En la sección Poema del mes rescatamos «Para resistir», uno de los trece poemas de «Sálvate», la sección que abre El arte de decirnos existí (Ediciones Rilke, 2026), de Cristian Avecillas Sigüenza, un libro que se pregunta para qué sirve la poesía cuando la existencia se vuelve difícil y responde que decir es una forma de existir.
PARA RESISTIR (El arte de decirnos existí, p. 21)
1
Cuando el fin del mundo se aproxima a los artistas
se aproxima con antorchas encendidas,
y mientras las hogueras deliberan
hacia dónde deben ir las humaredas,
los artistas resplandecen
y los pueblos van al resplandor.
Tanto hemos batallado
que cada cicatriz es campo de batalla.
Tanto hemos denunciado
que cada honestidad es un hogar para la luna.
Tanto hemos entregado
que las perpetuidades duran lo que dura un leño.
Tanto hemos completado
que ya no queda trunco un ojalá.
Luego el fuego se dedica a evaporarnos
y la noche se completa con luciérnagas.
2
No es que los artistas sean espejos,
son ventanas,
para que los que se van a amar se vean llegar.
Cristian Avecillas Sigüenza, El arte de decirnos existí (Ediciones Rilke, 2026), p. 21.
«Para resistir» tiene la forma que comparten todos los poemas de su sección: un cuerpo numerado con el 1 y una coda, numerada con el 2, que empieza por «No es que». El cuerpo es una pequeña escena de incendio. El fin del mundo llega a los artistas «con antorchas encendidas», imagen que pertenece tanto a la turba que persigue como a la procesión que ilumina, y el poema no decide entre las dos lecturas. Mientras «las hogueras deliberan», los artistas no huyen ni combaten: resplandecen. La amenaza se convierte en luz sin cambiar de materia.
El centro del poema es una anáfora de cuatro dísticos, «Tanto hemos batallado», «Tanto hemos denunciado», «Tanto hemos entregado», «Tanto hemos completado», construida como una consecutiva intensiva cuyo segundo término desplaza siempre el sentido esperado. La cicatriz, que debería ser huella de la batalla, se vuelve «campo de batalla»; la honestidad, que debería ser una virtud, se vuelve «un hogar para la luna»; lo perpetuo dura «lo que dura un leño». La serie va de la lucha a la entrega y termina en la plenitud: «que ya no queda trunco un ojalá.» Un deseo que no queda trunco es un deseo cumplido, y el verso consigue decirlo sin nombrar la felicidad.
El fuego atraviesa el poema y cambia de función en cada aparición: antorcha, hoguera, humareda, resplandor, leño. En el dístico final completa su ciclo y se apaga sin violencia: «Luego el fuego se dedica a evaporarnos / y la noche se completa con luciérnagas.» La desaparición del nosotros no deja oscuridad, sino una luz menor y múltiple, y el verbo «completa» recoge el «completado» de la anáfora: lo que los artistas completaron en vida lo completan después, dispersos, como luciérnagas.
La coda cambia de registro y de imagen: «No es que los artistas sean espejos, / son ventanas, / para que los que se van a amar se vean llegar.» Frente al espejo, que devuelve al artista su propia figura, la ventana deja ver a otros. Es una corrección de la idea romántica del arte como reflejo del alma, y anticipa el movimiento de todo el libro, que avanza del yo al tú. El último verso, con su doble movimiento de irse y llegar, pone a los amantes en el centro y deja al artista en el lugar del cristal.
Cabe una objeción: el poema concede a los artistas un protagonismo heroico que el lector puede no compartir. La coda lo atenúa, porque una ventana solo vale por lo que deja ver. Lo que queda es una pregunta, qué queda de quien ha ardido, y una respuesta en voz baja: una luz pequeña que no se apaga del todo.
Crítica realizada por Ana María Olivares
Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira
