En la sección Poema del mes rescatamos «El reflejo», uno de los diez poemas de paisaje con que se abre La respuesta (El amor es más que la vida) (Poesía eres tú, 2026), el primer poemario de Alejandro Lama Prada, un libro que atraviesa la muerte del padre del autor en veintisiete poemas y tres secciones.
EL REFLEJO (La respuesta, p. 20)
Perfilado queda su relieve
por el cielo,
petrificado su rostro
ante tanta belleza.
Ríos verdes discurren
por su melena.
Surcos de arena árida
por su ladera,
refrescados por soplos de brisa
de la mar que la contempla.
Qué sería de la montaña
sin las aguas que la acarician,
sin el roce del cielo que la dibuja:
Solo montaña,
montaña seca.
Así nosotros
sin amor.
Alejandro Lama Prada, La respuesta (El amor es más que la vida) (Editorial Poesía eres tú, 2026), p. 20.
El poema se sostiene sobre una comparación que se demora todo lo posible. Durante quince versos solo hay montaña, pero una montaña con cuerpo: tiene «su rostro», tiene «melena», tiene ladera, y los ríos verdes que bajan por ella son a la vez vegetación y cabellera. La personificación no es decorativa; es una preparación. Cuando el lector ya ha aceptado que la montaña tiene rostro, bastan dos versos, «Así nosotros / sin amor.», para que todo lo leído cambie de sentido y el paisaje se vuelva retrato.
La clave está en los verbos. La montaña no hace nada: su relieve queda «Perfilado» «por el cielo», las aguas «la acarician», la brisa la refresca, el cielo «la dibuja». Toda su forma se la dan otros. Ahí se explica el título, que de otro modo resultaría enigmático, porque en el poema no hay espejo ni superficie que refleje. El reflejo es lo que somos a partir de quienes nos tocan: una figura que no se sostiene sola.
El oído trabaja en la misma dirección. Una asonancia en e-a recorre el poema de manera irregular, en belleza, melena, arena, ladera y contempla, y desemboca en «seca», la palabra de la carencia: la música del texto termina, literalmente, en la aridez. La repetición de «Solo montaña, / montaña seca.» nombra dos veces el sustantivo para vaciarlo; la segunda vez la montaña ya no es paisaje, sino privación.
Leído dentro del libro, «El reflejo» condensa un sistema simbólico que La respuesta despliega en varios poemas: lo mineral seco como imagen del ser sin el otro y el agua como imagen del amor. La «roca muerta de la mar vacía» de «Desolación» y el «acantilado seco» de «Horizonte unido» son parientes de esta montaña. Su posición también es significativa: es el sexto poema de «Aproximación», anterior a la sección del hospital, de modo que enuncia en voz baja la tesis que las páginas siguientes pondrán a prueba con la pérdida real.
Cabe una objeción: el cierre explicita la analogía que los versos anteriores ya habían sugerido, y un lector exigente podría preferir que el poema terminara en «montaña seca.». Pero la brevedad del último verso, apenas dos palabras, convierte la moraleja en un golpe más que en una lección. Lo que el poema deja al lector es una pregunta incómoda: cuánto de nuestra forma nos pertenece y cuánto es obra de quienes nos tocan.
Crítica realizada por Ana María Olivares
