Clitemnestra (Editorial Poesía eres tú, 2026) es un poema dramático en once cantos en el que la reina de Micenas, situada en un umbral posterior a su muerte, vuelve sobre su vida y se dirige a quienes la rodearon: Agamenón, Helena, Egisto y sus hijos. El libro no avanza hacia un desenlace; recorre una conciencia que intenta reconstruir lo perdido a partir de una herida inicial, el sacrificio de Ifigenia en Áulide, a la que regresa en cada canto. Juan Antonio Muñoz Herrera, nacido en Santiago de Chile en 1963, periodista, poeta y dramaturgo con una trayectoria dedicada a la cultura, el teatro, la música y la ópera, trabaja aquí con un verso libre breve, de frase corta y anáfora insistente, más próximo a la respiración de la escena que al periodo retórico. El noveno canto, dedicado a Crisótemis, se sostiene por sí solo y deja ver el procedimiento del conjunto: la voz que mira a una hija distinta de las demás y la imagen que cierra con una luz. Leído junto a los otros diez, adquiere el peso que el libro va acumulando canto a canto, y esa lectura completa es la que el poema pide.
Canto IX. CRISÓTEMIS (Clitemnestra, p. 67)
CLITEMNESTRA:
Mi dulce Crisótemis.
La más silenciosa.
La más extraña.
La que nunca aprendió
el lenguaje de los muertos.
A veces la observaba
y me preguntaba
de dónde había venido.
No parecía hija nuestra.
No parecía hija mía.
No parecía hija de Agamenón.
Nosotros éramos tormenta.
Ella era lluvia.
Nosotros éramos hierro.
Ella era hierba.
Nosotros mirábamos hacia atrás.
Ella miraba hacia delante.
Como si hubiera nacido
en otra casa.
En otra familia.
En otro mundo.
Recuerdo una tarde.
Electra hablaba de su padre.
Yo hablaba de Ifigenia.
Las paredes estaban llenas
de fantasmas.
Y Crisótemis se levantó.
Nada dijo.
Abrió una ventana.
Eso fue todo.
Abrió una ventana.
Entonces el viento entró.
La luz cambió.
Y por un instante
la casa respiró.
Ella hacía esas cosas.
Pequeñas cosas.
Humanas cosas.
Como si quisiera recordarnos
que todavía existía el mundo.
Más allá de nosotros.
Más allá de la sangre.
Más allá de Troya.
Más allá de los muertos.
Creo que fue la única
que comprendió
antes que todos
que esta casa
estaba enferma.
Las piedras.
Las vigas.
Los corredores.
Todo.
Una enfermedad heredada.
Una enfermedad hecha
de recuerdos.
Y ella no quiso contagiarse.
No la culpo.
¿Cómo podría?
A veces desaparecía durante días.
Buscaba los huertos.
Los jardines.
Los mercados.
Los caminos.
Volvía con flores.
Con historias.
Con nombres de personas
que no pertenecían
a la familia.
Y yo la escuchaba.
Como quien escucha
hablar de otro reino.
Un reino donde los hombres
no asesinaban a sus hijas.
Donde las madres
podían dormir.
Donde los hijos
no crecían
para matar a sus padres.
Un reino imposible.
Y sin embargo
ella vivía allí.
A ratos.
Como un pájaro
que construye su nido
en la rama más alejada
del incendio.
Mi dulce Crisótemis.
A veces pensé
que era la más débil.
Después comprendí
que era la más fuerte.
Porque nosotros
nos arrodillamos
ante el pasado.
Ella no.
Nosotros alimentamos
a nuestros fantasmas.
Ella alimentaba
a los vivos.
Y cuando la noche descendía
sobre la casa,
cuando los corredores
volvían a llenarse
de nombres muertos,
cuando las sombras
ocupaban nuevamente
sus antiguos lugares,
yo buscaba a Electra
y encontraba odio.
Buscaba a Orestes
y encontraba soledad y destino.
Buscaba a Ifigenia
y encontraba ausencia.
Pero buscaba a Crisótemis
y encontraba una lámpara encendida.
Juan Antonio Muñoz Herrera, Clitemnestra (Editorial Poesía eres tú, 2026), p. 67.
El canto se organiza sobre una serie de contrastes que la madre enuncia sin elevar la voz. Crisótemis es «La más silenciosa.» y «La más extraña.», y la familia se define frente a ella con dos oposiciones simples: «Nosotros éramos tormenta.» / «Ella era lluvia.», «Nosotros éramos hierro.» / «Ella era hierba.» La sintaxis es la misma de los otros cantos, frase corta y repetición, pero aquí sirve para separar y no para encadenar: los hermanos «mirábamos hacia atrás» y ella «miraba hacia delante.»
El segundo elemento es el gesto mínimo. En la tarde en que Electra habla de su padre y Clitemnestra de Ifigenia, Crisótemis se levanta, no dice nada y «Abrió una ventana.» El poema repite el verso y deja que entre el viento: «Y por un instante / la casa respiró.» La enfermedad de la casa, «Una enfermedad hecha / de recuerdos.», solo la advierte quien no quiso contagiarse.
El tercero es el reino que la hija visita «A ratos.», «Un reino donde los hombres / no asesinaban a sus hijas.», comparado con un pájaro que construye su nido «en la rama más alejada / del incendio.» La madre corrige entonces su primer juicio: pensó que era la más débil y comprendió que era la más fuerte, porque «Nosotros alimentamos / a nuestros fantasmas.» y «Ella alimentaba / a los vivos.» El cierre es una enumeración de búsquedas, Electra y el odio, Orestes y la soledad, Ifigenia y la ausencia, que desemboca en el único hallazgo que no es pérdida: «Pero buscaba a Crisótemis / y encontraba una lámpara encendida.»
Crítica realizada por Ana María Olivares
