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Cien poemas de amor de José Carlos Turrado de la Fuente: Erató, o el amor del humilde

En Erató, uno de los Cien poemas de amor de José Carlos Turrado de la Fuente (Ediciones Rilke, 2026), un enamorado que se sabe pequeño se compara con los poetas de talento que suenan en la alcoba de la musa y defiende el valor del te quiero humilde. Cuatro serventesios de dodecasílabos y una pregunta final condensan la poética del libro: el amor no depende del vocabulario.

Erató, musa de la poesía amorosa, claroscuro

ERATÓ

Son los versos refinados y profundos
del talento de poetas liberales
los que día a día suenan más facundos
en tu alcoba, cultivados y geniales;
no es el plectro mío mucho en comparanza,
soy un aborigen necio del arroyo,
con las letras justas para la ordenanza
de una vida pobre en el subdesarrollo.
Sin embargo, si virtud es ser sincero,
si al honrado siempre hay que prestar oídos,
sentirás mi melancólico “te quiero”
con el pecho y la cabeza conmovidos;
estoy cierto, que el amor exiguo y parco
del humilde también es voto divino,
¿qué más da saber decir azul o zarco
si eres tú la inspiradora y el destino?

José Carlos Turrado de la Fuente, Cien poemas de amor (Ediciones Rilke, 2026)

Cien poemas de amor reúne cien piezas tituladas cada una con un nombre de mujer: diosas grecolatinas, egipcias, celtas, nórdicas y mesopotámicas, heroínas bíblicas, hadas del ciclo artúrico. Ante todas ellas habla el mismo personaje, un enamorado que se sabe pequeño y que, aun así, considera un deber cantar la belleza. José Carlos Turrado de la Fuente, filólogo y profesor vallisoletano con más de cuarenta libros publicados, sostiene ese homenaje con métrica regular y rima consonante de principio a fin. En estas páginas el amor es casi siempre ofrenda sin recompensa, y la forma clásica no funciona como nostalgia, sino como oficio. Erató, la musa de la poesía amorosa, ocupa un lugar natural en esa galería, y su poema es una buena puerta de entrada para quien quiera recorrerla entera.

El poema está compuesto en dodecasílabos de tres miembros, cuatro serventesios de rima cruzada, y ese ritmo de pasos iguales le da un aire de canción. La primera mitad es una comparación desfavorable: los poetas de talento suenan en la alcoba de la musa, mientras el hablante se presenta como un aborigen necio, con las letras justas. El léxico rebaja deliberadamente el tono, y una palabra como subdesarrollo, tan ajena al repertorio mitológico, lo hace con humor.

La rima consonante trabaja a favor de la tesis. Parejas como «liberales» y «geniales», o «arroyo» y «subdesarrollo», enfrentan dentro del mismo esquema el prestigio de los otros y la pobreza del hablante, y el contraste se oye antes de entenderse. El poema practica además lo que discute: dice carecer de recursos y, sin embargo, mantiene la medida y la rima sin un tropiezo. Esa contradicción, que recorre todo el libro, no es un descuido sino el modo en que Turrado entiende la cortesía: rebajarse ante la musa para que el elogio no parezca vanidad.

El giro llega con «Sin embargo». Si la sinceridad es virtud, el te quiero del humilde merece ser oído. La pregunta final condensa la poética del libro: «¿qué más da saber decir azul o zarco / si eres tú la inspiradora y el destino?». Zarco es el término culto; azul, el común. Turrado, que domina los dos, defiende aquí que el amor no depende del vocabulario, y deja al lector la pregunta de qué vale más en un poema, la destreza o la verdad.

Crítica realizada por Ana María Olivares

Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira