letrero grande que dice adiós al pasado, adiós a lo que fue. Mira a la derecha y ahí está la madre, fuerte, sin fin, todavía presente en su cuerpo físico pero ya anunciando ausencia. Ese “GARRIDA / SEN FIN” en mayúsculas es grito silencioso: la madre es infinita justo cuando está a punto de terminarse. Caminan juntas y mientras la madre habla —de qué hablarían, de nada importante probablemente, de todo lo importante sin saberlo— la hija hace algo extraordinario: metaboliza los pasos. No los recuerda, no los fotografía mentalmente: los metaboliza, los convierte en sustancia propia, en nutriente que la sostendrá después.

Porque Gondulfes sabe algo terrible y hermoso: los pasos compartidos con quien amamos deben volverse parte de nuestra biología, guardarse en algún lugar del cuerpo más profundo que la memoria. La memoria es resbaladiza, como ella misma dice en otro poema. Pero lo metabolizado se queda, se hace músculo, se vuelve forma de andar en el mundo. La hija aprende a caminar de su madre no cuando es bebé sino cuando la madre está por irse. Aprende el ritmo, el peso, la forma de poner el pie en la tierra. Los lleva consigo para los infinitos caminos que vendrán en la ausencia de ella.

Ese “Na tua ausencia” final es puñalada seca. No dice “cuando te fuiste” o “después de tu muerte”. Dice “en tu ausencia”, presente continuo, estado permanente. La ausencia no es evento pasado sino territorio donde ahora habita. Y en ese territorio desierto, los pasos metabolizados son lo único que la sostiene. La hija camina ahora con las piernas de la madre incorporadas a las suyas. Camina por las dos. Lleva el andar de la madre a lugares donde la madre nunca estuvo, cumpliendo así una forma extraña de inmortalidad: la madre sigue caminando porque la hija aprendió su forma de pisar la tierra.

El poema es de una economía brutal. No hay adjetivos sobrantes, no hay explicaciones. Gondulfes confía en que el lector entienda lo que está pasando sin que ella lo deletree. Y funciona precisamente porque no intenta consolar. No dice “la muerte es tránsito” ni “seguirá viva en mi corazón”. Dice algo más duro y más cierto: aprendí a convertir tus pasos en los míos porque intuía que pronto caminaría sola. Es poema de anticipación del duelo, de ese momento donde todavía está pero ya no está completamente, donde el cuerpo presente ya anuncia su futura ausencia.

La elección del gallego no es folklorismo ni nostalgia. Es necesidad: la lengua que la madre le enseñó es la única donde puede despedirse de ella. Traducir este poema al español sería como cambiarle la voz a la madre, ponerle palabras que nunca usó. El gallego aquí es cordón umbilical invertido: no es la madre quien alimenta a la hija sino la hija quien se alimenta de la madre, metabolizándola, convirtiéndola en sustancia que la mantendrá viva después.

Y hay algo más en esas mayúsculas: “ADEUS ANTANO”, “GARRIDA”, “SEN FIN”. Son gritos silenciosos, énfasis desesperados. La poeta está tratando de fijar el momento, de volverlo permanente mediante la tipografía, como si escribir más grande pudiera hacer que la madre quedara más grabada, más imborrable. Es gesto conmovedor y fútil: sabemos que no funcionará, que ninguna mayúscula puede detener la muerte. Pero entendemos la urgencia.

Este poema confirma que Gondulfes es poeta del cuerpo no solo cuando habla de erotismo sino también cuando habla de pérdida. La madre no se recuerda: se metaboliza. El duelo no es proceso mental: es proceso digestivo, celular, químico. La hija se come los pasos de la madre, los hace suyos, los transforma en energía para seguir andando. Es antropofagia amorosa, comunión literal donde el cuerpo de quien se va se vuelve alimento de quien se queda.

Leerlo es asistir a despedida que todavía no sabe que lo es, caminar al lado de dos mujeres que hablan de cualquier cosa mientras una aprende a vivir sin la otra. Y después, cuando terminas de leer, te quedas en silencio porque has presenciado algo sagrado y terrible: el momento donde el amor se convierte en técnica de supervivencia, donde aprender a caminar se vuelve aprender a seguir viviendo cuando quien te enseñó a vivir ya no está.