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Entrevista a Eusebio Navarro: «La Estirpe de la Bandera Negra»

En esta entrevista, Eusebio Navarro explica cómo La Estirpe de la Bandera Negra nació de años de silencio y se ordenó en cinco estaciones de tránsito. El autor habla de poemas que no se fuerzan hacia ninguna forma, de las dos orillas entre Andalucía y Chile y de una estirpe de piratas románticos que sigue viva en el siglo XXI.

Eusebio Navarro (Sevilla, 1983) publica en Editorial Poesía eres tú La Estirpe de la Bandera Negra, un poemario de veintinueve poemas ordenados en cinco estaciones —memoria, búsqueda, pasión, pérdida y esperanza— y escrito entre dos orillas, la andaluza y la chilena. En esta conversación el autor vuelve sobre los años de silencio que precedieron al libro, sobre su convicción de que un poema no debe forzarse hacia ninguna forma, sobre los cinco nombres que abren sus secciones y sobre esa estirpe de piratas románticos que, a su juicio, sigue viva lejos del Caribe: en la noche de un bar de los ochenta o en la intimidad de una cama.

El poemario se abre con un verso que suena a confesión de silencio: «mi pluma, antes rica en matices, ha dejado secar su tinta,», en LA TINTA SECA. ¿Qué había antes de ese verso y qué hizo que el libro empezara justamente ahí, por la sequía y no por la abundancia?

Pues había pequeños intentos, poesía un poco precoz, trivial, nada digno de mostrar… Y después, el silencio, años de silencio, hasta retomar con algo totalmente distinto, olvidarme del alejandrino, del octosílabo, del ABBA… Y descubrir que la poesía era otra cosa totalmente distinta a lo que nos enseñaron en clases. Por eso, La Estirpe de la Bandera Negra empieza así, después de años de silencio, me doy cuenta de que “te echo de menos”, que había dejado de escribir lo que escribía antes para buscar la riqueza, no en matices literarios, sino en el interior del poema, y desde esa sequía empieza esta nueva etapa.

La Estirpe de la Bandera Negra no empieza en este primer poema, empieza en todo el periodo de años de silencio previos a la Tinta Seca.

En el prólogo escribe: «Nunca me interesó fechar estos poemas, quizá porque al hacerlos atemporales se le da más importancia al hecho que al contexto». Renunciar a la fecha obliga a buscar otro hilo: usted eligió cinco estaciones de tránsito —memoria, búsqueda, pasión, pérdida y esperanza— para ordenar los veintinueve poemas en cinco secciones. ¿Cómo fue ese trabajo de ordenación y qué poema le costó más colocar?

Fue un trabajo complejo, con todas las piezas sobre la mesa, sobre todo busqué que la atmosfera resonase, porque había poemas que se hablaban entre ellos, pero a la vez parecían tener un sentido de pertenencia a otra estación. Le di bastantes vueltas y me decanté por lo que transmitían. De ahí la irregularidad de las distintas estaciones, unas con más peso que otras en términos cuantitativos, pero equilibradas en lo emocional. No sabría decirte cual costó más, salvo los titulares, la gran mayoría estuvieron transitando entre estaciones antes de encontrar su sitio definitivo.

SIN PATENTE DE CORSO avanza por estrofas encabezadas por una misma fórmula y cerradas por un grito distinto cada vez, hasta el «¡Al abordaje!, ¡Y maldito sea el tiempo!» final, mientras que LOS SILENCIOS OPACOS se derrama en bloques largos y sin corte de verso. ¿Qué buscaba con esa oscilación entre el poema de estribillo, casi cantable, y el versículo de respiración larga?

Buscar, realmente no lo buscaba, los poemas surgieron así. No creo que un buen poema deba forzarse. Los poemas, al igual que las canciones, no deben llevarse por ningún lugar premeditado. Soy de la opinión de que los poemas y las canciones tienen vida propia y cada uno va donde le lleva su inercia. Cuanto más se fuercen o retoquen buscando una forma, una rima o una medida concreta; más pierden su esencia, su espontaneidad y su verdad. Pasan a ser meros juegos de palabras falsos y vacíos. Seguramente cuando surgió sin Patente de Corso, el propio poema quería ser épico, un cantar, un pirata de leyenda caído en plenos siglo XXI y cuando surgió Los Silencios Opacos, este quería contar su verdad, arañar el pecho más que sonar a canción decimonónica. Yo solo trato de llevar el poema por donde él me incita a ir.

LA DAMA DESNUDA sostiene durante todo el poema una voz áspera, posesiva, que solo en los últimos versos se revela hablando de la escritura: «aún puedo pagar por otra maldita musa.». Es una apuesta arriesgada, porque el lector puede abandonar el poema antes de llegar a ese giro. ¿Por qué decidió no avisar antes y defender ese riesgo?

Porque entonces rompería la magia, la redención del poema. Si el lector tiene la piel tan fina que no es capaz de aguantar el poema hasta el final quizá no merezca saberlo. Hoy en día necesitamos demasiada inmediatez, y yo sinceramente, necesito más pausa, más tiempo. Tengo derecho a frustrarme con mi musa y tengo derecho a buscar cualquier otra si ella no está dispuesta a darme lo que necesito.

Las cinco secciones se abren con Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Sylvia Plath, Arthur Rimbaud y W. B. Yeats: una genealogía que cruza el mar en las dos direcciones y mezcla el hispanismo con la tradición anglosajona y francesa. ¿Qué quería que esos cinco nombres le dijeran al lector antes de leer un solo verso suyo?

Una pequeña orientación de quien soy yo, de que tipo de poesía hago. Eusebio Navarro no es conocido, y esos epígrafes pueden ser una introducción, una referencia previa a mí, de lo que puede haber dentro, no porque yo trate de escribir como ellos, si no porque el fuego puede quemar de parecida manera. Aunque mi poesía esté en la antítesis de Juan Ramon o de Yeats, ellos a su manera han sido referentes para mí, han construido lo que soy como escritor y su impronta es parte de La Estirpe.

El libro convive con paisajes muy distintos: los olivos de LOS OLIVOS CENTENARIOS y, unas páginas después, ese «Volver a bebernos el vino añejo de los Andes». Sin pedirle que traduzca los poemas a biografía, ¿cómo trabaja un poeta con dos geografías dentro, y qué le da una que no le da la otra?

Normalmente, los poemas trabajan desde la orilla opuesta en la que te encuentras, desde Andalucía te llama América, el Valle del Elqui, los cerros de Valparaíso… y viceversa, desde el pacifico te hablan los olivos de Candon, las costas de Huelva… Supongo que son rendijas de la memoria que se escapan sobre lo que uno anhela y no puede tener en ese momento.

La bandera negra del título no ondea aquí como decorado de aventuras, sino como emblema de una estirpe: «desvalijadores de joyas y corazones,». En una poesía contemporánea que suele hablar en voz baja y desde la intimidad, ¿qué lugar cree que ocupa hoy un libro que reivindica la insolencia y el botín?

Porque la Estirpe va más allá de los piratas. El Pirata Romántico podría ser alguien como Samuel Bellamy, alguien que se lanza al mar en busca de libertad, y riqueza, que no le rinde cuentas a nadie, e incluso tiene una motivación romántica. Hoy en día no hay piratas con ese espíritu, no hay grandes veleros surcando el Caribe, pero para mí, La Estirpe, esa Estirpe con esos valores sigue muy viva. Los Hijos de la Movida, Las Ruinas del Reino, Más allá del confín del Horizonte, Secretos Desnudos o incluso Los Silencios Opacos son el reflejo hoy de esos valores. El libro está rodeado de principio a fin de gente de esa Estirpe, ya sea a bordo de tres palos bandera negra al viento, en la noche rancia de un bar de los 80 o en la intimidad de una cama en el siglo XXI. La Estirpe de la Bandera Negra lo envuelve todo.

Imagine a quien abre La Estirpe de la Bandera Negra y no lo suelta: ¿quién es, en qué momento de su vida está y qué es lo que ese lector reconoce en estas páginas antes que nadie?

Pues es difícil definir quien puede ser ese lector porque sin saber nada de La Estirpe de la Bandera Negra, como mucho habrá leído un poema o dos que le habrán llamado la atención. Pero este libro no es muchos poemas iguales, es todo lo contrario, una amalgama de poemas y momentos que, aun funcionando individualmente, ganan mucho más dentro del conjunto. Posiblemente ese futuro lector haya descubierto algo en la superficie, algo en lo que se haya visto reflejado, pero le falta bajar al fondo para darse cuenta de lo que es La Estirpe de la Bandera Negra.

A un lector que nunca ha leído poesía y que teme no entenderla, ¿por qué debería empezar precisamente por este libro? ¿Qué le ofrece un poemario que no le ofrezca ninguna otra lectura?

No estoy seguro que debiera empezar por este libro, no se si es lo que espera encontrar en un libro de lo que le han dicho que es poesía, aquí no hay flores hermosas, rimas perfectas o estructuras de soneto. Aquí va a encontrar verdad, tal vez reflejo y posiblemente incomodidad. No creo que sea para un lector que espera arcoíris hermosos bajo los ojos de su amada… Aquí hay algo distinto, algo para lectores con un fondo de armario más profundo, con más calle, con más mundo interior.

Usted cierra el prólogo invitando al lector a «prepara las llaves para encerrar lo hallado en tu propio Cofre del Tesoro». Si tuviera que quedarse con un solo verso de todo el libro para dejarlo en manos de quien aún no ha pasado de la primera página, ¿cuál sería y por qué ese?

Lo que para mí puede ser el mejor verso del libro, para otra persona puede pasar desapercibido y resonarle otra verdad que para mi fue más trivial. Creo que hay está una de las riquezas de La Estirpe de la Bandera Negra, que cada lector puede hacer suyo y sentir con grandeza sus propias vivencias y verlas reflejadas en poemas que a otro lector no le suenan tan cercanos y viceversa.