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Fragmento destacado. El Fuego de la Esperanza, de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda, en Peripecias del hada torpe Titania

Abrimos a la prosa los poemas destacados con un pasaje de «El Fuego de la Esperanza», decimocuarto episodio de Peripecias del hada torpe Titania (Ediciones Amaniel, 2026), de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda. En un páramo del Norte, el hada torpe encuentra a Koris, un pastor que lo ha perdido todo y gasta el último calor de su hoguera en terminar los juguetes de madera que prometió a sus nietos. Una escena donde el gag de siempre, la caída de Titania, tiene por primera vez consecuencias. El análisis recorre la lógica del anciano, que convierte la esperanza en una consecuencia de la acción, y el gesto con que la criatura mágica pasa de consolar a ser consolada.

La serie de poemas destacados de la Revista Poesía eres tú se abre esta vez a la prosa con un pasaje de «El Fuego de la Esperanza», decimocuarto de los treinta y un episodios de Peripecias del hada torpe Titania (Ediciones Amaniel, 2026), la novela de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda en la que un hada incapaz de cruzar un claro sin caerse aprende, junto a un leñador, que la magia vale lo que vale el servicio que presta.

EL FUEGO DE LA ESPERANZA (Peripecias del hada torpe Titania, episodio XIV, pp. 87-88)

El anciano miró la figurita de un alce que acababa de terminar, cuyo contorno se definía ligeramente bajo el reflejo de la lumbre, y explicó el motivo de su trabajo:

—Mis nietos vienen desde el valle a verme cada primavera, si el deshielo lo permite —explicó, con una pequeña sonrisa—. Si yo muero de frío, eso es el destino, y no tengo control sobre él. Pero si muero sin haberles hecho los juguetes que les prometí, su decepción vivirá más allá de mi recuerdo. Estas maderitas están frías, y mis manos también, pero mientras pueda seguir dándoles algo que esperan recibir, aún habrá algo que yo pueda hacer. Y si hay algo que hacer, hay esperanza.

En un arrebato de emoción, el hada dio un paso adelante para estrechar la mano del anciano, pero tropezó con la orla de su propio vestido. Al caer, cayó torpemente de rodillas sobre las cenizas, apagando sin querer la última chispa que quedaba en la hoguera. Aterrorizada por su imprudencia, sofocó un ahogado «¡oh, no!», temiendo haber acelerado el final del anciano. Sin embargo, Koris solo sonrió con mansedumbre, acariciando la cabeza del hada como si el calor humano fuera ya suficiente.

El pobre hombre lo había perdido todo, pero dedicaba sus últimas energías, aquellas que garantizaban su propia supervivencia, a proteger la promesa de la alegría futura de otros, aunque no estuvieran presentes. Su quehacer era una pequeña lámpara contra la oscuridad del Olvido.

El contexto cabe en una línea: Titania busca en un páramo del Norte a alguien capaz de encender el tercer Corazón de Madera, y lo que encuentra es un pastor que lo ha perdido todo junto a una hoguera casi apagada. Lo primero que llama la atención es el lugar del pasaje en el libro. Peripecias del hada torpe Titania es, ante todo, un libro de humor, y estas líneas no renuncian a él: el hada se acerca a estrechar la mano del anciano, tropieza con la orla de su vestido y apaga sin querer la última chispa del fuego. Es el gag de siempre, la caída que el lector ya espera, pero aquí tiene consecuencias. Lo que en otros episodios era una torpeza simpática es ahora un gesto que puede costar una vida, y el texto lo sabe: Titania teme «haber acelerado el final del anciano».

Lo segundo es la lógica de Koris, que es la del libro entero dicha por un personaje sin magia. Su razonamiento tiene la forma de una cuenta sencilla: la muerte por frío no depende de él; la decepción de sus nietos, sí. Por eso gasta el calor que le queda en terminar unos juguetes. La frase que cierra su intervención, «Y si hay algo que hacer, hay esperanza», convierte la esperanza en una consecuencia de la acción y no en un sentimiento previo. Es la misma ética que el leñador enseñó a Titania en el segundo episodio y la que la joven Kira aprenderá dos capítulos después, al mover una sola piedra.

Lo tercero es la respuesta del anciano a la caída del hada. Koris no reprocha nada: sonríe y le acaricia la cabeza «como si el calor humano fuera ya suficiente». Ahí se invierte, por un instante, la relación que sostiene todo el libro. La criatura mágica no consuela; es consolada. Y el párrafo siguiente cierra el fragmento con la imagen que justifica el título del episodio: el trabajo de Koris es «una pequeña lámpara contra la oscuridad del Olvido».

Quien siga leyendo sabrá que el Corazón del Norte se enciende al contacto de esa mano y que, poco después, el pastor envuelve las figuras en un paño de raso, graba en una corteza los nombres de sus nietos y muere mirando el horizonte. Los autores lo resuelven con una sobriedad poco habitual en el volumen: «Murió como mueren los robles: en silencio y sosteniendo la vida de otros hasta el final» (p. 89). Es la página en la que un libro de caídas cómicas demuestra que también sabe callar.

Crítica realizada por Ana María Olivares