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Poesía / Revista

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Poema destacado. El cielo deshabitado, de David García Lamela, en De entre sonidos

En la sección Poema destacado, «El cielo deshabitado», de David García Lamela, incluido en De entre sonidos (Editorial Poesía eres tú, 2026). El poema, de la sección «El silencio y la luz», narra el encuentro con un animal herido en tres tiempos: la muerte que se anuncia, el gesto de levantarlo del suelo y el examen de conciencia de quien no sabe si debió intervenir. Se reproduce completo y se analizan la metáfora del cielo que deja de habitar un cuerpo, la asimetría entre el sufrimiento del animal y la obligación del hablante, la expresión «las manos largas» y un cierre que presenta el silencio como el precio de la indiferencia.

De entre sonidos (Editorial Poesía eres tú, 2026) es el libro en el que David García Lamela, nacido en Cádiz en 1972 y residente en San Fernando, organiza en tres partes, de la persona, de la sociedad y de la naturaleza, una indagación sobre el silencio y la escucha. Sus cincuenta y seis poemas pasan de la memoria familiar a la denuncia de las muertes en el Mediterráneo y a la contemplación del campo, con un verso libre de extensión variable que se apoya en la anáfora y la enumeración. «El cielo deshabitado», incluido en la sección «El silencio y la luz» de la primera parte, se sostiene por sí solo y deja ver una de las líneas menos visibles del libro: la relación con los animales y la duda moral que la acompaña, que reaparece más adelante en «Terrorista ecológico». Leído junto a ese poema, adquiere el peso de una pregunta que el libro no da por cerrada.

El cielo deshabitado (De entre sonidos, p. 32)
SIN sonido
ni nombre te fuiste: callado,
en intenso negro y de ojos fijos.
El cielo dejó de habitar tu cuerpo.
En tu amarillenta mirada la vida se enredaba,
como si buscara algo que nunca volvieras a tener.
Te arranqué del suelo con mis manos
y te sentiste volar como de nuevo.
Esperamos juntos:
tú sufriendo en primera persona —como animal que eres—,
yo con la obligación azarosa de no saber
si salvarte o matarte sin dolor.
Sin tener claro —nunca—,
por qué no pasé de largo,
como siempre hacen los mismos,
esos demás de siempre que caminan con la mirada corta.
O tal vez soy yo quien tiene las manos largas.
Quizás hubiera sido mejor no hacer nada,
actuar como si nada fuera conmigo.
Para que todo, al fin, se volviera silencio.

David García Lamela, De entre sonidos (Editorial Poesía eres tú, 2026), p. 32.

El poema se construye como una escena en tres tiempos: la muerte, el rescate y la duda. Los cuatro primeros versos describen a un animal ya caído sin nombrarlo. Todo indica que es un ave: el negro intenso, los ojos fijos, el gesto de levantarlo del suelo y, sobre todo, el verso que da sentido al título, «El cielo dejó de habitar tu cuerpo.» La metáfora invierte la relación habitual entre el pájaro y el aire: no es el ave la que deja de volar, es el cielo el que se retira de ella. Deshabitado queda el cuerpo, pero también el cielo que pierde a uno de los suyos.

El segundo tiempo es el del contacto: «Te arranqué del suelo con mis manos / y te sentiste volar como de nuevo.» El verbo arrancar, más violento que levantar, anuncia que el gesto de socorro no es inocente, y el verso siguiente concede al animal un último vuelo que solo existe en las manos de quien lo sostiene. Luego llega la espera compartida, planteada como una asimetría: el animal sufre «en primera persona —como animal que eres—», y el hablante carga con «la obligación azarosa de no saber / si salvarte o matarte sin dolor.» El adjetivo azarosa es exacto: nadie eligió esa obligación, la trajo el encuentro.

El tercer tiempo, el examen de conciencia, ocupa la segunda mitad del poema. El hablante no sabe por qué no pasó de largo «como siempre hacen los mismos, / esos demás de siempre que caminan con la mirada corta.», y en el verso siguiente dirige el reproche contra sí mismo: «O tal vez soy yo quien tiene las manos largas.» La expresión coloquial, que suele designar a quien toca lo que no debe, adquiere aquí un sentido moral: tal vez intervenir fue una forma de invadir. Los incisos entre rayas frenan la sintaxis y reproducen la vacilación de quien piensa mientras habla.

El cierre recoge la tentación de la indiferencia sin resolverla: «Quizás hubiera sido mejor no hacer nada, / actuar como si nada fuera conmigo. / Para que todo, al fin, se volviera silencio.» El silencio, que en el resto del libro es origen y lugar de escucha, aparece aquí como el precio de no implicarse. El poema no elige entre las dos opciones, y esa indecisión es su verdad. La misma pregunta vuelve en «Terrorista ecológico» (p. 70), donde el hablante se pregunta si prolongó la agonía «jugando a ser un Dios», y confirma que en De entre sonidos la escucha del mundo incluye la de los seres que no hablan.

Crítica realizada por Ana María Olivares
Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira