En la sección Poema del mes rescatamos una de las piezas más sobrias de La Estirpe de la Bandera Negra (Poesía eres tú, 2026), el volumen de veintinueve poemas con que Eusebio Navarro ordena, sin fecharlos, sus tesoros de memoria. «Café con ella» ocupa la página 62, dentro de la quinta y última sección, “La mar en calma / Las últimas luces del crepúsculo”.
CAFÉ CON ELLA (La Estirpe de la Bandera Negra, p. 62)
Ahora que ya no me siento tan vigoroso e indestructible,
tan superior a tus afortunadas y demacradas víctimas,
noto que los tiempos cambian y te asomas sigilosa.
Así que no debo evitar adaptarme dignamente
a las macabras circunstancias de tu encuentro.
Por si acaso me reinvento y preparo tu llegada,
aunque aún no te he visto la cara, siento tu presencia,
y no quiero que me pilles distraído
ni quiero acompañarte con un traje prestado,
adornos cruzados y clavos sangrientos de hojalata,
chaqueta de caoba barnizada y olor penetrante.
Sé que eres tan tenaz y persistente
que te acercas y te alejas sin avisar,
sola a tu libre albedrío, y mientras me buscas
vas haciendo de las tuyas por mis alrededores.
La primera decisión del poema es también la más radical: la muerte no se nombra ni una sola vez. Quince versos de interpelación directa a un tú femenino que nunca recibe nombre propio ni sustantivo común, y que el lector identifica únicamente por acumulación de indicios. El título hace el trabajo que el texto se niega a hacer, y lo hace por desplazamiento: un pronombre, “ella”, y un gesto de cortesía doméstica, el café. Citar a la muerte a tomar café es rebajarla de categoría, tratarla como una conocida molesta con la que toca quedar tarde o temprano. Todo el tono del poema depende de esa rebaja.
El segundo mecanismo es la etiqueta. El hablante no se defiende ni negocia: se prepara para recibir una visita. El léxico es el de quien organiza un encuentro social incómodo, «adaptarme dignamente», «preparo tu llegada», «no quiero que me pilles distraído», y esa cortesía aplicada a morirse produce un efecto entre cómico y helado que el poema sostiene sin romperlo. La dignidad, aquí, es una cuestión de protocolo.
El hallazgo mayor llega en el centro, cuando el ajuar fúnebre entra disfrazado de vestuario. Navarro no describe un ataúd: describe una ropa que no piensa ponerse. Un traje prestado, unos adornos cruzados, unos clavos de hojalata, y el verso que remata la serie, «chaqueta de caoba barnizada y olor penetrante.». La metonimia es exacta —la caoba barnizada es la madera del féretro, los clavos son los del cierre, el olor penetrante es el de la funeraria— y no exige ninguna explicación al lector, que reconoce la escena sin que se le anuncie. Es el procedimiento más logrado del libro entero: nombrar el objeto por su materia y dejar que la materia diga el resto.
El cierre invierte las posiciones. Después de cinco versos dedicados a cómo piensa recibirla, el hablante devuelve la iniciativa a ella y descubre que nunca la tuvo: «que te acercas y te alejas sin avisar,», «sola a tu libre albedrío», y el verso último, «vas haciendo de las tuyas por mis alrededores.». Ese remate es de una crueldad tranquila. Las tuyas son los otros, los conocidos que van cayendo alrededor mientras a uno todavía no le toca. El poema, que había empezado como preparativo personal, termina siendo un recuento de bajas ajenas.
Vale la pena leerlo junto a “Arquitectura de la ausencia”, en la página 26, donde el libro cerraba su inventario del vacío con «ese inconfundible aroma a café.». El mismo olor doméstico aparece allí como último resto de una casa vivida y aquí como excusa para una cita con lo que la vacía. Es el eco interno más fino del volumen, y explica por qué la quinta sección se titula “La mar en calma”: la calma de Navarro no es serenidad, sino la conciencia exacta de a quién se está esperando.
Crítica realizada por Ana María Olivares