Serpiente azul

 

 

He sido

anillo de polvo celeste

nacimiento de una estrella

pálpito en cerebro de galaxia.

 

Y ahora

con este hueco de deshechos

tornado de basuras, flores y auxilios

pobreza y olvido.

 

Agujero negro de risa

en el espejo de ausentes deseos

llora tus arrugas, sin sueños, sin sexo, solo cristales

aunque el corazón siga invadido de sangre sin amor

como cualquier río del chocó desde el dos mil dos

con cantos de cuerpos por día, mutilados en dolor

navegando sin memoria en sus sarcófagos de agua.

 

La vida reviviendo entre ríos

bramando en salmuera

llegando al mar.

y ahora

las hadas de piel azul

con sus tímidos alabaos

retornan con sus peces,

aunque

por las heridas del río

aún sucumban los cardúmenes humanos

y en su tierra de cosechas

sigan brotando los aromas de muerte.

 

En este charco quieto

espejo de penumbra

la verdad está refundida

no se mira

en su búsqueda

ando

bajo el unísono de campanas

repicando sus mantras:

Por el ojillo de la aguja no pasa luz, el yin yang de la diferencia está inflado, el saber es lejano, realidad y fantasía son una, divagar sin sentido es más fácil, la coca un oasis.

 

Y yo bajo el rosal

con murmullos de mariposas monarcas

en gota temblorosa resbalando al sol

entre nube y río al llanto

de marimbas por la piel

tintinando libre soy.

 

Nancy Ordóñez, Tu silencio

 

La herida que canta en azul

Este poema nace como un río que ya viene herido desde lejos, como si el agua cargara una memoria que nadie se atreve a mirar de frente. Hay en esos versos del “río del chocó” una verdad que no se grita: se deja caer, verso a verso, como si cada línea fuese un cuerpo más empujado a corriente abajo. Los “cantos de cuerpos por día” son, a la vez, funeral y conteo frío; la poeta no detalla cifras, pero basta ese plural para que el lector intuya la repetición, la rutina del horror. Llama “sarcófagos de agua” a las aguas del río: el cauce se vuelve tumba, y esa imagen queda flotando como una losa líquida sobre la conciencia.

Sin embargo, el poema no se queda ahí, en la negrura pura. De pronto, el yo poético desciende “bajo el rosal”, y la escena cambia de temperatura. Donde había basura, muerte, mutilación, empiezan a moverse mariposas monarcas, gotas temblorosas que resbalan al sol, una delicadeza que no borra la violencia, pero la enfrenta con otra intensidad. No es escapismo: es resistencia sensorial. La piel, antes receptáculo del daño, vuelve a sentirse viva cuando las marimbas “lloran” por ella. Hay algo profundamente corporal en esa liberación: la música no solo se oye, se toca, se derrama como luz o como sal sobre la carne.

La serpiente azul del título late en todo el poema, aunque no siempre se nombre. Es serpiente porque se enrosca en la historia del río, en la sangre, en la memoria colectiva; es azul porque lleva el color del agua, del luto, del cielo que mira desde arriba y no interviene. La poeta camina esa línea tensa entre la denuncia y la belleza con una osadía rara: no embellece el horror, pero se niega a dejarlo todo en manos de la oscuridad. Le opone flores, mariposas, marimba, rosal: no como decorado, sino como manera de decir que la vida, tercamente, insiste.

En el fondo, “Serpiente azul” es una pregunta encubierta: ¿qué hacemos con lo que el río nos devuelve? La voz que dice “tintinando libre soy” no proclama una libertad completa; apenas tiene un momento de alivio, un respiro entre nube y río, entre llanto y música. Esa libertad es provisional, pero es real. Ahí está la humanidad del poema: no ofrece consuelo definitivo, ofrece un instante de luz en medio del barro. Y en ese instante, la palabra cumple su tarea más alta: no rectifica la historia, pero se niega a que el silencio la termine de sepultar.

Ana María Olivares